Dos formas de amar el pasado: Hidalgo y Quinteros

Opinión
Álvaro Luis Romero Guevara,
Licenciado en Antropología-Arqueología, Arica.
aromero@uta.cl


El tema del Patrimonio Cultural es reciente, se trata de una palabra aún difícil de comprender para la comunidad; se intuye que es algo políticamente correcto, que es necesario cuidar y rescatar. Pero aún es complicado afirmar con precisión cómo hacerlo. Quizás deberíamos aprovechar la instancia que durante estos días nos han dado dos noticias. Dos manifestaciones muy distintas de expresar el “amor” hacia el pasado andino.

Por un lado, tenemos el merecido reconocimiento que el Estado de Chile ha hecho al profesor Jorge Hidalgo L., entregándole el Premio Nacional de Historia en su versión 2004. Sin duda, existen una larga lista de razones para este premio, pudiéndose resumir apretadamente en dos: En primer lugar, una larga y prolífera trayectoria, que se inicia con la inauguración de un campo nuevo para Chile, la etnohistoria, dedicada al estudio de los pueblos indígenas a partir de la documentación histórica. Se observa un constante esfuerzo por llegar a documentos escondidos en los Archivos Históricos.

Pero sobretodo resalta su energía por otorgarles a éstos una relectura a partir de fecundas discusiones teóricas y metodológicas sobre el pasado andino, con especial consideración de los aportes del antropólogo John Murra. La otra razón de peso ha sido la enorme influencia pedagógica, metodológica y su apoyo académico en un amplio espectro de la investigación
antropológica en Chile. Su relación más íntima ha sido con la arqueología, siendo un pilar implícito de todo el gran desarrollo de ésta en el extremo norte de Chile, en especial el desplegado desde inicios de los 70 en el Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, la Universidad del Norte y posteriormente la actual Universidad de Tarapacá. Además, ha sido un importante soporte de toda la línea de Antropología del sistema de financiamiento nacional de investigación científica (FONDECYT). Se trata de un reconocimiento a la persona y a todo un campo amplio de investigación apasionada sobre el pasado andino que no distingue disciplinas ni escuelas.

Por otro lado, tenemos el incremento de la sentencia penal a otro “amante” del pasado, el señor Quinteros. Este señor ha sido el más mediático huaquero de los valles de Arica, protagonista de un caso judicial que  esta creando jurisprudencia en el sistema chileno. Tuvo la mala suerte de
encontrar una manera ilegal de ejercer su amor. Podemos concordar con él que no tenía un fin meramente económico, que era un coleccionista de objetos. Su error fue desentender que el valor de éstos no residía en su preciosura o exotismo sino más bien en que eran parte de un conjunto de
elementos, ya sea bellos, rústicos e incluso algunos haraposos, que mediante un largo trabajo de investigación nos dan cuenta de una parte importante de la vida y la muerte de los antiguos pobladores de nuestra tierra. Y su delito fue que su egoísmo, y el egoísmo de sus importantes y
ocultos compradores, nos dificultan aún más de lo común nuestro entendimiento de los procesos históricos prehispánicos. Su transgresión no sólo nos concierne a sus contemporáneos sino que condena a las futuras generaciones, ya que una parte importante de la micro-historia prehispánica, esa que tanto interesa al profesor Hidalgo, fue destruida sin remedio. Mayores multas, penas remitidas y cárcel no solucionan en nada el daño ya hecho. Tampoco, a nuestro entender, la débil condena (suerte) del huaquero aquietará en nada los apetitos de los coleccionistas. Todavía se
rematan piezas arqueológicas en galerías de “arte” de Santiago y el resto del mundo y ese mercado no se agotará muy fácilmente.

Con estos ejemplos se ilustra claramente cómo sí se puede amar el pasado y cómo no. Una forma abierta y solidaria de respeto al pasado, otra forma egoísta e individual de ganar bienestar estético y económico. Al volver al tema inicial se nos podrá alegar que pretender cuidar nuestro patrimonio desde un palco académico es en sí un tema difícil, principalmente por el tema de las oportunidades. Pero lo que importa es que el conocimiento ya está, tenemos una gran base de interpretaciones acerca del pasado andino e indígena chileno, rescatado por el señor Hidalgo y sus colegas. Ahora la labor es difundir todo ese conocimiento, es decir, que los muchos señores
Hidalgo y los muchos más señores Quinteros se conozcan y se entiendan. Este premio es la instancia para que se valore nacionalmente, y específicamente dentro de la comunidad ariqueña, toda la propuesta del profesor Hidalgo. La gran tarea por hacer, luego de las felicitaciones y los repudios, respectivamente, es continuar con la labor de educación patrimonial, una tarea que vemos que resulta insuficiente cuando sólo participan el Consejo de Monumentos y una que otra Universidad o Fundación.