Mundo Andino: Crisol de Arica

Sincretismo religioso. Segunda Parte

En la cuenca del Titicaca ocurrió algo extraordinario: se formó una sociedad compleja de una manera muy, pero muy diferente de lo que pasó en el resto del mundo y todo gracias a los auquénidos. El patrón trashumante que se inició siguiendo las migraciones cíclicas de los rebaños salvajes, se mantuvo con la domesticación de los auquénidos y se extendió con la explosión demográfica y la utilización de los auquénidos como animales de carga, de manera que hace casi 5.000 años ya nos llegaba quinua y pieles de vicuña al Chinchorro. Así nació la compleja economía andina circun-Titicaca, basada en centros de poder asentados en terrenos poco aptos para la agricultura pero bendecidos por la posibilidad de enriquecerse (colectivamente) sobre la base de auquénidos, papa y quinua y conectados gracias a los auquénidos con tierras bajas riquísimas, proveedoras de maíz, algodón, calabazas, ají y productos del mar.

Mientras la variante clásica del desarrollo económico del resto del mundo implanta su ganadería en zonas pobres donde la agricultura no es posible, en el Mundo circun-Titicaca primero aparece el pastoreo ocupando las tierras más apreciadas y luego la limitada agricultura se desarrolla en áreas marginales poco aptas para la ganadería. Eso es lo que hace la diferencia en el determinismo de la estructura social de los asentamientos del Viejo versus los del Nuevo Mundo.

Lo fascinante de nuestra versión circun-Titicaca del Mundo Andino es la integración vertical en materia de tiempo, horizontal en materia de etnias, vertical en cuanto a altitud y horizontal en cuanto a intercambio comercial y cultural, fenómenos que alcanzan su máxima expresión en Arica.

Todo ese Universo peculiar, no vinculado al resto del mundo, ignorante de la existencia de otros humanos, tremendamente exitoso en un enclave planetario cruel y hostil, se gestó gracias al orden social, impuesto mediante una intensa dosis de misticismo y variables aportes de despotismo. Y sigue vigente tras la efímera cortina de modernidad que todo nuestro portentoso mundo tecnológico ha tratado de implantar por la razón o la fuerza. Como para no entenderlo...

Tratemos pues de comprender cómo el sincretismo religioso ha conseguido, por ahora, canalizar la inconmensurable capacidad de gestión de nuestros naturales.

Los religiosos de los Conquistadores

Desde sus inicios, la intrusión de los "civilizados" priorizó el proselitismo hasta niveles que hoy nos parecerían exagerados, pero que eran propios de la época (por entonces se sufría la Inquisición en Europa). La gestión de los Conquistadores debía ser legitimizada por religiosos, quienes además asumirían la administración y planificación de materias civiles y eclesiásticas. La Corona designó para ese efecto a la orden mendicante de los Dominicos, encargados de la Inquisición con los Franciscanos. A los pocos años se admitió a los últimos y a los albos de la Orden de Santa María de la Merced (Mercedarios), también mendicantes, para asistir a los primeros.

Naturalmente, los europeos no pudieron comprender de inmediato la ética y el misticismo de ese mundo que se había desarrollado en forma absolutamente autónoma, y tuvieron la natural tendencia a "asimilar" las creencias y rituales autóctonos a la "verdad" de ellos (de los europeos), por entonces un dogma indiscutible si uno apreciaba la vida.

Ofreciendo el cielo a cambio de nada (contraviniendo el prevalente principio de reciprocidad de los andinos: "yo te doy, tú me das") y no pudiendo cumplir sus ofrecimientos pues para la pragmática visión del andino ninguna de las promesas del credo cristiano se cumplió jamás, estas ordenes seculares fracasaron en su misión de convertir a los "salvajes" y fueron reemplazados en 1574 por las ordenes regulares, Jesuitas y Agustinos.

Es pertinente describir brevemente a estas órdenes religiosas, pues son en gran parte responsables de lo que hoy es el indio andino.

Los Dominicos, supervisores de la Inquisición, desde principios del siglo XIII trataban de combatir las herejías a través de la prédica y una vida austera, mendicante. A esa orden pertenecía Vicente de Valverde, el fraile adscrito a la expedición de Francisco Pizarro y también --paradojalmente-- el defensor de los indios, Fray Bartolomé de Las Casas y santo Tomás de Aquino.

Los Franciscanos, también vinculados a la Inquisición, se originan poco antes que los anteriores y viviendo en forma mendicante se dedicaban a la prédica y a la asistencia social. Llegaron a América con Cristóbal Colón y con el tiempo llegaron a ser tan poderosos en América como los Dominicos, particularmente en los territorios del actual Méjico, Colombia, Ecuador, Venezuela, Panamá y parte de Perú. Su influencia en la actual Bolivia fue tardía y de menor importancia.

Los Mercedarios, también mendicantes que aparecen a principios del siglo XIII para ocuparse de los cristianos prisioneros de guerra, se dedicaron después a la labor cristiana en las cárceles en general.

Los Carmelitas tuvieron un importante protagonismo en la catequización del altiplano. Se iniciaron a fines del siglo XII como una comunidad de ermitaños y después de Las Cruzadas se organizaron como una orden mendicante liberada de la exigencia de vivir en soledad, con muchas analogías con los Dominicos y Franciscanos. La fracción más estricta usa sandalias en vez de calcetines y calzado, por lo que se denominan carmelitas descalzos. Una de sus principales funciones era el trabajo en misiones.

Los Jesuitas constituyen una orden regular fundada en 1534 para difundir el credo a través de la prédica, la educación y el trabajo de misiones donde lo requiriera el papado. Su labor docente fue muy exitosa desde su inicio y en América destacaron por sus Misiones Jesuíticas, un formidable trabajo de organización de reducciones indígenas en Paraguay, Argentina y Brasil, formando una especie de "reino jesuítico" con una población de más de 150.000 indígenas y que se mantuvo por casi dos siglos. Por diversos motivos que no describiremos, la Compañía de Jesús fue combatida por el clero y en 1767, en un día preciso, fueron detenidos todos los jesuitas de América del Sur y luego devueltos a Europa, donde también se les expulsó de varios países.

La otra orden regular enviada en 1574, fue la de los mendicantes Agustinos, oficialmente reconocidos a principios del siglo XIII pero con una compleja historia previa que se remonta al siglo V y se vincula a un complejo personaje del siglo anterior, uno de los más grandes "doctores de la iglesia", San Agustín de Hipona.