Nota. Las crónicas anteriores y un abundante material gráfico está disponible en http://briefcase.yahoo.com/lautaro.
 
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Renato Aguirre Bianchi

Historia de la identidad ariqueña

Caillama y Laco Alto, testigos de nuestra vocación multiétnica

Título de la imagen: "Chullpas de Caillama"

 

En las crónicas anteriores explicamos cuán intensa fue la interacción étnica a lo largo de toda la historia prehispánica de Arica. Las pruebas están a la vista: basta recorrer la precordillera, desde el sector de Zapahuira hasta el valle Camarones, donde se encuentran numerosos restos de poblados con estructuras defensivas, en cuyo suelo abundan trozos de cerámica "ariqueña" costera y de los niveles medios y bajos de nuestros valles (San Miguel, Gentilar y Pocoma), ariqueña serrana (Charcollo) y altiplánica (Chilpe). Estos son remanentes físicos de un intenso y enriquecedor intercambio economico-cultural durante el Período Intermedio Tardío, o sea, desde la decadencia del Imperio Tiwanaku en el siglo XI y el dominio incaico de mediados del siglo XV. Durante ese lapso floreció en nuestros valles la Cultura Arica, la manifestación ariqueña del Período de Desarrollos Regionales que afectó a gran parte del centro-oeste sudamericano. Decíamos que señoríos de mayor envergadura, lo suficiente para denominarlos Reinos, fueron establecidos por los recién llegados aymaras en el altiplano. El Imperio Tiwanaku había establecido las ventajas de la utilización de nuestro fértil valle de Azapa, pero en este Período Intermedio Tardío esas tierras ya eran controladas por nuestra gente. Los aymaras necesitaban nuestra producción agro-marítima pero, al no poder controlar nuestras tierras como lo había hecho el Tiwanaku, debieron establecer con nosotros una relación comercial intensa, tensa y provechosa, con el consecuente intercambio cultural. La interfase o el límite álgido de esa interacción se produjo precisamente a lo largo de nuestra precordillera, en la cabecera de los valles que confluyen hacia nuestro mar.

Todas las ruinas de los poblados allí existentes muestran evidencias de una utilización multiétnica que incluye a nuestra gente de la costa y valles bajos, a nuestros ariqueños serranos y a los aymaras del altiplano. Cada uno de esos poblados, casi todos descritos en crónicas anteriores, tiene características peculiares, en un marco general común. Para dar un ejemplo consistente, basta visitar a dos poblados muy vecinos, aguas abajo de de Chapiquiña: Laco Alto (descrito en la crónica del 14-VII-2002) y Caillama.

Muy cerca de Chapiquiña hacia el norte, está la casa de la Hacienda Vilca, cuya matriarca viuda, doña Lina, es una de las personas que trato de visitar cuando paso por allí. Bordeando su casa, hacia el oeste parte una huella transitable para un 4x4 la cual bordea un vallecillo y, tras un poco más de 15Km, termina a los pies de una casita, propiedad del Sr. Quispe. Hacia el norte, cruzando el arroyo, está Laco Alto. Para llegar allí se pasa cerca de un par de chozas no habitadas y corrales de construcción contemporánea, pero a medida que se asciende se transita entre recintos casi circulares (preincaicos) delimitados por pircas de dos hiladas de piedras con una capa intermedia de piedrecillas. Primero se pasa por una zona que tiene corrales y luego pircas que delimitan habitaciones y colcas circulares (recintos estrechos con paredes de piedra, para almacenar alimentos) y después una zona netamente residencial y en la cima del cerro y en la parte alta de su vertiente occidental, excavaciones verticales relativamente poco profundas y pircas y montículos pequeños de piedra que forman un conjunto que sólo serviría para acciones ceremoniales. Laco Alto es un poblado más del Intermedio Tardío, pero difiere en notorios detalles de su vecino Caillama, ubicado sólo a 1.200m al otro lado del vallecillo. Los pocos restos de cerámica reconocibles en el suelo son del estilo ariqueño-serrano Charcollo (del año 1200, más o menos, fechados por termo-luminiscencia) y posteriormente Chilpe, indicando que los habitantes fueron altiplánicos preincaicos con poca interacción con los agricultores (coles) ariqueños de las tierras bajas.

Si desde la vivienda del Sr. Quispe, en vez de cruzar el río se remonta la ladera hacia el sur, en lo alto de un cerro y antes de la quebrada de Caillama se encuentra el pukara homónimo, el cual comunica con Laco Alto mediante un estrecho sendero. El panorama que se observa es impresionante, dominando ambas quebradas y con una irrestricta vista del pukara de Laco Alto. Además de las estructuras defensivas y de uso comunitario, Caillama tiene más de 170 recintos habitacionales redondos o elípticos, con muros de dos hileras de piedras acomodadas sin preocupación por el relieve de las superficies, algunas escaleras (muy inusual) y esbozos de pasillos intermedios. Este sitio, conocido desde hace algunas décadas pero descrito en detalle sólo recientemente por Alvaro Romero, tiene interesantes peculiaridades.

Su ocupación se inició después del año 1100 y terminó antes del dominio incaico, a juzgar por la evidencia ceramológica. Lo que he visto es que predominan las piezas del estilo negro sobre rojo del altiplano preincaico (Chilpe), además de la habitual presencia de cerámica ariqueña serrana (Charcollo), alternando con San Miguel, Gentilar y Pocoma, propias de la Cultura Arica de la costa y valles bajos. En contraste con Laco Alto, hay numerosos recintos funerarios, en particular cistas (cámaras semi-subterráneas con paredes y ¿techo? de piedras), pero lo que llama la atención a Romero es la abundancia de restos de chullpas cuadrangulares (19), de barro pero estabilizadas en el interior por piedras planas, lo que le sugiere un origen caranga. El aspecto exterior es similar a la chullpa bien conservada del Tambo de Zapahuira 1 (crónica del 15-IV-2001), pero ésta tiene un dintel y paredes reforzadas por madera en vez de laja de piedra. Las chullpas son casas-tumbas que aparecen con la ocupación altiplánica de los aymaras, destinadas a los jerarcas. Su inusitada abundancia en Caillama debe pues significar que el lugar era muy importante para los altiplánicos.

Habitualmente sólo se encuentran unas pocas chullpas en otros asentamientos (dos en Zapahuira 1). En consecuencia, Caillama y, en menor grado Copaquilla (crónicas del 21-VII-2002 y 4-VIII-2002), deben haber tenido un significado especial para los ocupantes preincaicos de nuestra sierra. Caillama me crea más de un par de interrogantes: ¿Cuál era la diferencia socio-económica y la relación con Laco Alto, separado sólo por una quebrada y 1.200m?. No conozco otros pukaras preincaicos tan cercanos: Chapicollo y Huaycuta en Zapahuira están separados por 4.600m, un gran cerro y una quebrada, además de que sus estructuras habitacionales son completamente diferentes. Además, ¿porqué se abandonó Caillama?.

Tal vez nunca dispondremos de respuestas concretas, pero lo descrito sirve para demostrar que, antes de la "civilización" de este territorio, el pasado, presente y destino de nuestro territorio estaba más íntimamente ligado a lo que hoy es Bolivia que al Perú y Chile actuales. Si tomamos en cuenta la relación cultural de nuestros habitantes costeros con los del sur del Perú, sólo puede concluirse que antes, trozos de estos tres países conformaban una unidad geo-económica y culturalmente bien definida más allá de variaciones locales. Era el "país" Circuntiticaca fundiéndose a través de Arica con la costa sur del Perú a lo largo de otra unidad geo-cultural, el Colesuyu. Era otro mundo...