Cabalgata a Codpa Vía Carza 
 
 
Llegar en un vehículo a Codpa hoy demora menos de 2 horas, por un excelente camino. Pero antes, los 70km que la separan de Arica a vuelo de pájaro, requerían de más de 20 horas de cabalgata continua. Para bajar a Arica, algunos se dirigían al norte, hacia Ticnamar y seguían hasta descender por el valle de Azapa, pero la ruta principal bajaba por la Pampa de Chaca (Pampa del Atajo para los codpeños), una lengua de terreno plano, relativamente delgada, de unos 50Km de largo, que se extiende desde donde hoy están las Presencias Tutelares hasta la bifurcación a Timar-Ticnamar y entre la Quebrada de Acha y la de Carza (viene de Timar y aparece como “Garza” en los mapas modernos), por donde hoy transcurre la ruta A31. 
 
Ambos derroteros se separan en los Altos de Carza. Entre ese lugar y Codpa hay 16km en línea recta, los cuales, con los pies sobre la arenosa y/o pedregosa tierra, se multiplican interminablemente al atravesar la hermosa, variada y cruelmente difícil y solitaria serranía que describiremos. 
 
La abundante producción agrícola de Codpa era transportada a la pampa salitrera y a Arica (hasta el año 1962 según dicen) por hombres estoicos, orgullosos, amantes de los grandes espacios y de la aventura: los arrieros codpeños. Algunos de ellos eran verdaderos profesionales al servicio de agricultores de cierto poder económico y cuya vida transcurría en el ir y venir sin cese y otros eran los agricultores que un par de veces al mes bajaban ellos mismos sus productos y/o familias. 
 
Primera Cabalgata, año 2000. Ese año, mi amigo Carlos Requena nos incitó a emular la saga de los arrieros de Codpa. Recorriendo el trayecto con cierta calma para conocerlo mejor y porque los caballos no son tan buenos como los “machos” (mulos) para ese terreno, nuestro guía, don José Mamani de Vila Vila y nuestro compañero de viaje, don “Pedro Pintatani” de Guatanave, hijo de arriero, nos enseñaron lo que con pena sólo puedo resumir. 
 
José Mamani de Chitita y Vila Vila, guía de nuestra primera cabalgata a Codpa por rutas troperas. Desde entonces es un admirador del GPS.
 
Los arrieros bajaban conduciendo una recua de mulas y/o burros de 5-8 animales, a veces hasta 12, cargando los productos o a los niños en angarillas, una en cada flanco del animal, de 45kg para las mulas (90kg de carga total) y 25 para los burros. 
 
Macho cargando angarillas.
 
Por si se perdían en la noche cuando la camanchaca (neblina muy densa que asciende desde la costa) cerraba las puertas del cielo y envolvía a los animales como un denso capullo, portaban una campana colgando del cuello, macho o hembra según el sonido que producían. Sin GPS ni el trazado del camino actual, no era difícil pasarse toda una noche de camanchaca andando en círculos. 
 
Viajando la mayor parte de las tropas sin animales de reserva, cuando uno de éstos no podía seguir era mejor matarlo tapándole las narices que condenarlo a una muerte lenta. La carga, allí no más quedaba. En veinte horas de cabalgata, pudimos rendirle honores a decenas de caballares mártires —burros o mulas herradas— que nos ayudaron a amenazar con la misma suerte a nuestros caballos cuando se rebelaban. 
 
La ruta que seguíamos hasta antes del año 2009 (mapa) tiene dos etapas claras a partir del monumento a las Presencias Tutelares, justo donde empieza la pampa al sur de Arica: el suave ascenso de la Pampa del Atajo hasta el kilómetro 46 de la ruta actual (1.690msnm), en dirección estesudeste, y luego el descenso a la quebrada de Carza (1.400msnm), torciendo un poco más hacia el sur para iniciar un interminable subir y bajar cerros, bordear quebradas y saludar esqueletos de equinos hasta que se llega a la quebrada de Apanza (1.700msnm), que viene de Cobija, y de allí continuar a Codpa (1.880msnm) bajando al valle aguas abajo de ésta (Ofragía, 1.800msnm) o directamente al pueblo por la cruz que lo domina desde la ladera norte. 
 
Primera Cabalgata a Codpa. Corresponde al trazo naranja. Arica está marcada por el círculo rojo y los amarillos corresponden a los dos lugares donde pernoctamos en la pampa, antes de cruzar la sierra rumbo a Codpa (círculo azul). Los tramos amarillos corresponden a otras cabalgatas.
 
