Visiones de la Arica Profunda

Calaunsa, en el Valle de Codpa-Chaca

 

Después del interesante vasco de Pintatani que mencionamos en la crónica anterior, está el siguiente patriarca de la zona, don Humberto Andía. Dicen que más o menos en 1945, don Humberto arrendaba Chaqui cuando tuvo una aparición divina que le sugirió que se hiciera de las tierras de más arriba. En Arica se encontró con una descendiente del Sr. Maure, con quien concretó la compra de Calaunsa, 5km al Poniente de Pintatani. Hasta hace algunos meses su viuda, nonagenaria, cuidaba esas tierras y aún se produce allí uno de los más genuinos vinos Pintatani que van quedando, sin las habituales adulteraciones como el agregado de higos, chancaca u otras substancias para endulzarlos.

Con mi hija Paula conocí Calaunsa guiado por su actual propietario, don José Antonio Andía Ticona. Afortunadamente, el tramo del valle que se extiende entre Pintatani al Oriente y poco más allá de Calaunsa al Poniente, no tiene acceso por los extremos del valle y es necesario bajar la arenosa ladera de 400m de altura, siguiendo una difícil huella que sólo de bajada toma más de 1½ horas. Afortunadamente, porque nadie vive ya en esa zona y hay allí reliquias que no pueden destruirse, perderse o rayarse, aunque sea en aras de la investigación académica como el lamentable daño a los petroglifos de Ofragía. Mientras no se recupere allí una actividad que permita que sea habitado, ese rincón nuestro debe permanecer físicamente aislado donde está, cual burbuja donde el tiempo se detuvo hace un siglo.

Bajar ya es un esfuerzo cansador y durante todo el día no dejaremos de pensar en el retorno, cuesta arriba. Pienso en la mamá de José Antonio, quien, aunque a caballo pero con 90 años a cuesta, ya quiere volver a su terruño para regar los parrones.

Hay que bajar hasta una quebrada seca, pasando por un sector que llaman resbaladero con justa razón, volver a subir y seguir bajando en diagonal, hasta que por fin aparece el verdor del angosto valle, bendecido en septiembre del 2001 por el agua que aún viene de Codpa gracias al fuerte invierno altiplánico.

La casa patronal es de barro y madera, como todas las del valle y su terraza ofrece casi la única sombra que existe. Un lagar inusualmente grande es lo que primero nos saluda. Este comunica con un espacio similar en el interior de la bodega, el puntay, rodeando al cual hay grandes toneles llenos de vino, antiguas prensas con tornillo de madera y, por todas partes, reliquias que harían la delicia de un anticuario: un magnífico fuelle para las labores de herraje, un sistema de ganchos para colgar la carne (no es fácil vivir sin refrigerador), un gran mortero de piedra y unas hermosas tinajas en forma de zanahoria que se entierran y sirven para guardar vino o agua (también cuesta vivir sin las peculiares cuentas de Essat). La bucólica tranquilidad del ambiente, particularmente evidente tras la larga caminata, es indescriptiblemente obvia y se percibe un mágico encanto que parece inexplicable.

El serpenteante valle no tiene más de 100 metros de ancho, la altura es de 900m y el sol siempre brilla aunque Arica esté con nubes. En la ladera opuesta, los senderos que llevan a Chaqui y, subiendo, a Bodega del Medio y Pintatani, detrás de los últimos cerros que se ven hacia el Este. Entre los recovecos del valle, pedazos de terreno plano a poca altura del río, ocupados por los parrones, cuyas bien podadas vides ya esbozan los racimos para la próxima vendimia. Mientras vamos a la bocatoma a "dar el agua", empiezo a comprender de dónde proviene la magia que se percibe.

Este tuvo que haber sido un lugar muy especial para los ocupantes prehispánicos. Aunque a 10 y hasta 20 o más metros de altura en relación al río, las terrazas fluviales por las que caminamos revelan un claro patrón de una muy antigua ocupación agrícola, con esbozos de hileras de piedras delineando lo que hace mucho, muchísimo, fueron terrazas de cultivo (patanaka). De cuando en cuando, semi-oculta evidencia de un grueso tronco de árbol que confirma un abundante riego por vías que no consigo imaginar.

En casi todas las grandes rocas que han rodado en épocas pretéritas de la ladera, petroglifos, cientos de petroglifos de muy diferentes épocas, representando humanos, auquénidos, cabras, perros, figuras geométricas, ¿un sapo? y muchas serpientes. Hay un hombre, explícitamente macho, con cabeza de cabra y manos con 3 largos dedos que haría las delicias de un ufólogo, otro con adornos en la cabeza y cuyas piernas, de la rodilla para abajo, están como metidas en un canasto redondo o algo similar y especies de peineta que me parecen, por lo que visto en otras partes del sector de Pintatani, figuras estilizadas de grandes balsas de totora con varios tripulantes. El corral para las cabras aprovecha a un gran peñasco como esquina, el cual está cubierto de figuras, entre las que resaltan dos que me parecen de influencia incaica; un sol al lado de una mata de maíz.

No cabe duda que allí se realizaba lo que hoy consideraríamos magia. Además de las figuras descritas, hay una gran piedra con un orificio perfectamente circular, de al menos 10cm de profundidad y unos 3cm de diámetro y numerosas depresiones al estilo de las piedras tacitas, que son como lo que queda cuando uno empieza a hacer un hoyo en la arena con la mano.

Nadie entiende mucho lo de las piedras tacitas, que ciertamente no son privativas de las antiguas culturas de Arica, pero se sabe que son elementos ceremoniales. Con variaciones y a veces asociadas a un hoyo similar al descrito y/o surcos labrados en la roca a mayor profundidad que los petroglifos, las he visto en la cumbre de ambas laderas de Ofragía, Churiña (frente y muy cerca de la puerta del cementerio de Molinos) y Umagata (la más bien hecha), para sólo mencionar algunos lugares.

Toda esa magia está custodiada por la mejor serpiente que he visto en petroglifo: dominando la casa patronal desde la ladera sur y a unos 50m de altura, una gran roca muestra un magnífico panel donde está labrada una culebra con una cabeza claramente definida y que estirada tendría unos 3m de largo. Esa figura dominante otorga el sello mágico al lugar. La serpiente o amaru se vincula al culto del agua, incluyendo ríos y canales de regadío. Nada pudo ser más importante para los primitivos habitantes del lugar.

Seguiremos con el tema de los petroglifos...