La Estrella de Arica, 7-I-2001

 

Visiones de la Arica Profunda

La ruta tropera entre Arica y Codpa

  

Llegar a Codpa hoy demora menos de 2 horas, por un excelente camino. Pero antes, los 70 Km que la separan de Arica a vuelo de pájaro, requerían de más de 20 horas de cabalgata continua. Algunos se dirigían al norte, hacia Ticnámar y seguían hasta descender por el valle de Azapa, pero la ruta principal bajaba por la Pampa de Chaca (Pampa del Atajo para los codpeños), una lengua relativamente delgada, de unos 50Km de largo, que se extiende desde donde hoy están las Presencias Tutelares hasta la bifurcación a Tímar-Ticnámar y entre la Quebrada de Acha y la de Carza (viene de Tímar y aparece como "Garza" en los mapas modernos), por donde hoy transcurre la ruta A031.

Ambos derroteros se separan en los Altos de Carza. Entre ese lugar y Codpa hay 16 Km a vuelo de pájaro, los cuales, con los pies sobre la arenosa y/o pedregosa tierra, se multiplican interminablemente al atravesar la hermosa, variada y cruelmente difícil y solitaria serranía que describiremos.

 

Los arrieros codpeños

La abundante producción agrícola de Codpa era transportada a la pampa salitrera y a Arica por hombres estoicos, orgullosos, amantes de los grandes espacios y de la aventura: los arrieros codpeños. Algunos de ellos eran verdaderos profesionales al servicio de agricultores de cierto poder económico y cuya vida transcurría en el ir y venir sin cese y otros eran los agricultores que un par de veces al mes bajaban ellos mismos sus productos y/o familias.

Reviviendo esa aventura con cierta calma para conocerla mejor y porque los caballos no son tan buenos como los "machos" para ese terreno, nuestro guía, don José Mamani de Vila Vila y nuestro compañero de viaje, don "Pedro Pintatani" de Guatanave, hijo de arriero, nos enseñaron lo que con pena sólo puedo resumir.

Los arrieros bajaban dirigiendo una recua de mulas y/o burros de 5-8 animales, a veces hasta 12, cargando los productos o a los niños en angarillas, una en cada flanco del animal, de 45 Kg para las mulas (90 Kg de carga total) y 25 para los burros). Por si se perdían en la noche cuando la camanchaca cerraba las puertas del cielo y envolvía a los animales como un denso capullo, portaban una campana colgando del cuello, macho o hembra según el sonido. Sin GPS ni el trazado del camino actual, no era difícil pasarse toda una noche de camanchaca andando en círculos.

Viajando la mayor parte de las tropas sin animales de reserva, cuando uno de éstos no podía seguir era mejor matarlo tapándole las narices que condenarlo a una muerte lenta. La carga, allí no más quedaba. En veinte horas de cabalgata, pudimos rendirle honores a decenas de caballares mártires -burros o mulas herradas- que nos ayudaron a amenazar con la misma suerte a nuestros caballos cuando se rebelaban.

La ruta que seguimos tiene dos etapas claras a partir de las Presencias Tutelares: el suave ascenso de la Pampa del Atajo hasta el kilómetro 45 de la ruta actual, en dirección Este-Sureste, y luego el descenso a la quebrada de Carza, torciendo un poquito más hacia el sur para iniciar un interminable subir y bajar cerros, bordear quebradas y saludar esqueletos hasta que se llega a la Quebrada de Apanza, que viene de Cobija..

La primera etapa, en la mitad de la cual pernoctamos para esperar a dos jinetes azapeños que partieron de más lejos y a dos conocidos codpeños que iniciaron el viaje 10 horas después que nosotros, es larga y monótona, pero en el kilómetro 20 la ameniza el "Palo de Gringo". Punto de reparo de mucha importancia para los arrieros, es un listón grueso de pino oregón de no más de 1 m de altura, casi el único vestigio de un abrevadero que la compañía inglesa explotadora del bórax de Calisaya mantenía a principios de siglo para el servicio de las carretas que bajaban el mineral. Los otros vestigios están al norte, al fondo de la quebrada: una higuera vieja y otra joven y un socavón al fondo del cual había (¿hay?) agua, la que era transportada por burros a la posada para llenar los abrevaderos de madera y de concreto.

