Arica Profunda

Historia e identidad Aymara . Quinta Parte

 

El Aymara es eterno...

Por si fuera poco el trastorno que había provocado la Conquista, durante la Colonia hubo un Virrey eficiente, Francisco Toledo, quien desde 1570 y por cinco años estuvo recorriendo su territorio para hacer realidad lo que la Corona había ordenado a principios del siglo y reiterado sin éxito en ocasiones ulteriores: los indios debían ser agrupados en ciudades ("reducciones"). Así era más fácil cobrarles el tributo, engancharlos para la criminal labor minera y catequizarlos como Dios manda. Que si los Aymaras habían diseñado un estilo de vida completamente diferente al "civilizado" e incompatible con las reducciones era algo que no le importaba a nadie para nada. Los Aymaras pudieron haber sido etnocentristas y los Incas empezaron con las reducciones, pero la magnitud de la gestión española fue asombrosa y podría decirse malévola si no hubieran sido tan cristianos y en cierta medida disculpables por su ignorancia y ambición.

Se hicieron detallados pero parece que no muy exactos censos en el Collao. Aunque a los sacerdotes se les enseñaban las cuatro lenguas (quechua, aymara, pukina y uruquilla), sólo se reconocían dos etnias: Aymaras y Uros, además de los yanaconas descastados. O había una tremenda confusión o los españoles enredaron las cosas, pues sucedía lo siguiente:

La magnitud de los tributos era función de la eficiencia del indígena, por lo que los Aymaras pagaban con orgullo una mayor tasa y proveían chuño, llamas y ropa tejida con su propia lana, mientras los Uros tributaban pescado seco y ropa tejida con lana aportada por el encomendero, petacas, esteras, etc. Un Uro rico podía considerarse (y ser considerado) por los españoles como Aymara, pues eso implicaba dignidad, poderío económico y dominancia. Quién sabe si los Aymara lo aceptaban como tal, pero parece que la vía inversa no era posible: un Aymara pobre no pasaba jamás a la categoría de Uro. Los Pukina no se mencionan y estaban posiblemente asimilados a los Uros.

Había pues, una confusión y/o mezcla de conceptos y/o etnias que complican tremendamente la definición de una identidad Aymara desde la última mitad del siglo XVI. Los estudios genéticos contemporáneos confirman la rica complejidad de lo que hoy es un Aymara. No se sabe cuánto puede haberse modificado en lo genético desde su apogeo en el Intermedio Tardío, pero sus 1.000 años de evolución han ciertamente modificado profundamente su estilo de vida. Los feroces guerreros del ara pacha y aquellos que ocuparon puestos privilegiados en las guerras incaicas, parecen ahora, según Pablo Neruda, una "dulce raza hija de sierras" pero, a juzgar por lo que sigue, esa dulzura puede sólo ser una apariencia y no un signo de sumisión.

En lo conceptual, los Aymaras han demostrado una asombrosa capacidad para convivir con aquellos que le imponen conceptos cosmológicos y/o sociales ajenos a su identidad. Hay amplia dispersión en la rigurosidad de esta afirmación, debido a los diferentes niveles de "culturización" del Aymara actual y variaciones regionales, pero es fácilmente detectable. Eso nunca es más evidente que en cuanto al adoctrinamiento cristiano. Hasta hoy se diferencia entre "religión" (liturgia católica) y "costumbre" (religión autóctona cuyas reservas se guardan en la profundidad de su territorio). Confesando fuertes creencias religiosas católicas con un toque pagano, porque en su mundo todo es liturgia y altar, paralela o simultáneamente cumplen sus propias gestiones religiosas. Presento un par de ejemplos para exponer cómo me explico yo ciertas situaciones, dispuesto a aceptar con humildad otro tirón de orejas de los sabios.

Es necesario cumplir con la dualidad de mundo de los Aymaras. Pero hay dualidades que no pueden combinarse (auca), como el agua y el fuego o deben alternarse como el día y la noche, mientras otras, las dos manos o las dos fracciones básicas de un ayllu, deben coexistir (yanani o yanantin). La wilancha (el sacrificio de un animal para entregarle su sangre a la Pachamama) en relación a la ceremonia cristiana durante un día de celebración podría considerarse en el concepto auca y si el sacerdote católico la quiere impedir generará un enfrentamiento. Mejor entonces no se aparece hasta que ha sido consumada, autorizando de facto una alternancia (kuti).

Tal como el rito del tinku, batalla ritual de dos fracciones de las comunidades que conservan su autenticidad (hoy suele hacerse a membrillazos o se le reemplaza por un partido de fútbol), el kuti puede llegar a formar una coexistencia simultánea (yanantin) pues equilibra a dos auca, a la vez que el tinku persigue obtener la igualdad, aunque parezca paradójico. La igualdad es, en la práctica, algo que los credos cristianos no pueden aceptar en relación a otras religiones. Sin embargo, gracias tal vez a la Pastoral de la Tolerancia que se planteó a partir de 1661 y que sucedió a la Inquisición que legitimizaba la gestión de los conquistadores, los Aymaras de antaño optaron por el yanantin hasta donde les fue posible, guardándose sus propias creencias en forma de una alternancia (kuti) si no había más remedio.

De allí pues que lo auca de la wilancha, se resuelva con un kuti. Un ejemplo de yanantin, entre muchos otros, me parece que lo constituye las cruces de mayo con arco. La cruz es obviamente cristiana y el arco es de origen pagano y se utilizaba para agraciar al Mallku o espíritu tutelar de lugar. Es fácil que un sacerdote acepte que adornen una cruz con un arco, pero no se concibe una wilancha durante una misa, por ejemplo.

Tal vez mis disquisiciones no son válidas, pero sirven para demostrar que, de una u otra manera y mientras mantenga su identidad, el Aymara se saldrá con la suya, aunque después del auca pacha preferirá evitar el enfrentamiento.

Me he extendido en estas explicaciones porque hoy existe una situación cuyo desenlace puede ser trascendente y que no puedo anticipar ni creo prudente comentar. Desde hace tiempo ha ido ganando terreno una corriente religiosa no andina fuertemente etnocida. ¿Logrará al fin aniquilar la identidad Aymara?.

Hace mucho me explicaron que los habitantes de las islas de totora del Titicaca eran Aymara pues los Uros se extinguieron hace unos 50 años. Entonces lo entendí bien, pero ahora ya no sé lo que es uno u otro. Tal vez podemos eliminar el apelativo Uro pero los genes siguen allí, en el Aymara contemporáneo, así como hoy no nos damos cuenta cuánta sangre negra hay en Arica.

Si hay algo que caracteriza genéticamente a los Aymaras es su riqueza en aportes étnicos variados e intensos a lo largo del tiempo. Al estar esa pluralidad genética integrada en un todo que ha logrado mantener una identidad bien definida aunque evolutiva y pese a todo lo que le ha sucedido y como eso va emparejado a una extraordinaria capacidad para adaptarse sin anularse, supongo que, como pocas etnias en la historia humana, el Aymara es eterno...