La Estrella de Arica, 23 de julio de 2000
 

Desentrañando la Historia de Arica
 

"Nadie tiene el derecho a gobernar si no es mejor que los gobernados" (Cirio, el Viejo)

Economía colonial, primer período, segundo capítulo

Cabe recalcar aquí una de las tantas situaciones históricas que diferencian tan profundamente a Arica del Chile convencional. No olvidemos que Arica era por entonces —y seguiría siendo hasta hace muy poco— territorio indiscutiblemente peruano. Al decir de historiadores del siglo XIX, el trigo producido en Chile valía más que toda la plata de Potosí. Esa afirmación me parece que sólo vale en lo simbólico pues escuché de labios de ese gran historiador ariqueño que fue don Alfredo Wormald Cruz, que siendo Chile tan pobre que sólo cabía cultivar, "la agricultura en Chile formó al hombre del pueblo, mientras que la minería en el Perú extinguió a casi todo el imperio de los Incas".

El drama indígena tras el boom económico de los caucásicos

Cuando llegan los españoles se introducen elementos mercantiles altamente perturbadores en este mundo basado en el delicado equilibrio de la utilización armónica de múltiples pisos ecológicos: la posibilidad de generar excedentes para comercializar en Arica, por ejemplo, induce la posibilidad de sublimarse por encima del conjunto (hacerse un poco más rico). La unidad del núcleo agropecuario autosuficiente se desmiembra pues en los valles precordilleranos se empieza a priorizar la ganadería y el cultivo de alfalfa, a la vez que la mano de obra necesaria para la explotación de las minas y plantaciones se extrae de las faenas de las cuales dependía el grupo social autóctono. Desmembrado el núcleo, sus componentes dispersos pasan a comportarse como proveedores de un producto único que depende de las exigencias de una economía abierta basada en la competencia y no en la solidaridad.

Sin duda, uno de los factores importantes que ayudan a explicar cómo pudo derrumbarse esa sociedad extraordinaria es la (hoy) indescriptible catequización del Mundo Andino, con su asombrosa consecuencia sincrética. Eso es un hecho. Los que es un "creo que" es que aquello, deliberada o casualmente, debió haber servido como una eficiente maniobra distractiva mientras se despojaba al Mundo Andino de sus riquezas minerales. No profundizaremos este argumento pues en el Chile de hoy no es prudente tratar temas religiosos en los medios de comunicación.

A partir de mediados del siglo XVI aparecen los azogueros, aymaras responsable de transportar a Potosí el mercurio que llegaba a Arica desde Europa y desde Huancavélica. El mineral venía en bolsas de cuero llamadas badanas y su peso y consistencia las hacía muy difíciles de transportar, por lo que los españoles le entregaron esa responsabilidad a expertos caravaneros indígenas. Muy prestigiados entre sus pares, ellos se constituyen pronto en importantes gestores de la introducción del mercantilismo que destruye el equilibrio social andino. Las badanas que se necesitaban en Arica se confeccionaban en Chile (el Chile central, obviamente) y significaban un inmenso negocio, con internación ilegal de partidas y otros negocios sucios que contaminaban la pureza autóctona. Las llamas, reemplazadas a principios del siglo XVII por mulas, necesitaban arneses de totora para cargar las badanas, los que eran confeccionados en Arica durante la temporada de invierno (el verano era malsano) por indios especializados que bajaban desde las tierras altas. La especialización es indispensable cuando la prioridad es el enriquecimiento, pero envenena el equilibrio andino.

Otros factores que contribuyen a destruir la curiosa organización socio-económica ancestral son las enfermedades que trajeron los españoles, el arriendo de indios para trabajar como bestias de carga, la introducción de la necesidad de ganar dinero pues se les cobraba por la "gracia" de ser evangelizados y los funcionarios que cumplían funciones judiciales y de autoridad militar se hacían otro sueldo con la utilidad del expendio de vino a los indios, les vendían abusivamente "a crédito" mulas y estupideces como ropa, collares y espejos, pasando por encima de todo lo que no fuera el afán por sublimarse en función de la utilidad monetaria, precisamente en una sociedad que no conocía el dinero ni podía resistir a la moral occidental basada en los intentos de enriquecimiento personal a costa de otros, pues dependía del equilibrio honesto entre sus componentes, el principio de reciprocidad o manay ("tu me das, yo te doy y ambos recibimos lo justo y necesario").

Cuando se estableció el Corregimiento de Arica, en 1565, existía un pueblo indígena llamado Ocurica, ubicado en una ciénaga a la entrada del valle de Azapa y constituido por indios autónomos dedicados a la pesca y a la agricultura. Cerca del mar se debilitaba la presencia altiplánica. Pedro Chaco era "el cacique de los indios naturales de Arica", pero estaba tan afligido por los tributos que tuvo que vender en 90 pesos parte de sus propiedades a un fresco oportunista llamado Gonzalo de Valencia, quien tuvo un hijo cura que terminó explotando esas tierras. Esa transacción abusiva generó un pleito que fue defendido por el abogado español Iñigo de Arguello y que siguió litigándose ya en tiempos de los nietos de Valencia, frescos por herencia que corrieron los linderos para apropiarse indebidamente tierras colindantes, echándole la culpa a una crecida del río San José. Gonzalo de Valencia también compró tierras Lluta arriba y más arriba lo hizo Martín Vicente. En 1640, doña Francisca Chaqui legó en su testamento la mitad de sus tierras de Ocurica a la Cofradía de Nuestra Señora de Copacabana, pero se las apropió quien fuera su albacea, el sinvergüenza Juan de Larragoitía. Pocos años después el pueblo Ocurica desaparecía hasta de los escritos de los historiadores de fines del siglo XX.

Más o menos en esa época se extinguía la influencia caranga sobre Arica y su sierra. Algún tiempo después de 1620, la erupción de un volcán obliga a abandonar la capital caranga que estaba cerca de Guallatiri, a la vez que una peste arrasa con los indígenas de la sierra ariqueña. Pero después ésta se fue repoblando de a poco con nuevos inmigrantes altiplánicos y el centro de poder se concentra entonces en Codpa, donde residía el cacique de "los altos de Arica" que gobernaba a las tribus de Socoroma, Putre, Parinacota, Livilcar, Ticnamar y otras.

En otras partes de Azapa pasó lo mismo que en Ocurica. En 1684 Pedro Farfán de los Godos se quiso apoderar de Umagata bajo el pretexto de que los indios no habían bajado a cultivarla: ¡Cómo iban de hacerlo si ese año el río San José no bajó y la tierra estaba seca! (hasta ahora los caucásicos no entienden que Arica se mueve al ritmo estacional del San José). El lío de las tierras de Umagata es largo y los españoles siguieron haciéndole trampas a los indios según consta en documentos de 1719.

Sin embargo, el aymara es porfiado y tiene paciencia infinita. A través de diversas manifestaciones se conserva algo de ese ideal de verticalidad después de "ese gran incendio" que fue la Conquista según Pablo Neruda. Pero los caucásicos jamás dejarán de imponerles su miope y presuntuosa "lógica". Para sólo citar un ejemplo, imagínense el desastre que han dejado los altaneros "expertos" de la Reforma Agraria de algunos de estos países contemporáneos nuestros en que se fragmentó el Mundo Andino.