Visiones de la Arica Profunda

El valle de Copaquilla, primera parte  

El valle Azapa nace de la confluencia de las aguas que vienen desde Ticnamar al sur con la profunda quebrada del Rio Seco, proveniente del norte, donde termina el valle de Copaquilla. Este a su vez nace de la quebrada de Copaquilla que impresiona a todos los turistas en viaje a la laguna Chungará, cuando se detienen en el mirador del pukara homónimo, ciudad-fortaleza ubicada en Lat. 18º24'S, Long. 69º38'O, poco antes de llegar a Zapahuira.

La quebrada de Copaquilla nace con timidez donde se inicia la pampa de Zapahuira, un poco mas allá del pukara, pero pronto se profundiza entre paredes casi verticales, dejando un estrecho espacio para el modesto flujo de agua que escurre entre las piedras de distinto tamaño que tapizan el fondo (talweg). Pasando la base del pukara, recibe una quebradilla corta que viene del este (mulahumaña) y el talweg se expande para formar el valle. Este corre más o menos de norte a sur y está delimitado al este por los cerros de la precordillera y al oeste por la pampa del Muerto, en cuyo borde están los residuos tóxicos (arsénico) de la antigua planta de procesamiento del oro de Choquelimpie.

La parte alta del valle, formando un triángulo a partir de la confluencia de las quebradas, pertenece a un amable personaje de edad avanzada, Isaac Vicente, a quien conocí hace mucho a través de mi trabajo y quien desde entonces me ha honrado recibiéndome con cariño en su casa y permiténdome explorar la riqueza arqueológica de su propiedad, creada por los habitantes prehispánicos del pukara. Precisamente pocos días antes de escribir esta crónica, fuimos invitados con la familia Andía, los dueños de Calaunza (descrito en el URL ya especificado) a una huatia elaborada con las papas y choclos allí cultivados, más un cabrito y un chancho, precedido por el "fricasé" picante con gruesos granos de maíz y papas ch'uño. Fricasé es el término boliviano para describir nuestro mal llamado "kalapurka", nombre inapropiado pues éste implica una sopa cocinada con piedras calientes introducidas en el recipiente, lo que ya no se hace en nuestra zona.

Isaac (omito el "Don" pues para él tiene una connotación agresiva) tiene mucho que contar. Oriundo de Chapiquiña, inició su gestión laboral independiente siendo un muchacho, cuando durante el gobierno de Gabriel González Videla en Arica había una tremenda escasez de alimentos básicos como azúcar y harina. En recuas de mulas por pasos precordilleranos, él las "importaba" desde Tacna. Después continuó su gestión de caravanero comercializando en la precordillera vino pintatani que compraba en Calaunza. Ahora dedica la vida a sus cabras y sus hijos, entre ellos Moisés con su esposa boliviana Coral, quienes residen en Arica y le ayudan con la faena agrícola.

El día de la huatia llegué de madrugada para recorrer la quebrada de Copaquilla pues esperaba encontrar petroglifos. Anteriormente, donde termina la ladera sur de la quebrada de mulahumaña, por casualidad había encontrado una piedra con un panel muy deteriorado con figuras humanas y de auquénidos, desconocido para los Vicentes. Pero esta vez, tras un difícil recorrido por el talweg de las quebradas, no ví más que paskanas (cuevas o aleros rocosos protegidos por una pirca de piedras que sirven de refugio provisorio a los pastores) y pircas defensivas para dificultar el acceso al pukara. Pero cerca hay importantes ruinas que describiremos en la próxima crónica.

Mulahumaña sirve para describir algo de la gramática aymara. Según mi rudimentario conocimiento del tema, el término está formado por "mula", (adquirido del español), "uma" (agua o humedad) y la terminación verbal "ña", que implica hacer o gestión. Creo pues, que puede traducirse como "abrevadero de mulas".

Los Vicentes demuestran con claridad la limitación del concepto de núcleo productivo y comunidad que impuso el modernismo. El núcleo familiar responsable de la producción se reduce a lo más básico (padres, hijos y tal vez algún otro pariente cercano) y, habiendo otros Vicentes en el valle, las relaciones no son muy estrechas. Describiremos esta situación en crónicas ulteriores.

La "huatia" es toda una ceremonia culinaria propia de los pobladores de la precordillera. En Perú de denomina "pachamanka". En un "horno" que no es más que una excavación circular con paredes estabilizadas por piedras, con un techo de bolones y con una "puerta" o espacio por donde se introduce la leña y que otorga el tiraje necesario para su combustión, se prende un fuego que deberá calentar las piedras a altas temperaturas. Estas deben ser bien escogidas para que no se fragmenten. Tras un par de horas, se cierra la puerta con una piedra y se bloquean las salidas de aire con alfalfa. Luego se retiran las piedras calientes del techo y se introduce una olla grande que contiene los trozos de carne condimentados y algunos bolones calientes. Las papas, camotes, choclos, humitas ("humintas" para mayor precisión), habas y el resto de las piedras, se reparten en el espacio entre ésta y las paredes. Se reconstruye un techo plano con sacos y alfalfa y todo se cubre con una capa de tierra de un espesor suficientemente grueso para impedir que escape el vapor. El cocimiento estará listo en una a dos horas. Esta vez, lo disfrutamos con una abundante provisión de pintatani de Calaunza, sin la adulteración con chancaca y agua y/o higos que es tan frecuente en el vino que proviene de otros lagares.

Entre loas a la huatia, bromas, anécdotas de Isaac y comparaciones con las costumbres bolivianas a cargo de Coral, comentamos cómo la evidencia ceramológica de los cementerios vecinos nos aporta información acerca de los antiguos habitantes del lugar y el mito aymara de los "gentiles", supuestos enanos de una humanidad antecesora que habitaba en las chullpas (las que en realidad son casas-tumbas). Isaac nos aclaró la diferencia entre "macho" y "mula" y su capacidad de carga y perfomancia en comparación con los burros y caballos.

Dos mundos en estrecho contacto, armonía, amistad e intercambio de conocimientos. ¿Cómo es que los chilenos nos farreamos con indolencia nuestra enriquecedora  pluralidad étnica?. De vuelta a Arica, pienso con tristeza que el proceso es irreversible: todo tiende hacia la homogenización insípida del ethos chilensis. ¡Qué despilfarro...!