Visiones de la Arica Profunda

Ticnamar 3. ¡No sigamos fraccionando el espacio andino!  

 

Debo confesar que nunca me apura llegar a Ticnamar Nuevo. Lo que pasa es que, pese a lo que me gusta el lugar, el poblado no me resulta atractivo. No me gusta porque ha perdido mucho de su identidad andina, como si tratara afanosamente de ser "chileno". Eso es comprensible por dos razones.

La primera es porque el poblado es muy reciente: data de más o menos 1960, cuando los lugareños se trasladaron a su ubicación actual después de que en 1959 una crecida del río se llevó a buena parte de Ticnamar Viejo.1960 implica, en la sierra, un deseo irracional de ser chileno pero una absoluta indiferencia de la República hacia lo que es aymara, andino, no capitalista, autóctono. Consecuentemente, los ticnameños construyeron un pueblo insípido y casi se perdió el idioma aymara porque daba vergüenza ser diferente a los santiaguinos. Es la maldición de pertenecer a un país sin identidad...

Por suerte, el amor al terruño y la porfiada obstinación de los viejos lograron mantener unas pocas, aunque contaminadas, tradiciones, pero el daño amenaza con hacerse irreversible.

La segunda razón se vincula con la anterior: me molesta ser ciudadano de un país que ha tratado tan torpemente a lo mejor que tiene en términos autóctonos: el Mundo Andino. Esto ha traído problemas legales de difícil solución, como el del Parque Nacional Lauca, para poner un ejemplo extremadamente obvio. Aunque Ticnamar ha tenido más suerte que otros lugares, es bueno usarlo como ejemplo para que los chilenos comprendan el daño que le hemos causado a nuestra comunidad aymara. La base histórica y un resumen de los conceptos éticos y sociales de ellos los publicamos en crónicas que están disponibles en la carpeta Mundo Andino: Crisol de Arica.

Ticnamar plantea en forma ejemplar el problema de la propiedad de las tierras en un territorio que nunca fue chileno hasta 1880 y que, antes que existieran las fronteras de los tres países que tanto daño le han causado al estilo de vida andino, pertenecían a macroestructuras étnicas que hoy se han atomizado. En efecto, antes de la Independencia se era pacaje, lupaca o caranga y se vivía como tal. La frontera boliviana cortó la continuidad de la cabecera administrativa de esas organizaciones sociales con sus territorios periféricos (ahora "peruanos" o "chilenos") y suma y sigue, hoy las organizaciones aymaras chilenas se han atomizado. A lo más hoy se es "de Ticnamar" o "de Cobija" y pocas personas dominan su idioma.

Chile, preocupado por la poca "chilenidad" de los aymaras, se comportó como si hubieran querido aniquilarlos socialmente. Por ejemplo, cuando en 1883 nuestras leyes otorgaron personería jurídica a los mapuches y reconocieron sus propiedades, simplemente se ignoró a los aymaras, deliberadamente como sugiere van Kessel.

Entre otras cosas, en 1911 pasaron a bienes nacionales todas las tierras comunales que, a juicio de los funcionarios fiscales, no contaban con un título de propiedad, con la fatal prohibición de utilizarlas para el milenario pastoreo sin un permiso explícito. Muchas de esas tierras fueron entregadas a funcionarios fiscales: "De las propiedades que no están ocupadas Ud. se servirá indicarme las personas, chilenas se entiende, a quienes se les puede entregar para su custodia y su cultivo".

Pero los ticnameños no podrían tildarse de "quedados" y aunque sus tierras habían sido arrebatadas quién sabe con qué artilugios por los caucásicos, en 1758, el "común de indios del Pueblo Tignamar" le compra a un par de godos, "para todo el tiempo y por siempre jamás", tres "guaicos de tierras" (cursos de ríos): Amachuma, Tumaya y Putawa. Como en 1903 seis comuneros protocolizan la compraventa y la inscriben como Escritura Pública en la Notaría de don Jovino Troncoso a nombre del delegado "y el común de indios del Pueblo de Ticnamar" (fojas 187 y Nº173), se configura una forma de posesión territorial que el capitalismo chileno no conoce: el ayllu. Para mayor abundamiento, en 1909  se inscribe la propiedad en el Conservador de Bienes Raíces y hasta se reinscribe la propiedad en 1944.

Siguen otros papeles legales, pero lo que nos interesa es que no cabe duda que los individuos que actuaron a nombre de la "comunidad indígena" o "el común de indios de Tignamar" no fueron propietarios sino mandantes de un conjunto o comunidad, colectivamente propietaria legal de un territorio debidamente protocolizado, legalizado, inscrito e instrumentado por nuestra legislación. O sea, "el común de indios de Tignamar", es propietario de una inmensa extensión territorial. Quiénes pertenecen en justicia hoy a esa entidad, las irregularidades legales que han "autorizado" que particulares inscribieran como propiedad individual tierras que legalmente ya eran desde mucho antes de la comunidad y los conflictos creados por todo este embrollo de indios lidiando con leguleyas disposiciones caucásicas, omisiones y errores o "imprecisiones" de la posición chilena frente a la propiedad comunitaria aymara, forman hoy un enredo que ya debe terminar.

A río revuelto, ganancia de pescadores y parece que ya ha habido gestiones de parte de descendientes de quienes "en representación del común de indios" gestionaron algunos de los trámites descritos, para inscribir a su nombre toda la inmensa propiedad comunitaria, a título de "herederos". Sin duda esto es inaceptable, pero en Chile todo puede pasar...

¿Porqué menciono todo esto?. Porque uno de los factores que con gran potencia contribuyen a la pérdida de la identidad andina es el fraccionamiento de su universo social, étnico y pecuniario, producto de la chilenización. Aunque la Comunidad Indígena Aymara de Ticnamar ya no hable más que castellano y habite un pueblo "chilenizado", es una de las semillas de donde puede brotar un sano renacer de lo andino, indispensable para que el orgullo de ser aymara no se vuelque en esfuerzos que, como en regiones vecinas, tienden hacia gestiones confrontacionales que sólo llevarán a su exterminio. Si el Mundo Andino ha de conservarse, no lo fraccionemos más, no lo sigamos obligando a esconderse o defenderse, no lo chilenizemos más mediante la fuerza de nuestra sociedad consumista. Tratemos de conservar la propiedad y el uso comunitario de las tierras que sustentaron a tan extraordinaria organización social. Pero no basta con tirarle las orejas a los caucásicos. Los aymaras tienen que comprender que deben luchar para no perder su identidad, y eso parte por conocer sus orígenes, esfuerzo que muy pocos realizan. Si no me creen, hagan caso a don Cornelio Chipana, sobrino de la recordada tía Justa (amable pastora de quien escribimos algo en la crónica dedicada a Mullipungo), quien en una revista científica se pregunta: "¿Como puede proyectar su futuro un pueblo que no conoce su pasado?". Tarea para mi amigo Oscar Mena y sus colaboradores...

Chukiwanka Mamani, legalmente Germán Choque, un líder aymara boliviano de la tendencia agresiva por reconstituir lo andino, argumenta: "Jesucristo dijo ‘yo no vine a sanar justos’. Aquí no vino porque no había necesidad: vivíamos en comunidad". Será extremista, marxista tal vez, pero resume muy bien la base social de lo andino.¡Cuidado!...