La primera etapa, la pampa, en la mitad de la cual pernoctamos para esperar a dos jinetes azapeños que partieron de más lejos y a dos conocidos codpeños que iniciaron el viaje horas después que nosotros, es larga y monótona, pero en el kilómetro 20 la ameniza el “Palo de Gringo”. Punto de reparo de mucha importancia para los arrieros a 1.000msnm, es hoy un palo grueso de pino Oregón de no más de 1 m de altura, casi el único vestigio de un abrevadero que la compañía inglesa explotadora del bórax de Calisaya mantenía a principios del sigloXX para el servicio de las carretas que bajaban el mineral desde el extremo norte del salar de Surire. Los otros vestigios están al norte, al fondo de la quebrada: una higuera vieja y otra joven y un socavón de unos 150cm de diámetro que penetra en la piedra de la pared norte de la quebrada y del fondo del cual, a unos 10m de la boca, brota agua, la que era transportada por burros a la posada para llenar los abrevaderos de madera y de concreto. Ese hilillo de agua me supo a regalo de los dioses cuando bajé a pié a buscarla y me preparaba para más de 60 minutos de ascenso continuo para volver a la pampa y a la seguridad del camino. En la abrupta ladera norte de la quebrada, se ven delineadas dos huellas troperas que convergen poco más arriba del fondo del valle: una parece dirigirse directamente a Arica y la otra zigzaguea hacia el nordeste, como yendo a Humagata y/o Livilcar y/u otras localidades de la sierra precordillerana. 
 
Aguada de Palo de Gringo, vista desde la pampa y ya en el talweg.
 
Subiendo penosamente para salir de la quebrada, me imaginaba a los arrieros que desde esos lugares llevaban productos agrícolas a las salitreras. Chaca, Camarones, Tana y Tiliviche eran las siguientes fuentes de abastecimiento de agua y pasto para los animales. 
 
Volviendo a nuestra cabalgata, en la etapa final, serrana y accidentada, que parte desde los Altos de Carza, no deja de subir y bajar quebradas a una altura entre 1.600 y 1.800msnm 
 
Bajando a la quebrada de Caza. Hoy pueden pasar años sin que nadie, aparte de nosotros, transite por esas huellas.
 
 
 
y si se tiene mucha suerte se encuentra un alivio en el fondo de un afluente de la quebrada de Apanza. 
 
Una vez encontramos agua en la mitad de la etapa serrana. Indescriptible...
 
Con unos pocos arbustos, el lecho de la quebrada de Apanza está adornado por petroglifos de épocas pretéritas con la típica colección de camélidos, signos mágicos, una bonita representación de un perro y —no puede ser otra cosa— un mono selvático. 
 
 
Monito entre las figuras.
 
Una hora antes, en una quebradilla seca secundaria que en otro viaje pudimos visitar con calma, hay una gran piedra con enigmáticos surcos que no puedo interpretar. Sin duda esta ruta era intensamente utilizada por los caravaneros prehispánicos, quienes grabaron en la roca un críptico mensaje (¿rutas?) que nunca descifraremos. 
 
 
 
Tras ascender la muralla sur de Apanza, ya puede adivinarse la quebrada de Codpa, pero si se sigue derecho a encontrarla se baja a Cachicoca y no se puede seguir al este para llegar a Codpa pues el valle se estrecha y las paredes se hacen verticales. Entonces hay que seguir transitando rumbo sureste por el alto y de pronto aparece el mágico paraje de Tierras Blancas, extensa área de cerros chicos adornados por arenas blancas que cubren el suelo y los recovecos a 1.700msnm. 
 
Carlos Requena montando al potro Caballero en Tierras Blancas.
 
Más allá de ese descanso de la agresión serrana, hay que descender a la quebrada de Apanza, cabalgar un rato por el pedregoso lecho seco de un río que corre raudo y turbulento en los veranos lluviosos, rendirle tributo a una apacheta y luego subir por senderos increíblemente delgados y prácticamente esculpidos en la piedra en ciertos tramos, con uno que otro petroglifo animando a los viajeros. 
 
 
Escarpado ascenso pedregoso entre Tierras Blancas y la pampa. En la primera foto, Carlos lidera a la tropa; en la segunda “Suma Jo”, de escasa experiencia ecuestre, monta a un “macho”, traicioneros por esencia pero lo mejor para cabalgar por la sierra.
 
