Visiones de la Arica Profunda

Zapahuira, otra confluencia cultural, comercial y étnica. Primera Parte

 

Camino al lago Chungará, bonito pero históricamente fome, los turistas se detienen para fotografiar al pukará de Copaquilla y a las colgas del Tambo de Zapahuira I y luego pasan mirando en menos a las posadas del cruce de Zapahuira y nunca se dan cuenta que han rozado al más avanzado centro de control administrativo incaico del cual posiblemente dependía Arica.

Sin lugar a dudas Zapahuira ha sido siempre un lugar de encuentro e intercambio comercial y cultural entre grupos de diferentes etnias. Hay evidencias para sugerir que, aún antes de los Incas, la zona de Zapahuira era un punto intermedio de trascendencia en las rutas de las caravanas que conectaban el altiplano con la costa y el tráfico transversal entre los poblados de más al norte (Socoroma) y otros al sur (Chapiquiña, Laco Alto, Lupica, etc).

Al norte del poblado de Zapahuira, un poco retirado del cruce homónimo que alberga a las posadas de los camioneros, hay múltiples estructuras pircadas de aspecto antiguo y más o menos vecinas al Camino Inca el cual, proveniente de Socoroma, pasaba por el cruce y continuaba hacia el sur. Buena parte del camino actual a Lupica y Saxámar utilizó el trazado incaico, del cual quedan restos más o menos bien conservados un poco al sur de Socoroma, un poquito al norte de Chapiquiña (en la Hacienda Vilque de la familia Santos) y en el abra de Tojo-Tojone, para sólo mencionar a algunos sitios accesibles sin gran esfuerzo físico.

Tales estructuras revelan la intensidad del tráfico hacia Zapahuira, cuyos restos incaicos describiremos en otra crónica.

Chapicollo

Un poco al norte de Zapahuira hay un cerro llamado Chapicollo, cuya base meridional muestra antiguas andenerías, las que eran utilizadas por los habitantes de un poblado preincaico ubicado en el faldeo nor-este del cerro.

Como otras ruinas prehispánicas, hoy sólo quedan las andenerías y pircas de piedras, que en Chapicollo delimitan recintos habitacionales más o menos circulares esparcidos sin orden en la falda del cerro, con una peculiaridad que las diferencia de las otras ruinas del interior ariqueño: la "puerta" está protegida por un pasillo relativamente estrecho que se extiende un par de metros más allá de la entrada al recinto circular y siguiendo más o menos el contorno de sus paredes, dando al conjunto la forma de una coma. Este pasillo de acceso, una excelente idea para protegerse del viento y la lluvia, fue poco utilizado por otros grupos serranos, lo que induce a pensar que esta gente debió haber sido algo especial.

Por añadidura, los muros son relativamente sofisticados: doble hilada de piedras grandes colocadas con esmero, separadas por una argamasa de barro. Cabe suponer que a una altura de poco menos de 1,5 m, el muro de piedras era reemplazado por material vegetal hecho firme en postes de queñoa implantados en la capa de argamasa, para terminar en el techo cónico que se postula para las viviendas circulares.

Como suele suceder con las aldeas preincaicas, hay estructuras circulares diferentes en los límites de ésta: de una sola hilada de piedras y de mayor diámetro, pudieron haber servido como corrales. Asimismo, Chapicollo también tenía una zona defensiva, un pukará, con un muro perimetral y estructuras habitacionales de similar factura, ubicado en la cima del cerro y posiblemente utilizado para albergar a la población en caso de un ataque enemigo.

Nadie discute que Chapicollo es del Intermedio Tardío, anterior al Período Tardío (Inca) y posterior al Medio (Tiwanaku), pero entiendo que los detalles de la etnia que lo ocupó no son muy claros. Los restos de cerámica sugerirían a algunos que se trataba de gente proveniente del altiplano. Lo cierto es que sus peculiares pasillos de entrada plantean una fuerte interrogante.

Divagaciones asociativas: reliquias de aviación

Unos pocos cientos de metros al Nor-Este está la estupenda pista de aterrizaje de Zapahuira, hoy inactiva pero en buen estado. Aterrizar allí un día despejado debe ser maravilloso. Primero habría que espantar con un vuelo rasante a la docena de guanacos que corretean por allí y luego, sin más cautela que las atingentes a la menor densidad del aire a esa altitud, aterrizar placenteramente con el siempre nevado Taapaca de telón de fondo.

La asociación de ideas me saca del tema indígena y me lleva lejos de Zapahuira. Hay otra pista abandonada en el valle de Lluta, en regular estado, justo donde se bifurca el camino a Molinos. En una terraza fluvial en el límite norte de la Caleta Camarones hay restos de una estrecha pista no utilizable y más al sur, en la hermosa Caleta Chica (Lat.19º20'S, Long.70º17'O) hay 2 pistas que merecen un comentario.

La mayor, en estado aceptable aunque un poco arenosa, corre de Norte a Sur en Punta Canave, el límite Sur de la Caleta. Perdiendo altura sobre el mar, habría que sortear el pequeño acantilado que está a espaldas de la playa antes de posarse sobre una larga pista apta para aficionados, ponerse el traje de baño y bajar a la hermosa y pequeña playa, explorar sus cuevas (sin vestigio de ocupación humana antigua, aunque una de ellas profusamente ornamentada con imágenes católicas, ropa de pescadores ahogados y placas conmemorativas y ofrendas de fieles) y deleitarse con el vasto y solitario paisaje (cuando no están los pescadores ocupando con sus familias la playa en una "quedada").

La pista más misteriosa corre de NO a SE en la Punta Berger, el límite Norte de la Caleta, por lo que recibe el viento de través. Además es corta y angosta, apta sólo para pilotos expertos. No conozco su historia, pero los restos de las teas a parafina que marcan sus bordes me hacen imaginar a arriesgados pilotos clandestinos aterrizando en la noche para servir al tráfico de contrabando en la época del Puerto Libre. Tiene que haber alguien en Arica que pueda rescatar la historia de esas pistas de aterrizaje.

La próxima semana volveremos a Zapahuira, pero por vía terrestre. Hace más de 25 años que los pilotos civiles no pueden volar sobre la pampa y la sierra nortina. Secretos militares a la vista, dicen...