Arica y el Forastero


Sergio Vasquez Ochoa

Contador Auditor – Ing. (e)Ejec. Marketing
Presidente Asociación Consumidores Arica



Solo le decíamos el huaso. Vivía solo, en una pieza que arrendaba en el barrio Maipú Oriente, calle Diego de Almagro. Se veía un trabajador sencillo y no se comunicaba mayormente con los vecinos. Era pacífico y a nadie molestaba, su conducta le calificaba como un hombre solitario. Aquella vieja poesía, “Nadie”,… flaco sucio y mal vestido, tal vez un perdido… le venía como anillo al dedo.

Fue una mañana, que apareció con su maleta y un terno empeñado en relucir, seguramente después de permanecer en lo más recóndito de alguna caja.

Por primera vez se dirigió al grupo de muchachos, que acostumbrábamos conversar en la tradicional esquina del barrio. Inicio su despido, dando la mano a todos… me voy, dijo… a mi tierra, para volver a disfrutar el verde del campo, los árboles, la fruta abundante y barata del período y tomó rumbo al Terminal Rodoviario. Le vimos alejarse y perderse con su maleta antigua, por el final de la calle.

Al mediodía, asomó por el sector, con la corbata suelta y un gesto de libertad, su rostro intentaba transmitir algo. Luego comentó; me acordé del frío, de las lluvias, del barro, de la ropa mojada, de los largos encierros obligados por el clima y las inclemencias del tiempo, de la ropa especial que debía disponer,

No, yo no me voy de Arica. Acá, si me visto con una polera y un short nadie se fija, porque es parte de las costumbres sencillas y no pretenciosas. Tenemos fruta todo el año y cuando me quiero internacionalizar, me voy a Tacna por mil pesos y en media hora cambio de mundo, respiro otro ambiente, que sólo por acá encuentro.

Al llegar al Terminal sentí una pena extraña; nostalgia de dejar Arica, sus playas, los valles de Azapa y Lluta, Parinacota y su mundo andino, la gente diversa, blancos, morenos, mestizos, la cholita vendedora ambulante, el huaso que se acuerda de su tierra, pero que no se mueve. La tranquilidad de acá, no la encuentro en mi tierra, echaría de menos este clima suave, las melodías de zampoñas, que un día escuche y aprendí a querer.

Las cumbias, la ramada de los huasos en Azapa, y el huaynito que aprendí a bailar un día en Pampa Algodonal, donde gente andina, azapeños y sureños, fuimos uno sólo hasta la madrugada, en armonía, con respeto, sin ninguna pelea.

No, A mi no me mueven de éste desierto hermoso, ésta es mi ciudad, para siempre. Muchachos, ustedes son jóvenes, a lo mejor no valorizan su clima, por que no han salido de Arica, entonces pensarían igual que yo.

Después, regresó a su pieza, se cambio con la ropa de siempre, una vez más le vimos salir, libre como Salvador Gaviota. Era un ariqueño de tomo y lomo.