Tras ese corto infierno volvemos a la benigna pampa donde está la Cruz de la Pampa y al fin vemos el comienzo del fin cuando un magnífico panel de petroglifos en lo alto de un gran peñón nos indica la entrada a la empinada bajada a Ofragía, tras la cual dejan de sacar chispas las herraduras contra las piedras, al llegar a un suelo suave y a un estero de aguas límpidas que hizo las delicias de nuestros corceles, tras una última jornada de 7 horas de esfuerzo continuo sin agua ni forraje. 
 
 
De allí a Codpa, sólo restan unos 5km por el sinuoso camino que asciende por el valle. Eso ya es fiesta para todos. Los animales al trote, felices del verde que no vimos los días anteriores, estimulados por los chiflidos y arengas (y el iterativo “¡arre burrito flojo!” de don Pancho Pintatani), nos transforman en una comitiva que parece haber montado recién y el recuerdo de los arrieros de antaño nos obliga a respetar algunas de sus costumbres. De cuando en cuando, salen los vecinos a refrescarnos con un vaso de su famoso vino pintatani, el que bebemos al seco tras una minúscula ofrenda a la Pachamama (ch’allta), sin jamás desmontar. 
 
Entramos a Codpa, humanos y animales, con todas las huellas del esfuerzo borradas por la exaltación y un cerrado aplauso de quienes nos esperaban encabritó a algunos animales cuando aparecimos de improviso en la plaza. Sin desmontar, saludamos a la iglesia y disfrutamos del agasajo del pueblo y las autoridades. 
 
Ojalá pudiera contarles de lo que pasó en el campamento del Alto de Carza, la noche anterior a la última y crítica etapa: la anticipación de un recorrido que no conocíamos pero que sabíamos que era bravo, los ciclistas que nos alcanzaron, los motociclistas que nos visitaron, los codpeños que viajaron por la ruta vehicular para ofrecernos allí una fiesta —harto regada con pintatani— y las conversaciones acerca de entierros de cargas de plata (propiedad del Demonio) y su manejo en caso de avistamiento y repetir los relatos que arraigan a la pobre Arica contemporánea a la estoica gestión serrana. 
 
Debo rendir un tributo a nuestras cabalgaduras: a mi potro flojo pero entusiasta admirador de las yeguas; al joven Coipo, potro albino que nos pateó una camioneta; a Talía y a sus ancas que desvelaban a los potros; a su madre Lucero; al brioso bayo que botó a su jinete y que se hizo yunta del Coipo; a la hermosa y altiva yegua negra que montaba Alvaro. Mencionar a todos los humanos que hicieron posible este homenaje a los arrieros codpeños ocuparía mucho espacio. Lo resumo en loas a Carlos Requena, organizador y mecenas del primer evento (con la Municipalidad de Camarones). El Huaso Lengo, Alvaro, don Francisco Zenis, Iván el Concejal, José Luis, José Mamani y yo, hemos estado aquí por decenios, añorando esta aventura. Carlos llegó y la hizo realidad... 
 
Carlos Requena en la quebrada de Carza, ya vestido para la ceremonia. Pero aún faltaban varias horas de cabalgata y no llegó tan compuesto...
 
Hubo varias otras cabalgatas ulteriores siguiendo la misma ruta pero con variantes (mapa), ya coordinadas con la celebración de la Fiesta de la Vendimia y siempre bajo el liderazgo de Carlos. Una de las más memorables fue en mayo del 2002, cuando acampamos en los canchones de la quebrada de Apanza para descender directamente por la Cruz de Codpa al mediodía siguiente, como parte de la iniciación de la ceremonia de la vendimia. El recorrido fue mucho más largo, como atestiguan algunos jinetes: 
 
 
 
Esa vez nos acompañó mi sobrina adolescente de Suecia 
 
 
 
 
y Paola, una buenamoza que nunca había cabalgado. 
 
 
 
Pero la ruta es exigiente y no todos los que antaño la siguieron llegaron a su destino... 
 