La etapa final, serrana y accidentada, que parte desde los Altos de Carza, encuentra un alivio en el fondo de la Quebrada de Apanza. Con unos pocos arbustos, el lecho de la quebrada está adornado por petroglifos de épocas pretéritas con la típica colección de camélidos, signos mágicos, una bonita representación de un perro y -no puede ser otra cosa- un mono selvático. Una hora antes, en una quebradilla seca secundaria que algún día visitaremos con calma, más petroglifos que no pude fotografiar porque mi cabalgadura se opuso terminantemente.

Al ascender la muralla sur de Apanza, ya puede adivinarse la Quebrada de Codpa, pero si se sigue derecho a encontrarla se baja a Cachicoca y no se puede llegar a Codpa pues el valle se estrecha. Entonces hay que seguir subiendo por el alto y de pronto aparece el mágico paraje de Cerro Blanco, extensa área de cerros chicos adornados por arenas blancas que cubren el piso y los recovecos. Más allá de ese descanso de la agresión serrana, hay que subir por senderos increíblemente delgados prácticamente esculpidos en la piedra en ciertos tramos, con uno que otro petroglifo animando a los viajeros; cabalgar un rato por el pedregoso lecho seco de un río que con certeza corre raudo y turbulento en los veranos lluviosos y al fin vemos el comienzo del fin cuando un magnífico panel de petroglifos en lo alto de un gran peñón nos indica la entrada a la empinada bajada a Ofragía, tras la cual dejan de sacar chispas las herraduras contra las piedras al llegar a un suelo suave y a un estero de aguas límpidas que hizo las delicias de nuestros corceles, tras 7 horas de esfuerzo continuo sin agua ni forraje.

De allí a Codpa, sólo quedan unos 5 Km por el sinuoso camino que asciende por el valle. Eso ya es fiesta para todos. Los animales al trote, felices del verde que no vimos los días anteriores, estimulados por los chiflidos y arengas (y el iterativo "¡arre burrito flojo! de don Pancho Pintatani), nos transforman en una comitiva que parece haber montado recién y el recuerdo eterno de los arrieros de antaño nos obliga a respetar algunas de sus costumbres. De cuando en cuando, salen los vecinos a refrescarnos con un vaso de pintatani, el que bebemos al seco tras una minúscula ofrenda a la Pachamama, sin jamás desmontar.

Entramos a Codpa, humanos y animales, con todas las huellas del esfuerzo borradas por la exaltación y un cerrado aplauso encabritó a algunos animales al aparecer de golpe en la plaza. Sin desmontar, saludamos a la iglesia y disfrutamos del agasajo del pueblo y las autoridades.

Ojalá pudiera contarles de lo que pasó en el campamento del Alto de Carza: los ciclistas que nos alcanzaron, los motociclistas que nos visitaron, los codpeños que nos hicieron una fiesta -harto regada con pintatani- y las conversaciones acerca de entierros de cargas de plata (propiedad del Demonio) y su manejo en caso de avistamiento y repetir los relatos que arraigan a la pobre Arica contemporánea a la estoica gestión serrana.

Quisiera rendir un tributo a nuestras cabalgaduras: a mi potro flojo pero entusiasta admirador de las yeguas, al joven Coipo, potro albino que nos pateó una camioneta, a Talía y a sus ancas que desvelaban a los potros, a su madre Lucero, al brioso bayo que botó a su jinete y que se hizo yunta del Coipo, a la hermosa y altiva yegua negra que montaba Alvaro... Mencionar a todos los humanos y equinos que hicieron posible este homenaje a los arrieros codpeños ocuparía todo el espacio disponible. Lo resumo en loas a Carlos Requena, organizador y mecenas (con la Municipalidad de Camarones) del evento. El Huaso Lengo, Alvaro, don Francisco Zenis, Iván el Concejal, José Luis, José Mamani y yo hemos estado aquí por decenios, añorando esta aventura. Carlos llegó y la hizo realidad...

Codpa es un trozo de paraíso que Pachácamac donó a Arica. ¡Qué suerte que hay ahora alguien decidido a restaurar nuestra inter-dependencia!.