La Estrella de Arica, 04-II-2001

Visiones de la Arica Profunda

Codpa y vecindario, siglo XXI. Subiendo por el valle

 

Asomémonos un poco valle arriba...

Hagamos un paseo desde la Hostería hacia la cordillera. Los 5km hasta Guañacagua se recorren mejor a pie, a lomo de animal o en moto que en un auto. Siguiendo un angosto camino labrado en la ladera norte, se van repitiendo las parcelas y habitáculos de barro o (ahora) paneles de madera terciada. La Municipalidad se lució introduciendo los paneles solares hace ya algunos años, los que contrastan con lo precario de la vivienda y el torcido palo que levanta a la antena de TV.

De cuando en cuando, unos pocos metros arriba de la huella, encontramos a un muñeco vestido como lugareño, "Ño Domingo Carnavalón", plácidamente sentado en lo alto de una roca que tiene una privilegiada vista de las tierras de sus protegidos/protectores. Financiado por una familia que lo viste y mantiene, permanece todo el año vigilando la tierra y cuidando que las cosechas sean como deben ser, pero para el Carnaval es sacado a pasear, participa del jolgorio y luego vuelve a su lugar. Me contaba una conocida que este señor les ha traído más ganancias que gastos, pues ya todos los núcleos de su familia tienen su camioneta propia...

Es buena idea subirse a su roca y sentarse a su lado, contemplando sus dominios. Si bien no habla, su mera presencia allí y su posición y vestimenta dicen mucho y la hermosa vista se complementa con el ruido que casi hacen las plantas al crecer al amparo del Ño.

Poco más allá aparecen casas con terrazas desbordantes de flores y hacia el río, Guañacagua, un pueblito de 2 calles intensamente trabajado por los evangélicos pero a cuyas espaldas y sin tener que pasar por el pueblo siquiera, se encuentra una hermosa pareja católica: la Sra. Iglesia, dedicada a San Pedro y construida en el siglo XVII y su esposo, el más hermoso Señor Torre del altiplano chileno. Para el mundo andino convertido al catolicismo, iglesia-torre es una unidad digital, hombre-mujer en este caso.

Sigue un recodo que lleva a la pared opuesta de la quebrada, cruzando el río y luego el camino llega hasta Chitita, desde donde asciende una huella tropera que conecta con la ruta que llega a los bofedales de Umirpa y desde allí se conecta con el resto del Mundo Andino.

A poco andar desde el recodo descrito está la parcela de mi amiga Olga Zenis, miembro de una familia que ha sido importante en la zona. Tan larga y llena de eventos ha sido nuestra relación paciente/médico, involucrando a varios otros familiares en desgracia, que hemos desarrollado un cariño mutuo que ella expresa de tiempo en tiempo con cajas de las naranjas más dulces, las chirimoyas y pomelos más exquisitos y gordas y jugosas tunas.

A un par de kilómetros de la iglesia, en un sector llamado Jasjara y cerca de donde antes había una gran piedra que parecía reproducir el rostro del Demonio, se baja al río por una parcela cuyo dueño raramente anda por allí los días festivos y se llega a una pequeña cascada, encajonada en un estrechamiento de la quebrada y que, cuando el río no está enojado, genera una poza de aguas claras (y gélidas) que luego escurre entre helechos, árboles y flores acuáticas adornadas por mariposas multicolores. Es la poza de la sirena. Es un lugar temido por los lugareños pues abundan los relatos de apariciones del Demonio. Por las noches se suele escuchar música y si se deja allí un instrumento musical, al día siguiente aparece magistralmente afinado.

La última vez que le dije a unos chilenos (léase santiaguinos) cómo llegar allá, volvieron entusiasmadísimos: no habían visto a la sirena, el agua era barrosa y fría, las plantas acuáticas se las había llevado la crecida del río, pero le robaron al dueño del predio todos los mangos, membrillos, naranjas, guayabas y paltas que cupieron en sus autos pitucos. Feliz, uno me dijo: "nos salió gratis el viaje".

He instalado campamentos en Guañacagua y los he dejado solos hasta altas horas de la noche para asistir a las festividades y nunca me han robado nada, porque allí se tiene lo que se trabaja. Cada gota del jugo de las naranjas robadas por los chilenos de marras la sudó su dueño manteniendo e irrigando sus terrazas. Sacrifiqué ritualmente a mis emparedados de atún con cebolla y mayonesa y a mis naranjas y manzanas para tratar de convencer a Pachácamac que les diera su merecido...

Aquí, en la Arica Profunda, no hay tigres, potentados ni santiaguinos prepotentes. Aquí se detuvo el tiempo y la ambición desmesurada y entra sólo lo positivo y/o inevitable, como los paneles solares, las camionetas y los inspectores del SAG. Hasta los inspectores de la Ley de Alcoholes y los de Impuestos Internos hacen como que Codpa y alrededores no existieran. Por algo el codpeño se quedó aquí y vive así y lo envidio sanamente sólo por ser capaz de vivir como lo hace.

¿Sirena o Sireno?

Me parece poco probable que los codpeños de antaño tuvieran a las sirenas como entes míticos de importancia. En cambio, en la mitología aymara existe(n) un(os) personaje(s) divino(s), Dios(es) de la música, que asecha(n) a los humanos donde hay agua (ríos, lagunas, bofedales, ojos de agua o pukios, cascadas) y/o vientos. Se llama(n) Sireno(s), afina(n) los instrumentos que se dejan en su(s) guarida(s), ejecuta(n) una música maravillosa y cuando "toca(n)" a un mortal le otorga(n) la capacidad de escuchar esa música y lo transforman en un músico excepcional. Toda mi familia se atrevió a bañarse allí y sólo uno de ellos es un buen músico, pero mi alma y mi corazón quedaron cautivos en la sierra y necesito volver a ella e introducirme en sus misterios tan a menudo como sea posible.

La obsesión por los tesoros ocultos también adorna de leyendas a la hermosa poza. Dicen que, pese a las ocasionales crecidas del río, la poza no se ha obliterado con las piedras que éste arrastra porque en su parte más profunda hay un remolino que arrastra lo que sea a profundidades no imaginables: es la entrada inundada de una antigua mina de quién sabe qué tesoros, la cual precipita al interior de la tierra a lo que caiga en el remolino.

Por suerte que, a excepción del dulce hechizo que me ató a esta tierra, no atrapó a ninguno de los míos...