Desentrañando la Historia de Arica

Corsarios chilenos



El corso fue una genial idea de los ingleses que se remonta a fines del siglo XIII. Permite que, habiendo una guerra, particulares puedan armar barcos para asaltar embarcaciones civiles del país enemigo, tomar prisioneros y apoderarse de sus riquezas, parte de las cuales debían compartirse con el estado que otorgaba la "patente". Esto era casi lo único que los diferenciaba de los vulgares piratas, los cuales actuaban como querían, contra quienes les convenía y no eran necesariamente leales a un gobierno. En una posición intermedia estaban los filibusteros o bucaneros, quienes formaban en las Antillas una cofradía desprovista de control gubernamental ("Hermandad de la Costa") y limitaban, teóricamente, sus actos de piratería sólo a los navíos españoles. Estos eran inicialmente comerciantes de las Antillas que atacaban tierras vecinas para robar ganado, cuya carne ahumaban ("bucan", de allí su nombre) y pasaron a llamarse filibusteros (de "free-booter", embarcaciones pequeñas apropiadas para rápidas incursiones por los riachuelos) una vez que España los obligó a refugiarse en las Pequeñas Antillas

Poco o nada supimos de piratas y filibusteros en Arica. Con algo de tolerancia, pues España e Inglaterra estaban en muy malos términos pero no en guerra, podríamos decir que cuando Francis Drake atraviesa el Estrecho de Magallanes en 1578, se inicia la actividad corsaria en las costas chilenas. Luego visitarán Arica otros corsarios extranjeros como describiremos en la próxima crónica. Por ahora limitémonos a los chilenos.

El establecimiento del corso por parte de Argentina y Chile fue vital para conseguir la independencia. Nada mejor que una flota indefinible de esos delincuentes "patriotas" para debilitar la economía del enemigo, por entonces basada en el transporte marítimo. Gracias a los corsarios, los barcos españoles debían dispersarse por diversas rutas, mientras que nuestras flotas regulares estaban libres para concentrarse y atacar con fuerza el lugar elegido.

Declarada la Independencia de Chile en 1810, la Junta de Gobierno estimula el comercio internacional a través de sus puertos, ya intensamente utilizados por contrabandistas ingleses, franceses, holandeses y norteamericanos, pero sin implementar una fuerza naval que impidiera que los realistas utilizaran nuestros mares para las gestiones destinadas a retomar el territorio. El virreinato, más hábil que los inexpertos patriotas, decretó el corso, enrolando a muchos de los contrabandistas. Este error criollo costó carísimo: los realistas bloquearon Valparaíso, llevaron tropas a Valdivia y Chiloé y se tomaron Concepción y Chillán. Más tropas transportadas por mar desde Perú y España, les permitió reconquistar Chile tras la derrota de O’Higgins en Rancagua.

Cuando San Martín nos libera, ya era demasiado obvio que había que conseguir poderío marítimo, tanto para proteger a Chile como para atacar a los españoles en Lima. Recién entonces decretan el corso que habría servido para enrolar a los contrabandistas que atrajo el virrey y tal vez se hubiera salvado a la Patria Vieja. Allí entra a jugar un rol importante la aventura de la Fortuna, pues su buen negocio hizo que se multiplicaron los corsarios chilenos, hasta que obligaron a los realistas a concentrar todo el tráfico en el fuertemente protegido puerto de Callao.

