Visiones de la Arica Profunda

El valle Camarones

(Nota: Las fotos pueden verse en la carpeta  "Artículos y sus Fotos"=>"Fotos de los Artículos"=>"Camarones")

 

Camarones es el valle desconocido. Los pocos mapas oficiales que he conseguido son tan primitivos e inútiles para mis propósitos como dibujos para niñitos de parvulario. En este territorio propiedad de Chile donde lo militar pesa tanto, parece que todos los mapas detallados de la carretera Panamericana al Este son secretos, para defender la Patria de los santiaguinos. Una vez pregunté a Carabineros de Chile en Cuya hasta dónde podía llegar por el camino a Camarones; ellos consultaron a un muchachito civil preadolescente que andaba por allí y terminaron comunicándome, con un tono autoritario que no dejaba dudas respecto a la fidelidad de la información, que sólo hasta Camarones podían llegar los vehículos. Pues ese mismo día me aventuré por el valle y comprobé cuán equivocada puede ser la información que se le entrega al chileno común y corriente cuando quiere salir del camino pavimentado.

Es toda una aventura meterse a un valle acerca del cual pocas personas a mi alcance sabe algo concreto. Para empezar, no es cosa de partir de Cuya al Oriente: no señor, por allí no llega muy lejos. El camino a Camarones parte de donde mismo empieza la primera curva que marca el descenso de la cuesta de Camarones y su comienzo, absolutamente invisible, sin ningún letrero, aviso, señal o huella perceptible, hay que adivinarlo saliéndose del inicio de la curva y virando hacia el Este, como quien quiere tirarse barranco abajo.

La primera vez partí solo, como siempre, por miedo a arriesgar a mi familia por caminos desconocidos que pueden ser peligrosos porque no se espera que sean recorridos más que por los lugareños. El camino de tierra, en regular estado, desciende hacia el valle por la ladera septentrional hasta un punto muy cercano al sitio arqueológico de Conanoxa, donde se bifurca: un brazo de buen aspecto, enfatizado por un gran letrero en ruinas e ilegible, vira hacia el Oeste y llega a un predio particular, con otro brazo secundario de dudoso aspecto que continúa quién sabe hasta dónde hacia el Poniente. El otro, de igual calidad pero con un poco más de huellas parcialmente borradas por el viento, vira al Oriente y es el correcto, según un pequeño, oxidado y poco legible letrero ubicado en una posición ambigua.

Pronto aparece el valle, el camino se hace casi una huella y me empiezo a preguntar si no me habré pasado una bifurcación apropiada, cuando se divisa el caserío de Camarones en la ladera meridional del valle, al otro lado del río y de un vasto terreno pantanoso cubierto de Equisetum sp. (yerba del platero o cola de caballo) y otras plantas propias de la naturaleza del suelo.

Aunque siento atracción por lo antiguo y autóctono, me gustó Camarones, un pueblo que refleja con fuerza los beneficios de la buena administración, aunque a un costo alto para mi anticuada escala de valores: la homogeneización del "ser chileno". Es un pequeño poblado de precioso entorno, con gigantescos molles o pimientos rosados, que huele a prosperidad y donde lo antiguo contempla, digna y orgullosamente de arriba hacia abajo y pese a su abandono, a la modernidad actual fruto de la inversión fiscal. En efecto, en una planicie se oxidan antiguas máquinas agrícolas, se calcina al sol un inmenso depósito de cenizas de quien sabe qué y se van desgranando las ruinas de construcciones abandonadas Sla antigua escuela, una casona de aspecto señorial y otras que pudieron haber servido intereses comunitariosS y cuya prestancia se sigue imponiendo a la austera y fome modernidad de las casas construidas en el plano, todas iguales, seguramente producto de los recursos fiscales.

Encontré de todo en Camarones, menos gente. Una chancha me reprochó haber alborotado a su camada con mi pasar; un perro me ladró; maquinaria agrícola diversa y en buen estado estaba repartida en la plaza, incluyendo un moderno tractor; un centro comunitario bien pintado, resguardado por un cañón de quien sabe qué antigüedad, ostentaba una moderna piscina con un estupendo sistema de filtro; una casa como las demás (Nº20) pero con antenas que parecían portar dibujos geométricos, anunciaba ser Radio Principal FM y más allá verdeaba una magnífica cancha de fútbol con arcos pintados de blanco. Las dependencias municipales, impecables por fuera, como todo lo que parece de responsabilidad comunal, estaban tan desiertas como parecía estarlo el pueblo entero. Las casas, de tabiques y en buen estado, con algunas mejoras de adobe o material más ligero y/o oxidado, están dispuestas en calles ordenaditas al estilo de barrio burgués urbano, pero engalanadas por el verdor de los predios circundantes y los inmensos pimientos del lugar.

