Visiones de la Arica Profunda

Ticnamar. Distracciones del camino de acceso   

Si uno quiere empezar a conocer la sierra ariqueña, supongo que los primeros viajes se destinarían a Codpa, porque con Putre es lo que más se parece a una "ciudad", con servicios básicos, sin haber perdido la primera su encanto (crónicas disponibles en  http://briefcase.yahoo.com/lautaro). Luego tendría que seguir con Ticnamar, donde no hay servicios urbanos disponibles pero donde empieza lo más hermoso de la sierra.

Es fácil llegar a Ticnamar. Desde Codpa hay un camino de tierra aceptable que cruza la quebrada de Apanza, pasa por el pequeño poblado de Timar en la quebrada de Carza (que pasó a llamarse "Garza" por error de un cartógrafo) y empalma con el camino contemporáneo más directo que viene desde Arica, el cual se origina donde están las Presencias Tutelares. El origen de éste último se dirige al Este por la pampa de Chaca, que se extiende entre la quebrada de Acha-Las Higueras al Norte y la de Carza al Sur. Tras juntarse con el que viene de Timar, se introduce en la liviana cuesta Viscachani ("lugar de vizcachas") donde hay restos de un antiguo campamento militar, baja y sube una quebrada con muy escasa vegetación y luego llega a otra, donde estaba el campamento Planchones del Servicio Militar del Trabajo que terminó el camino a fines de 1955.

A más de 50km en línea recta al SE de Ticnamar está Chilcaya, al borde del salar de Surire y de la frontera con Bolivia, de donde se extrae bórax desde hace mucho tiempo. Cuando no existía más transporte que las mulas, se trataron de llevar a la boratera unas planchas de fierro de 2x0,4m y unos 5cm de espesor, pero tuvieron que dejarlas botadas porque no pudieron avanzar más allá de cierto lugar en esa quebrada y desde entonces la zona recibe el nombre de Planchones. Poco más allá está la estrecha y serpenteante quebrada de Ipilla (viene de jiphilla, tripas), la que representó el sector más difícil en la construcción del camino.

Hay que bajar despacio la quebrada para apreciarla porque, aunque con pocas vertientes de agua y escasa vegetación, está llena de pircas, corrales, paskanas (refugios o moradas transitorias, en este caso cuevas con la entrada pircada), pequeñas terrazas agrícolas y evidencia de una antigua ocupación que hoy parecería inútil. Poco antes de terminar, hay en el lecho de la quebrada una roca que parece un cóndor posado sobre la tierra, con las alas semi-desplegadas. Por ella los locales prefieren denominarla "quebrada del cóndor".

Por allí hay un lugar donde uno puede bajarse a recoger unas matitas de chachacoma (Senecio mutans), que dicen que sirve para la puna o mal de altura, aunque nunca tanto como un pitcho (aqullita o bolo) de hojas de coca con buena llujt'a (ceniza de tallos de quinua o similar). Por cierto, hay que saber diferenciar la chachacoma de su pariente chukuchuku, el que carece de esa propiedad. Cerca está el pequeño caserío de Ipilla (Lat. 18º39'46", Long. 69º32'35"), del que no quedan más que unos corrales y al lado sur de la quebrada, la principal trampa de burros salvajes de la zona (crónica del 4-III-2001).

La quebrada termina vertiéndose en la extensa pampa de Oxaya, justo donde hay restos de un campo de maniobras militares que de lejos parece un "gentilar" (ruinas prehispánicas). Por ahora, sigamos el camino principal, que corre por la pampa hacia el Norte, antes de bajar otra quebrada y llegar a Ticnamar.

El pueblo de Ticnamar no es particularmente atractivo porque es muy reciente, de manera que disfrutemos de lo que lo rodea, que tiene historias interminables. Por ejemplo, poco más al Norte de la salida de la quebrada de Ipilla, una huella en excelente estado lo cruza en ángulo recto. Hacia el Este pasa al lado de Mullipungo (ver crónica), llega a Timalchaca (ver crónica), bordeando la falda Norte del temido cerro Márquez o "del Marqués" (ya le dedicaremos algún espacio a ese lugar prohibido) y se dirige a la boratera de Chilcaya. Cualquier vehículo puede seguir la huella hacia el Oeste por varios kilómetros. Baja lentamente al principio y al final llega al valle de Azapa. Ese era el camino antiguo que unía Arica con Ticnamar y uno de los que servían a la boratera. Debe haber alguna razón importante para no utilizar ese trazado como vía de comunicación entre Arica y Oruro, lo que parece mucho más lógico que la vía entre éste e Iquique. Según dicen, eso lo tienen muy claro los traficantes de coca quienes, a bordo de excelentes vehículos, lo transitan clandestinamente desde Bolivia hasta las cercanías de Arica, donde transfieren la mercancía.

Desde Arica, uno puede llegar en poco más de dos horas a Ticnamar, pero si realmente quiere conocer el lugar uno tiene que detenerse en varias partes. Total, lo que vale allí es el paisaje y la historia. Supongamos que pasamos a Mullipungo de largo. Volvamos entonces a la salida de la quebrada de Ipilla, donde el camino sigue por la pampa de Oxaya hacia el Norte, casi bordeando la hermosa quebrada de Oxa, la que lleva las aguas de Timalchaca hasta el río Ticnamar.

Una vez, acompañado por don Oscar Mena, Presidente de la Comunidad Indígena Aymara de Ticnamar y de su primo, don Bernabé Tarque, nos detuvimos un par de kilómetros antes de la antena repetidora para disfrutar de la increíble vista que hay al borde de la quebrada. Habremos caminado unos 500m bajando, pero demoramos un par de horas en volver. Además de la infinita variedad de hermosas piedrecillas de todos los colores y combinaciones, al fin del período de las lluvias verá en el suelo, además de la tola y otras plantas poco atractivas propias del entorno, unos hermosos cebollines silvestres con una desproporcionada flor roja y otras plantitas de hojas similares pero de flores redondas blancas. Paramos un rato, desenterraron una plantita, pelaron con facilidad la desproporcionada raíz y disfrutamos de un bocado fresco, acuoso, un poco dulce y con un leve sabor a pera. Es el sikisiki, la "golosina" de los muchachitos pastores. También nos mostraron unos cactus chicos, airampos, de los que se obtiene un pigmento para teñir de rojo y otras plantas de utilidad similar. Recorrer la sierra con quien la conoce es ciertamente una aventura interminable.

Pero lo más espectacular de la pampa de Oxaya estaba un poco más allá: la vista de los valles, quebradas y extraños y/o imponentes cerros que forman el entorno de Ticnamar. Seguiremos viajando con nuestros anfitriones en las próximas crónicas, disfrutando del entorno con el pretexto de explorar gentilares y buscar amañocos.