La de la Fortuna fue la más célebre patente de corso concedida por Chile (1817). Tres aventureros porteños con experiencia marítima no guerrera, MacKay (ex-oficial de un barco ballenero escocés), James y un ex-guardiamarina de apellido Budge, reunieron un reducido presupuesto para armar a una modesta nave de 20 toneladas que bautizaron Fortuna y con la debida patente y 25 marineros chilenos, ingleses y norteamericanos, zarparon de Valparaíso rumbo al norte. Un temporal había dispersado a un convoy procedente de Cádiz, escoltado por el temible barco de guerra español, la Esmeralda, y en Arica había fondeado la fragata Minerva, de gran tonelaje, numerosos cañones, una abundante tripulación y cargada con grandes riquezas. Unas dos semanas después de su zarpe, los corsarios chilenos abordan por sorpresa y capturan a la fragata española. Al escapar, abandonan a la Fortuna y siguen hacia el norte a bordo de la Minerva. A la altura de Pisco capturan al bergantín Santa María de Jesús y antes de fin de año recalaban en Valparaíso con la nave capturada y su valioso cargamento, festejados por las campanas del puerto y un recibimiento de héroes.

El corso tuvo una tremenda utilidad para la independencia de nuestros países, además de proyecciones que afectan la imagen de nuestros héroes marinos de la época, pues la repartición de las presas se aplicaba también a la marina regular, por lo que nuestro primer Vicealmirante, Lord Thomas Cochrane, fue todo un corsario. Estuvo en Arica cuando las tropas que transportaba la Escuadra Libertadora del Perú a su mando, se tomaron Arica tras desembarcar en Caleta Quiani en 1821,  y la saquearon brutalmente, con la desaprobación de Cochrane. Tiempo después éste debió permanecer en Arica por motivos de salud.

Cochrane llega a Chile en noviembre de 1818, con su familia y algunos ex-oficiales navales británicos, contratado cuando éste experimentaba grandes problemas financieros en Inglaterra. Es armado en corso y se le nombra Vicealmirante y Comandante en Jefe de la Escuadra, con sueldo del Almirante inglés. En enero de 1819, a bordo del primer buque insignia —la fragata O’Higgins de 50 cañones— y otros tres barcos, parte con intenciones de atacar Callao, pero no lo consigue a causa de la niebla. Sigue entonces hacia el norte, apoderándose de Huacho y Huara en marzo y Supe en abril, donde interceptó importantes sumas de dinero destinadas al barco norteamericano Macedonian, el cual traficaba a favor de los realistas. Luego despoja de un rico cargamento al bergantín francés Gazelle en Huarmey (a unos 300km al norte de Lima) y sus tropas saquean al puerto de Paita.

Vuelve a Valparaíso y en septiembre zarpa para un segundo ataque a Callao, en el que utilizaría un armamento novedoso (cohetes) que no funcionó. Tras una frustrada expedición al norte, decide volver a Chile para tomarse el poderoso puerto de Valdivia, lo que consigue en febrero de 1820. A fines de ese año, ya formando parte de la Expedición Libertadora y cuando aún no se había conquistado Callao, Cochrane demuestra su temple y audacia capturando en una gestión "de película" a la famosa fragata Esmeralda, la joya de los españoles. Durante la noche y en botes con remos cubiertos de tela para disminuir el ruido, Cochrane y el capitán Guise —otro inglés— al mando de un centenar de hombres, asaltaron el barco, redujeron a la tripulación, soltaron amarras y lo sacaron de Callao. Esa fue tal vez la gestión más espectacular de Cochrane y uno de los elementos que iniciaron la decadencia del Virreinato a partir de 1821.

Su carácter lo hizo protagonista de diversas anécdotas: además de discrepar con San Martín en materias tácticas, éste lo expulsa del Perú en 1822, después de que Cochrane se tomara la goleta Sacramento, de bandera peruana ("el yate de San Martín" como lo llamaba Cochrane), el cual guardaba en sus bodegas grandes valores, con el pretexto de que el General no había pagado a su tripulación. San Martín lo trata de "Lord filibustero", a lo cual responde que él controla el poderío marítimo y San Martín lo conmina a abandonar las aguas peruanas con su escuadra pues le bastaba con un par de bergantines y él mismo se encargaría de organizar la Escuadra del Perú. Lo anterior confirmaría lo que se dijo de Cochrane: "estaba dispuesto a todo si convenía a sus intereses y era tan útil e indispensable en la guerra como molesto en la paz".