Durante mis primeras 36 horas en el Valle Camarones sólo intercambié 2 palabras con el único humano que me habló: una señora que regaba su jardín exterior con una manguera y con quien hubiera querido tener oportunidad de conversar, pero tras responder de la misma forma a mis "buenos días", dióse vuelta y no la volví a ver. Respetuosamente, recorrí intruseando todo el pueblo y ante la ausencia de población humana, partí hacia el interior del valle. En el siguiente día y medio, en estrechos caminos despoblados que en la vecindad de Codpa o en Chiloé obligan a un saludo y a un cortés intercambio de palabras, me habría de cruzar con unas pocas camionetas tripuladas por habitantes del lugar y nadie respondió a mis "buenas tardes". Lo mismo me ha sucedido en ese valle en visitas ulteriores. Tendrán sobradas razones para desconfiar de los visitantes citadinos, pienso yo, o tal vez la modernidad les ha extraviado la capacidad de reconocerse como entes particulares de una sociedad que debiera ser pluralista en lo cultural y en lo relativo a estilos de vida. Allá ellos y los responsables de su genio...

Debo dejar en claro que mi primera visita a la parte occidental del valle me impresionó por su belleza, el orden de sus predios, la modernidad que alterna con las antiguas viviendas de adobe en la vecindad del pueblo (paneles solares en los más humildes ranchos) y su riqueza histórica y arqueológica. Me hubiera gustado, por ejemplo, visitar Conanoxa, un lugar de gran interés arqueológico, pero no hubo nadie ni nada que me diera información al respecto así es que tendré que obtener sus coordenadas del mejor mapa de Arica y vecindario que dispongo, el de Encarta (Made in the US, shame on you Chileans) e ingeniármelas con mi GPS para llegar. Pero lo que quiero decir es que el Valle Camarones es una joya a la cual los chilenos no saben siquiera cómo llegar.

Desoyendo el consejo de Carabineros, me aventuré por un estupendo camino de tierra hacia el Oriente, hasta que en Taltape el valle se empieza a estrechar hasta el punto de transformarse en una garganta que sólo deja pasar el río y el camino se hace "Privado, Prohibido ocupar los corrales o estacionar todo tipo de vehículos".

Poco antes me encontré una sorpresa: el Viejo Cuartel, una antigua construcción limpiada, hermoseada y destacada por los alumnos del Liceo Santa María de Arica. El lugar fue ocupado por las tropas del Gral. Hilarión Daza, Jefe Supremo del Ejército Aliado y Presidente de Bolivia, el 13-XI-1879. Había partido de Tacna (¿Arica?) con 2.500 (¿3.000?) bolivianos guiados por el coronel tacneño Gregorio Albarracín, muy conocedor de la ruta, para reunirse con el Gral. Buendía en Tarapacá y atacar a los chilenos, quienes se habían tomado el Cerro San Francisco. Sin embargo, estos generales no lograron reunir su fuerzas pues, tras el triunfo chileno en la Batalla de Dolores, a la semana de haber llegado a Camarones don Hilarión volvió con sus fuerzas a Arica. En algún momento telegrafió al Presidente (peruano) Prado: "Desierto abruma, ejército se niega pasar adelante" y se retiró de la guerra.

¡Bravo! alumnos y profesores del Liceo Santa María, aunque ya (a fines del 2001) nadie sabe que Uds. hicieron el esfuerzo ni hay ninguna señal que identifique de alguna forma el lugar, porque sacaron el bien redactado e instructivo panel que Uds. pusieron, aunque adornaron el patio con un bonito basurero de madera y una inútil banca techada, del mismo estilo que las de la plaza de Camarones. Por si no lo saben muchachos, así es Chile y eso mismo les volverá a suceder cada vez que intenten hacer algo por resaltar nuestra identidad más allá de los intereses de los que nos dominan política y financieramente desde Santiago. Comprenderán que de nada sirve todo ese esfuerzo si nadie sabe que eso está allí ni hay relatos amenos que describan los múltiples bemoles sanitarios, logísticos, estratégicos y políticos de esa gestión. En todo caso, vuestro sudor nos hizo un interesante aporte y les sirvió para aprender una importante lección de lo que se siente cuando se es chileno-no-santiaguino.

