Surfing en Arica

Por Renato Aguirre Bianchi
Se afirma, con razón, que Arica es un paraíso para los surfistas y tiene la famosa ola de "El Gringo", no tan espectacular por su tamaño sino que presenta dificultades que ponen en apuros a los maestros internacionales.

Vivir en Arica es una aventura permanente, no sólo en lo que se refiere a su historia y arqueología. Aquí relato lo más trascendente de mi relación con el surf. Mi hijo mayor, alias "Pelecho" y que hoy vive en otro país, ha sido uno de los más destacados surfistas de Chile. He aquí una breve descripción de lo que yo he vivido a través de él, escrita hace algunos años a solicitud de la revista Marejada. Me pidieron un artículo que se refiriera a la historia del surfing en Arica vista a través del padre de Pelecho.

Pelecho visto por su padre
Definitivamente, no ha sido fácil ser el padre de un surfista como Pelecho, por razones que serían obvias para cualquiera haya priorizado la formación académica de sus hijos. Pero la "culpa" debe haber sido mía pues, conseguida mi estabilidad profesional, me trasladé a Arica para vivir todas las aventuras que mi monótono pasado santiaguino me había negado.

Pelecho tenía un año de edad cuando por fin pude considerarme un hombre-rana aceptable y aprendí a navegar a vela. Tenía dos años cuando se negaba a almorzar si no era a bordo del pequeño yate que teníamos y luego salíamos solos a alta mar a mirar los peces voladores y volvíamos al atardecer, envueltos en la misma manta, contentos de tan estrecha amistad. Después vino mi (nuestra) intensa experiencia de paracaidista, jinete, clavadista, esquiador acuático y aviador y Pelecho siempre a mi lado, compartiendo experiencias y aprendiendo lo que podía. No había en el mundo un hijo tan amigo de su padre y su sobrenombre se hizo popular pues de todo eso sabía algo, mucho más de lo que creíamos que un niño de su edad podía hacer. Aprendió a valorar la adrenalina viendo a su padre-amigo feliz y tratando de llegar tan lejos como pudiera a su lado. Su creciente popularidad me hizo perder mi identidad y pasé a ser "el Pelecho grande" para nuestras amistades.

Y apareció el surf sin que advirtiéramos que cambiaría nuestras vidas. Por allí por el año 1976, llegando al Club Náutico, vimos a unos tipos “locos” surfeando, con un mar de leva, la terrible ola al sur de la Isla Alacrán, la cual conocíamos muy bien por la fuerza con que nos había golpeado más de una vez buceando con mar calmo. Eramos varios paracaidistas llenos de orgullo por el éxito de nuestras prácticas dominicales, creyéndonos dueños del mundo y protegiéndonos del sol con gorros de aviador llenos de las piochas, estampados y distinciones de nuestra condición de veteranos y supervisores. Al ver a los surfistas, me saqué la gorra e hice una reverencia a los valientes, pues nuestras machistas hazañas en caída libre no requerían sino una parte de los cojones de esos valientes que desafiaban a ese infierno, una pareja de gringos. De allí el nombre de la Ola del Gringo.

Pelecho ni soñaba que años después sería el próximo "dueño" de "El Gringo", en forma casi exclusiva durante años.

Cuando tenía 11 años, empezó con una tabla artesanal en la playa Las Machas. Ahora era mi turno de acompañar a mi amigo en sus propias aventuras, pero la verdad es que, aún siendo un dedicado nadador, no pude pasar mas allá del espumón, ni hacer nada: mucho peso para las primitivas tablas Made in Arica. Supe entonces que Pelecho y yo iniciábamos nuestro futuro divergente. El resto de la historia, en lo que a Pelecho se refiere, la conocen bien los surfistas.

Lo que no conocen es mi visión de su progreso independiente de mi gestión. Media docena de aventuras náuticas suyas las resumo en su primera aventura peligrosa a bordo de una tabla. Mi amigo Sebastián Gómez lo llevó por primera vez a la ola de la Isla Alacrán y me avisaron que se levantó una marejada. Corrí a la isla y vi a mi niñito en medio de olas inmensas que no estaba capacitado para correr. Mi voz no le llegaba, pero presencié con agradecimiento los esfuerzos de Sebastián para llevarlo a sotavento, desde donde Pelecho podía entrar a la poza del Club Náutico con su experiencia de yatista. En el trámite, un par de olas inmensas agarraron a Sebastián, pero porfiadamente insistió hasta que puso a mi hijo a salvo. Primera vez que yo no podía estar allí para socorrer a mi Pelechito. Allí ya no me quedaron dudas de que era dueño de su propio destino, con la obligación de ayudar a otros como otros lo ayudaron y/o salvaron.

Yo seguí saltando, volando, navegando y luego me viré hacia otras actividades, solo, pero con el imborrable recuerdo de la amistad con mi hijo. Sólo espero que alguna vez él pueda decir lo mismo de su primogénito, Israel. Así se iniciaría una tradición familiar...