Visiones de la Arica Profunda

Las Cuevas de Mullipungo

 

Al salir de Ticnamar en dirección a Timar, hay que cruzar dos ríos: el que se llevó a la mitad del antiguo pueblo en 1959 y poco más allá el que baja desde Timalchaca por la quebrada de Oxa y que pronto versará sus aguas al río Ticnamar. Esa quebrada tiene mucho que contarnos.

Más o menos a media distancia entre el cruce con el camino a Timar y Timalchaca, aparecen unos farellones verticales que se prolongan bajando en dirección a Ticnamar. Hemos llegado a Mullipungo (coordenadas omitidas para evitar destrozos), ubicado a unos 3.500m de altura.

Mullipungo es un sector de la quebrada de Oxa que se caracteriza por sus hermosas formaciones rocosas, las que dan lugar a numerosas cuevas, cuatro de ellas adornadas por decenas de pinturas rupestres. Hacia Timalchaca, la quebrada se estrecha hasta formar un delgado pasadizo rocoso que a penas deja pasar a una persona, por donde fluye el agua que pronto encontrará amplio espacio a medida que, río abajo, la quebrada se transforma en un valle precioso lleno de recovecos.

Historias de burros

En Mullipungo nace el valle que desciende, pero hacia arriba se bifurca en la garganta rocosa descrita y en una corta quebradilla rocosa ciega en forma de embudo que se dirige al sur y cuya parte terminal está profundizada por pircas de piedras para impedir que los burros salvajes, correteados hasta allí por decenas de lugareños gritando mientras persiguen a galope de caballo a la manada, puedan escapar de los valientes atrapadores quienes, agazapados tras las pircas, saltan sobre uno de los frenéticos animales en medio del caos de la trampa, para controlarlo por sus orejas ("allí está la debilidad del animal") y luego, cuerda al cuello y jalándolo del hocico, lo cargan en un camión con otros 20 congéneres que viajarán a Arica para que Cecinas Bellet los convierta en rica mortadela.

Había dos trampas principales: la de Mullipungo y otra en la Quebrada de Ipilla, camino a Timar (Lat.18º39'46"S Long.69º32'35"O).

La caza de burros salvajes se perfeccionó hace unos 35 años, cuando futbolistas entusiastas de Ticnamar encontraron una manera de financiar sus camisetas, pelotas y equipamiento en general. El negocio era bueno y contribuyó a financiar las deudas que los vecinos adquirieron cuando hace unos 30 años decidieron comprarse un equipo electrógeno para iluminar al pueblo. Por entonces, las expediciones de caza ocupaban decenas de vecinos, con misiones específicas claramente definidas y con una bitácora que consignaba los detalles. Se siguió cazando burros después de adquirido el generador de electricidad, pero ya con fines de enriquecimiento individual, hasta que se les exterminó (casi) con armas de fuego. La Sra. Rosa de Timalchaca no ha visto burros por años, pero sabe que más abajo hay un piño que se está reproduciendo.

Doña Justa y las Cuevas

En 1977 falleció la última moradora de las "cómodas" cuevas de Mullipungo, doña Erminia Ape. Se instalaba en una paskana (refugio provisorio) levantada en una de las cuevas con antiguas pinturas rupestres, esa en la que utilizaron un fuerte amarillo ocre en vez del rojo oscuro habitual para dibujar a un grupo de camélidos seguidos por 2 hombres con un bulto a la espalda al estilo de los qipi (se pronuncia "kepe") contemporáneos, donde se lleva el cocaví consistente en maíz tostado ("pan de gallo"), queso y charqui. Otra pastora contemporánea de ella, recordada con cariño, era ta tía Justa Chipana, viuda de origen boliviano que criaba cabras y corderos en una quebrada vecina, con estadías temporales en Mullipungo y Timalchaca. Entre paréntesis y hablando de pan, en el Ticnámar antiguo había tres hornos para hacer pan como el que me regaló doña "Licha", el cual era golosina propia de las fiestas pues en los días comunes había que contentarse con el pan de gallos. Uno de ellos, el de la tía Dominga, se salvó de la avenida del río y estba (me parecía operativo) en un hermoso paraje en la parte baja de lo que queda del poblado. Dicen que la crecida de río del 2001 se lo llevó.

Volviendo a Las Cuevas, al extremo opuesto de la "habitación" hay un grupo de enigmáticas figuras en rojo ocre, que jamás había visto, parecidas a langostinos o fuegos artificiales y que las encontré designadas como "fosgenos" en una revista técnica. Otra cosa más que pasa a mi archivo de incógnitos...

Una vez más me invade el aura de magia y misterio de las quebradas. Hay cientos de recovecos, corrales, pircas y estructuras que ya no saben cómo contar su historia. En cuevas dibujadas hay cientos de imágenes de distinta data, la mayor parte representando auquénidos y pintadas por individuos de hace unos 3.000 años hasta casi el presente, en una liviana estimación cronológica. La evidencia disponible corrobora mi percepción de vibraciones mágicas, pues los artistas no vivían en esas cuevas, sino que las ocupaban para ritos mágicos asociados a la caza y/o cría de auquénidos.

La magia flota en Mullipungo: al anochecer, me parece sentir el tronar de las manadas de burros arrancando para salvar sus vidas, los gritos de sus organizados y valientes captores, adivinar los pensamientos secretos de la tía Justa cuando no estaba pastando a sus animales en las colinas abiertas vecinas a Timalchaca, vibrar con la mística de los artistas arcaicos y hasta me veo recolectando productos de las pequeñas andenerías hoy abandonadas, y al fin me duermo creyendo que estoy bailándole a la apacheta de La Cruz para honrar al cerro Marqués (o Márquez). Debiera sentirme solo pues no hay humanos en 10km a la redonda, pero en la magnífica oscuridad de la noche andina me visitan, entretienen y protegen los espíritus de mis arcaicos amigos. Hasta me prepararon un "caliente" virtual mientras dormía. En sueños, recordé que Malú Sierra, en su libro "Aymaras, Los Hijos del Sol" dedica párrafos elogiosos a Cornelio Chipana, nacido en Timalchaca e hijo de una pastora, quien llegó a ser profesor de historia de la Universidad de Chile e investigador del Instituto de Antropología de la Universidad de Tarapacá. Justa Chipana era su tía...

Mullipungo-Timalchaca era todo un universo en sí, parte de un mundo que Chile, sin saberlo, destruirá por no haber aprendido a respetar a las minorías y por creer que lo mejor para ellos es irse a trabajar en los más bajos niveles laborales de la urbe e imponerle su capitalista concepto de territorialidad. ¿Es que no puede haber chilenos que vivan dignamente con prioridades diferentes a las de los santiaguinos?.