Mundo Andino: Crisol de Arica

Sincretismo religioso. Tercera Parte

 

La Inquisición en América

Los religiosos que envió la corona en 1574 para asumir el rol de las órdenes seculares de la Conquista, entraron en conflicto con éstas por el argumento de que no habían sido capaces de convertir a los autóctonos. Presionados fuerte e insistentemente, los andinos terminaron por aceptar el credo impuesto, pero lo incorporaron como un elemento más de su gama de dioses y creencias, adoptando más bien algunos elementos litúrgicos que los principios doctrinarios. No tardaron los Jesuitas en descubrir que, bajo la máscara impávida del sometimiento y la conversión, los indígenas seguían realizando sus cultos idólatras en la clandestinidad. Entonces, con el respaldo de la Inquisición y el financiamiento de la Corona, se instituyó la gestión de los "extirpadores de idolatrías" y se ejecutaron extensas, bien programadas e ineficientes campañas de "convencimiento" (1610, 1625, 1646) Uno de los "extirpadores" era un Carmelita descalzo que visitó Arica y Tarapacá en 1618, ocasión en la que, entre otras proezas, quemó un pueblo llamado Isquilza porque "los más eran idólatras".

Pastoral Parroquial de la Tolerancia

A partir de 1661 el afán "extirpador de idolatrías" cedió el paso a una paternalista tolerancia dogmática y moral frente a las "costumbres" (ya no idolatrías) de los indígenas. La implementación de una estrategia basada en la construcción de parroquias con órdenes de tolerar un culto con variaciones autóctonas, impulsa a los "Pueblos de Indios", donde la parroquia hace de centro de un pueblo ceremonial en el territorio de una comunidad aymara trashumante.

Los Dominicos tenían una posición dura frente a las creencias indígenas y ordenaron, por ejemplo "..quitarles de los ojos todo aquello... que tiene visos de antigüedad entre ellos y se puede temer... que las tengan por divinas. Y así se tiene por mandado [que] en ninguna parte... se pinte el sol, la luna ni las estrellas [para evitarles] volver a sus antiguos delirios y disparates". Esta actitud confrontacional, prohibitiva, no parece compartida por los Agustinos, quienes con una actitud más pragmática tratan de que los indígenas identifiquen al Sol con el Dios católico y de hecho, hasta hoy se puede ver al sol y a la luna en la hermosa portada del convento que construyeron en Potosí en 1625. Su fórmula es: Dios=Sol o bien, el Sol es el fecundador de la Tierra (Pachamama) como Dios es el fecundador de María. Los Jesuitas, por su parte, haciendo honor a su actitud de refinada intelectualidad, plantean que el Sol y la Luna son elementos subordinados al Creador de los cristianos. El Sol no es más que un yanacona (criado descastado) de Dios: "Si el sol fuera Dios, no tuviera la nube poder para oscurecerlo".

Esto nos lleva a dos interesantes problemas sincréticos: la formidable trascendencia de la Pachamama (madre tierra) y del Creador andino, sea éste Tunupa, Viracocha o Pachacamac, tiene ahora, en virtud de la pastoral de la tolerancia, que asimilarse "pacíficamente" a un personaje católico de alta categoría. Además hay que buscar una identidad andina que pueda asimilarse al Espíritu Santo y otras apropiadas para algunos apóstoles o santos importantes.

Resumiendo estas materias aprenderemos algo de la mitología andina básica y de su realidad sincrética contemporánea. Trataremos de hacerlo con objetividad, neutralidad y respeto hacia todas las creencias involucradas, en un intento por informar sin caer en gestiones proselitistas.

El pobre legado de los cronistas

La gran dificultad en definir a los personajes divinos primordiales del Mundo Andino reside en la pobre calidad de los relatos de los cronistas de la conquista. Dependientes de la Corona, tratando de sobrevivir en un mundo dominado por la Inquisición y obligados a servir los intereses de sus amos, señores de jerarquía institucional y/o inusual poderío, debieron omitir observaciones y sentirse naturalmente inclinados u obligados a deformar la realidad observada para no entrar en conflicto con el poder, además de que íntimamente no podían ver sino a través del cristal distorsionador de sus propias creencias. Por lo demás, eran poco cultos y/o parciales o debían trabajar en una peligrosa clandestinidad tratando de enviar denuncias encubiertas a las autoridades, que no pudieran ser detectadas por el poder local.

Lo último es el caso de las obras "Nueva Crónica" y "Buen Gobierno", firmadas por el mestizo Felipe Guamán Poma de Ayala, consideradas como el más valioso documento descriptivo de la época. Se supone que este noble indígena escribió en 1615, tras 20-30 años de trabajo, una crónica de 1.200 páginas acerca del mundo andino de entonces, de profundo contenido crítico oculto en la simbología de las 400 ilustraciones y aparentemente destinada sólo al Rey Felipe III de España. Nadie sabe si su obra llegó a Madrid. Mucho después apareció catalogada en la Antigua Colección Real de la Biblioteca Real de Dinamarca, se hizo conocida en el ámbito internacional a principios del siglo XX y fue publicada por primera vez en 1927. La forma magistral en que ocultó sus críticas descripciones del drama del mundo andino distribuyendo a los personajes en las ilustraciones según la jerarquía andina Arriba-Derecha versus Abajo-Izquierda, ha sido motivo de numerosos análisis por parte de expertos que se han fascinado por su obra.

Pero, para complicar el tema, ¿ quién fue el mestizo aquel? La respuesta implica un "pachacuti" (catástrofe) conceptual, que amenaza con destruir a este personaje que hasta entonces era un "monumento cultural, base de la nación peruana": En julio de 1996, en el IV Congreso Internacional de Etnohistoria organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Dra. Laura Laurencich Minelli, arqueóloga de la Universidad de Bolonia, presenta antecedentes perturbadores que sugieren que la autoría de la obra pertenece a la gestión clandestina de un jesuita italiano disidente llamado Blas Valera, quien ya había sido declarado muerto por la orden tras un intento previo de hacer llegar denuncias suyas al Papa. Los escritos contaron con la colaboración de otros dos jesuitas y cronistas. Guamán Poma de Ayala no habría sido más que un mestizo que sobresalía por su soberbia y vanagloria y de cuyo nombre y firma se valieron los autores.

Discutible, pero ciertamente inquietante. ¿Cuánto de lo que creemos saber del Mundo Andino es cierto y cuánto no es más que una farsa producto del efecto de la implantación no muy respetuosa de la "civilización"?