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Renato Aguirre Bianchi

El Mundo Andino: Crisol de Arica

Potosí, antes y ahora. Segunda Parte  

Título de la imagen: "Minero contemporáneo, aún demasiado similar a los infelices mitayos coloniales". Nótese el pitcho en la mejilla darecha.

A partir de 1700 empieza una tremenda y larga crisis financiera en Arica, a causa de prolongadas sequías, la malaria, la amenaza de piratas y corsarios, la baja de la producción de las minas de Potosí y del precio de la plata, el traslado de las Cajas Reales a Tacna en 1718 y la migración de los españoles a ésta. Arica queda con una población de no más de 800 negros, mulatos y mestizos y la creación del virreinato de La Plata en 1776, el cual incluía a Potosí, hace que los embarques de plata se empiecen a hacer por Buenos Aires. Arica es nombrada puerto franco en 1778, en un inútil esfuerzo por combatir la miseria.

El Potosí actual

Agotada la plata, la explotación del estaño a principios del siglo XX reactivó parcialmente a la ciudad, la cual contaba con 120.000 habitantes en 1992 (dentro de pocos meses habrá un censo en Bolivia). Las minas siguen funcionando, explotando principalmente estaño y plomo.

La fuerza laboral de hoy está compuesta por 9.000 hombres generalmente menores de 40 años (y muchos niñitos) miembros de pequeñas cooperativas autorizadas por el Estado pero sin leyes sociales, beneficios por enfermedades profesionales y/o accidentes ni derecho a licencias médicas. Trabajan de 8 a 18 horas sin salir de los socavones ni alimentarse. Un gran bolo de coca (pitcho) los mantiene activos mientras trabajan sin más máquinas que una carretilla, a combo y barrena para cavar penosamente estrechos orificios en la roca de dureza metálica, donde tras varias horas de duro trabajo colocarán algunos cartuchos de dinamita (que deben comprar ellos mismos) y tronarán a las 12 horas para obtener material. Dicen que deben mover unas 15 toneladas mensuales para llevar a casa menos de 100 dólares por mes, sin ninguna protección social. Tal vez los 500 trabajadores de la mina de Porco sean un poco más afortunados, pues son funcionarios de una empresa que extrae estaño, la cual supuestamente debe cumplir con algunas obligaciones sociales.

El Cerro Rico está recorrido en todos los sentidos por los socavones, algunos de ellos tan estrechos que sólo se puede pasar arrastrándose y otros a distinto nivel, conectados por profundos "pozos" en el fondo de los cuales se adivina a los mineros tras las lámparas de carburo, faenando en túneles más profundos. No hay orden ni planificación pericial, pues no hay ingenieros ni planos ni parece haber control alguno: cada cual cava su socavón como mejor le parece.

No hay autoridad fiscal que deba autorizar el ingreso a la mina: simplemente basta con el beneplácito de sus explotadores, quienes sólo esperan un modesto regalo a cambio de la perturbación que provocamos. Así pues, en las afueras de la mina hay un mercadillo donde compramos regalos: mucha hoja de coca, llijta de quínua, papa, camote o plátano (ceniza en pequeños bloques, que se masca junto con la hoja para extraer mejor la cocaína; la mejor, a falta de bicarbonato de sodio, es la de tallos de quínua), unos horribles cigarrillos sin marca liados a mano, cartuchos de dinamita, mecha y detonadores y alcohol puro bebestible.

"Quiero tantos cartuchos de dinamita, tantos metros de mecha, algunos detonadores y mucha hoja de coca". No hay que pedirlo en silencio, mostrar el pasaporte, anotarse, inscribirse ni identificarse en absoluto. No parece haber nada ilegal en la transacción, los precios son bajos y uno se puede llevar toda la dinamita que quiera a su casa si lo desa.

Protegidos por un niño-minero de 9 años, casco, botas de goma y una casaca impermeable en cuyos bolsillos llevamos la dinamita, recorrimos algunos socavones y sus esforzados explotadores conversaron con nosotros con amabilidad mientras descansaban un poco y aprovechaban para echarle más hojas de coca al pitcho y recibir nuestros míseros regalos. El único permiso que pedimos fue a los diablos de la mina, estatuillas pintadas de rojo que de cuando en cuando aguardan en nichos a que el visitante les ponga un pucho en la boca, les deje caer alcohol en el tronco, lo prenda y espere a ver si sale humo del pucho: si el diablo no "fuma", mejor no seguir adelante.

En la penumbra que apenas penetran las lámparas de carburo de los tiempos de mi abuelita, las voces de los mineros suenan seguras, poco entusiastas pero orgullosas y maduras. Sólo después, al ver las fotos, pude comprobar que no eran más que muchachotes u hombres muy jóvenes. Allí, en el corazón del cerro, mencionaron un derrumbe de antaño, pero con ellos no se siente el peligro: conocen su oficio, son estoicos y valientes sin saberlo, están orgullosos de su actividad y uno adivina que son hombres buenos, solidarios, capaces de sortear todas las dificultades menos aquellas estrategias financieras que señores de cuello y corbata y uñas esmaltadas han ideado en países ricos para enviar a los macro-mercados las reservas de estaño nacionales quién sabe con qué afanes de lucro. No puedo dejar de identificarme con los mineros y sentirme orgulloso de que me permitan compartir tan superficialmente su entorno. Creo que los entiendo y confío en ellos. No podría decir lo mismo de los señores que se apoderaron del estaño que pertenece a mis cuasi-amigos...

Por un siglo y medio, la historia post-incaica de Arica estuvo condicionada por la actividad de Potosí. Hoy compartimos una terrible crisis financiera y otra peor aún, de identidad. Los contemporáneos de cuello y corbata que desde lujosas oficinas son directa o indirectamente responsables de la miseria del Potosí actual están muy al Norte; los nuestros están al Sur. Nosotros, ellos y sus vecinos estamos en el ombligo de América. ¿Para qué buscar la solución a nuestras crisis hacia arriba o hacia abajo en el mapa cuando podemos mirar para el lado?

Para todos nosotros andinos, el estancamiento y el trato injusto es problema de latitudes nortinas o sureñas, mientras que la vía que podría conducirnos al progreso corre de Este a Oeste...