Poco más arriba, en Taltape, termina el camino fácil y empieza una cuesta que permite sortear una angostura del valle para continuar hacia el Este. En ese punto y sin saber lo que me esperaba, tomé el camino a la derecha que lleva a Guancarane, a 5km (a vuelo de pájaro) valle arriba. Pero nada, nadie, ni ninguna cosa me había advertido que para pasar más allá de unos pocos kilómetros de angostura del valle había que subir tamaña cuesta y siendo las 17 horas decidí que la hipotética posibilidad de encontrar el petroglifo del zorro músico de Guancarane no merecía subir (y bajar y luego de vuelta) tamaña cuesta y me devolví a Taltape, bien entristecido por el giro de mi aventura.

Así es que estaba resignado a volver a Arica cuando, por azar, vi un dibujo geométrico en una gran piedra cúbica a un centenar de metros del camino, iluminado por el sol del atardecer. De cerca, comprobé que estaba ante un elaborado conjunto de petroglifos, que en la vecindad había varios fragmentos de piedras para moler maíz (batanes) en una larga pirca de piedra, que en una garganta que bajaba por la muralla Norte del valle había plataformas delimitadas por restos de pircas de rocas de aspecto muy antiguo (como la base o "radier" de construcciones de caña u otros elementos vegetales tal como se observan en la Aldea del Cerro Sombrero en el valle de Azapa) y que el lugar entero parecía una aldea y/o un recinto mágico de antiguos ocupantes.

Excitado por el descubrimiento, que no debería tener nada de extraordinario pues alguien con un leve interés en la arqueología y el turismo off-road tendría que haber sido atosigado con información al respecto si viviera en cualquier otro país que respetara sus raíces, llevé a mi camioneta a las proximidades del hallazgo y decidí aprovechar lo que quedaba del día explorando los alrededores y pasar allí la noche.

¡Eureka! Las dos horas de sol que me quedaban me hicieron ver que había petroglifos preciosos, lindos, sólo interesantes o francamente burdos, por doquier, particularmente en la garganta que había traído a la gran piedra cúbica desde las alturas. Unos 200 metros más al Este, un cementerio excavado y/o "huaqueado" blanqueaba impúdicamente huesos humanos de quien sabe qué data, aunque en un hoyo encontré un fragmento de cerámica que sugiere que por lo menos se trata de un cementerio del Período de Desarrollo Regional ariqueño y otros del estilo negro sobre rojo, del mismo período pero de origen altiplánico.

Me imaginé que estaba acampando en un lugar que debió haber tenido algún contexto mágico para sus antiguos dueños u ocupantes, posiblemente hace más de 1.000 años y me dije que, solo como estaba y con la complicidad de la noche sin ningún esbozo de luz artificial, iba a ser quizás el primer humano en volver a compartir con ellos la magia estética y geológica del lugar. Pocas veces he estado tan contento estando solo. Salté de roca en roca hasta el anochecer, el cielo nunca fue más claro y misterioso y el ruido de la fractura de una roca en medio de la oscuridad de las 20 P.M. me hizo desear una visita sobrenatural, algo así como una animita que me pudiera contar algo del lugar.

Nadie me visitó, pero recién caída la noche vi pasar media docena de vehículos que descendían por la cuesta que yo había renunciado montar. Al despertar del día siguiente, envalentonado por el espíritu de los dibujantes de petroglifos y anhelante de nuevos descubrimientos, decidí tomar la mentada cuesta rumbo a Guancarane. De allí llegaría a Cochiza, Chilca, Iquita y a lugares ya conocidos, Pachica y Esquiña. De allí iría a Illapata a ver si todavía vivía esa cholita de mejillas de color manzana que una vez vi al pasar y volvería a Arica por el camino a Codpa.

Guancarane, o lo que había al interior del valle, tenía que ser importante pues el camino no era malo y media docena de vehículos en un día es un tremendo tráfico para los recónditos caminos serranos. Mientras subía la antipática e interminable cuesta, cuya única función es "bypasear" la angostura del valle, pensaba que la inversión de vialidad obligaba a suponer un tráfico importante de personas y/o productos de valor comercial.

Pues me equivoqué rotundamente. Veinte a treinta kilómetros de cuesta pedregosa y solitaria no hacen más que llevarlo a Ud. a la continuación del valle, sin más peculiaridades. Guancarane y Cochiza no son más que un modesto letrero, un par de chozas y el mismo valle de siempre, sólo que a una antipática cuesta más allá de Taltape.