 
 
Poco antes de llegar a Canchones, transitando por un zanjón, encontramos unos petroglifos en el piso rocoso de éste, el cual  impresiona como una wak'a (lugar sagrado y/o destinado a ceremonias de interacción con los poderes superiores), tal vez del Período Tardío (incaico). Me llamó la atención que, pese a haber no muy lejos de allí unos paneles verticales muy apropiados para dibujar petroglifos como es lo habitual, éstos otros se ubican en las superficies planas del lecho del zanjón. Hay unas pocas imágenes de auquénidos, predominando la representación de soles, serpientes, figuras incomprensibles y símbolos que creo asociados al concepto de fertilidad. Figura un zorro, un par de danzarines, la representación de una planta de maíz y ¿un arquero?. Si uno remonta la ladera sur del zanjón, llega al sitio ceremonial de la cúspide de un cerro que limita por el otro lado con el valle de Codpa, frente a Ofragía, donde abundan los petroglifos de diseño abstracto. 
 
Petroglifos del zanjón descrito.
 
El 2005 decidimos explorar otra ruta, la que asciende por el valle de Codpa-Chaca. El talweg no es enteramente transitable ni con los mejores “machos”, por lo que la ruta transcurre a media ladera pero debe finalmente ascender a la pampa para volver a bajar por Tierras Blancas y desde allí llegar a Ofragía (o, como preferimos, acampar en Canchones para llegar al día siguiente a Codpa para la ceremonia de inauguración de la Fiesta de la Vendimia). La descripción de esta cabalgata se encuentra en “Cabalgata a Codpa por Calaunza y Pintatani”. 
 
El 2006 realizamos la séptima cabalgata a Codpa y la sexta para participar en la vendimia, partiendo desde los Altos de Carza por quinta vez. Tras cientos de horas de cabalgar por la sierra, a Codpa y a otros destinos, habíamos aprendido mucho. Ya conocíamos bien las rutas y ramales y nuestros equipos estaban tan bien definidos que a nadie se le cayó un pañuelo siquiera. Todos los caballos y jinetes tenían experiencias previas, con la excepción de Carmen, una linda dama que preparamos para el evento durante casi tres meses. Cada cabalgata tiene sus propios bemoles, encantos y variaciones del trayecto para conocer lugares intermedios y ésta la detallamos en “Cabalgata a Codpa 2006 (Cachicoca)”. 
 
Cabalgata del 2008, Novena Cabalgata o Cabalgata de las Penas. A fines de abril del 2008 volvimos a seguir la ruta de Carza por sexta vez, sin desvíos porque la terminamos de organizar con premura y casi sin ningún contacto amistoso con Codpa. La cabalgata en sí fue una aventura tan exitante y exitosa como las ocho anteriores pero tuvo matices amargos debidos a nuestra percepción del deterioro de la identidad de Codpa a consecuencias de la intromisión de una modernidad mal comprendida y el consecuente cambio de actitud de los codpeños. Ya describiré la cabalgata para los amantes de las aventuras equinas, pero no puedo desligarme de la pena por lo que hoy empieza a ocurrir en Codpa, antaño refugio de una identidad adquirida durante la Colonia con bemoles indígenas. 
 
Sucedió que hubo un bullido embrollo en la alcaldía que terminó con la inhabilitación de la emblemática alcaldesa de la Comuna, con quien teníamos excelentes relaciones al margen de cualquier consideración política. 
 
Un paseo a caballo por las calles de Codpa con Sonia Salgado (año 2004), ex-alcaldesa de Camarones.
 
Al redefininirse la política comunal hubo, como es natural, una cierta imprecisión en el antes sólidamente establecido orden de Codpa y un deterioro inicial en las relaciones de la oficialidad con nosotros. Creyendo tal vez que estábamos políticamente involucrados con la alcaldesa, nos hicieron saber que ya no nos querían como componentes oficiales de las festividades de la vendimia. Aunque igual cabalgaríamos por nuestra cuenta (rara vez habíamos recibido antes un magro apoyo logístico de Codpa), con un poco feliz ánimo de competencia se nos hizo saber algo así como que la gestión caravanera era “propiedad” de Codpa y que sería gestionada por codpeños netos. ¡Genial!, pensamos: al fin conseguíamos motivar a la comunidad codpeña para que velara por sus costumbres más allá de las palabras que se lleva el viento. Una tropa codpeña rindiendo honores a sus costumbres ancestrales y otra ariqueña rindiéndole honores a los antepasados de ellos, ambas cabalgando independientemente, era el posible reinicio de una interacción que antaño fue riquísima. Pero... 
 