Entonces tomé rumbo al Este para salir por Codpa, pero he allí que, un agricultor que me pasó sin saludarme siquiera cuando yo consultaba a mi GPS, abrió y luego cerró con esmero una cerca que me impidió seguir el único camino disponible para seguir a Chilca y al final de mis planes.

Guancarane tiene una gran colección de petroglifos, pero tal vez su principal atractivo es que, dependiendo del estado del camino y del ánimo del señor que lo controla a su arbitrio, es el comienzo de la parte alta del valle Camarones y vía de comunicación con el camino a Codpa.

Esa vez quedé molesto con la gente de Camarones y preferí volver a Arica. Pero con el tiempo decidí retornar al valle sin pretender que sus pobladores tuvieran que expresar la calidez de nuestros compatriotas de la precordillera. Aunque cueste explicarlo, este sentimiento de no ser bienvenido se repite, excepcionalmente debo aclarar, en otras localidades rurales del Norte Grande, como en Camiña, con la particularidad de que ésta es iquiqueña y en consecuencia la falta de cordialidad no llama la atención.

En eso pensaba cuando a fines del 2001 invité a mi esposa a un día de campo en el valle y para mostrarle sus riquezas. Tras recorrer parte de lo que he descrito, ella se quedó escribiendo sus notas bajo un molle a 2km al Oriente del poblado de Camarones, donde llega en forma casi perpendicular la quebrada de Humallani, mientras yo subí la colina que forma la esquina oriental de la conjunción, para revisitar el pukara que está en su cima.

La parte terminal de la quebrada, con un curso de agua nulo, escuálido o potente según la estación, está enteramente dibujada por espacios rectangulares delimitados por bajos solevantamientos de tierra y piedrecillas cerca del lecho del río: supongo que son los "canchones" que, como en la quebrada de Apanza tenían fines agrícolas. Más hacia la ladera oriental de la quebrada, estos espacios están delimitados por pircas más consistentes hechas con bolones más grandes y el suelo no parece afectado por las crecidas estacionales del río, en algunas partes se encuentran trozos de cerámica no decorada, el todo no parece un ordenamiento adecuado para recintos habitacionales y aunque se cuentan por decenas, no entiendo para qué sirven. A medida que se acercan a la ladera, van transformándose en los típicos "radieres" pircados que servían de base a las habitaciones de paredes y techos de material vegetal.

Tras quince minutos de ascenso por una estrecha huella en una ladera poco apta para sedentarios, con algunas escasas piedras con petroglifos (señal de que vamos por el camino correcto), se llega a la cima que tiene una superficie más o menos plana del tamaño de media cancha de fútbol. Hemos llegado al pukara (Lat.18º60'S, Long. 69º51'O).

Aunque domina en forma espectacular el valle hacia el Oriente y el Poniente y la quebrada homónima, el pukara de Humallani es muy modesto en comparación con los otros descritos en estas crónicas: medio centenar de recintos pircados, con frecuentes colgas domésticas (depósitos subterráneos usados como despensas) en la periferia, pero tiene algunas peculiaridades.

Los recintos que parecen habitacionales son más o menos circulares, bastante estrechos (2-4m), delimitados por una efímera pirca simple y están ubicados en la periferia del complejo. En el centro hay espacios rectangulares de mayor tamaño (6-8m) delimitados por pircas de mejor factura y compuestas por dos hiladas de piedras medianas con una capa de tierra y guijarros en el medio. Algunas de ellas son adyacentes entre sí y es obvio que tenían un propósito diferente a las estructuras de la periferia. Este es un ordenamiento que no he visto en otros lugares, si bien debo aclarar que me queda mucho por explorar.

En un sector de los recintos circulares hay abundancia de trozos de cerámica no decorada (de uso doméstico) y algunos del estilo Chilpe (negro sobre rojo), demostrando influencia altiplánica durante el Período de Desarrollos Regionales (Intermedio). Puede haber más, pero nunca hago excavaciones para no dañar la evidencia que debe ser explorada por los sabios.

En una hora completé mi última visita al lugar. A la vuelta, rodeado de verdes plantaciones de alfalfa, antiguos molles, vacas y con las ánimas de los "gentiles" acompañándome amistosamente, disfruté con mi esposa de un aperitivo y de unos espectaculares emparedados de atún con cebolla y lechuga que ella sabe preparar de manera tan especial. No muy lejos, un campesino hacía como si no existiéramos. Lo que lamento es que, a diferencia de otros lugares de mi Patria Chica, no tengo amigos en Camarones...