Por desgracia y por cualquier razón imaginable, Codpa ya no tiene el espíritu de grupo necesario para esta compleja gestión y pocos jinetes en estado físico para llevarla a cabo y un par de días antes de la gran fiesta uno de los consejales (Iván Romero, compañero de la primera cabalgata y quien el año 2009 ya era Alcalde) nos pidió que no dejáramos de hacerla pero hasta el último momento el resto de las autoridades no supo que nuestro compromiso con su historia no es renunciable y que calgaríamos sí o sí. Nuestra llegada a Codpa al mediodía del sábado 26 de abril fue espectacular. Nadie nos esperaba ni nos coordinó con la ceremonia inaugural como en años anteriores, pero justo cuando el amable alcalde subrogante se dirigía a la comunidad reunida en la plaza y decía, refiriéndose al pasado: “casi siento el ruido de los cascos de los caballares llegando a Codpa”, entramos por casualidad 12 jinetes con catorce caballares a rendir tributo a la iglesia y muy pronto cinco de nosotros fuimos invitados a entrar montados al estrado con dos mulas que cargaban 100kg de arroz en sus angarillas, nuestro aporte simbólico al tradicional trueque por el que recibimos algunas botellas de Pintatani y frutos del lugar y el emocionado saludo del alcalde. Pero... 
 
Aunque aún nos quedan amigos en Codpa y aunque uno de nosotros fue oficialmente homenajeado, como nunca antes en la calle se nos criticó más que festejeó: que las angarillas de las mulas eran de Putre y no de Codpa (ya es imposible conseguir las codpeñas), que los arrieros no vestían como nosotros, que no partimos de Arica (ya lo hicimos antes, pero los 50 kilómetros iniciales de pampa son una lata enorme y lo que nos interesa es la ardua gestión serrana) y etc. Para dejarlo bien claro, nosotros jamás hemos querido imitar a los caravaneros; podríamos hacerlo pero nuestra intención es rendirles un homenaje, no disfrazarnos de lo que no somos. Nuestra fotógrafa se nos adelantó en su vehículo al lugar donde acamparíamos, donde sorprendió a los lugareños comentando que éramos una farsa y habíamos llevado a los caballos en camiones. La guinda de la torta fue la información que se publicó en el único diario de Arica, algo así como “pobladores de diversos lugares de Camarones cabalgaron la Ruta del Inca para celebrar la Vendimia”. ¡Por favor! ¡Qué tienen los Incas que ver con todo esto si ni siquiera tenían caballos!. El 2000 nos acompañaron tres codpeños, pero nunca más. No queremos aplausos ni figuración personal pero sí nos apenó que con burdas mentiras y quien sabe qué intenciones se desvirtúó el esfuerzo que con entusiasmo hicieron por octava vez algunos ariqueños e iquiqueños por colaborar con la preservación del épico pasado de Codpa. Penas..
 
La Cabalgata propiamente tal. Los caballos atravesaron a bordo de un camión los 50km de pampa plana y desprovista de desafíos equestres, hasta los Altos de Carza (mapa) donde acampamos, en el mismo lugar donde vehículos motorizados dejaban a los codpeños hace decenios para ser recogidos por sus familiares con mulares. Es allí donde se inicia la verdadera aventura caravanera, la travesía de la sierra. El 2000 llegamos montados desde los altos (pampa) de Arica hasta ese lugar y Codpa en masa (y aventureros ariqueños en bicicletas y motos) acudió a festejarnos la noche antes de iniciar el exitante tramo serrano, hasta entonces no recorrido desde 1962 según nos dicen. 
 
Esta vez, el 2008, éramos inicialmente 10 jinetes, dos de ellos de Iquique y que hacían el viaje por tercera vez. Iba Carlos, el eterno líder; quien escribe, su respaldo y guardián de las damas quienes no necesitaron ninguna ayuda: Joanna García (”Suma Jo”) de Iquique, Mackarena, Jueza de Arica custodiada por su esposo Ramiro, abogado (ambos primerizos) y mi hija Paula (segundo viaje); parte de la familia Riquelme: Cristian el padre, Egon, a quien apadrinamos con Carlos desde su preadolescencia y ya era un hombre y avezado jinete y su hermano preadolescente Bruno (primerizo) y Brunetto, abogado de Iquique con su caballo recién adquirido (el “Rescatado”, porque lo iban a faenar en Putre a falta de forraje). Casi todos los caballos ya habían hecho varios viajes y Ramiro montaba a un macho muy acostumbrado a la sierra. Además llevábamos a una mula de carga. Mackarena y Ramiro fueron adiestrados por Carlos durante un par de meses. 
 
Partimos temprano desde los Altos de Carza después de levantar el campamento y estibar la carga. 
 
La tropa partiendo rumbo a Codpa desde los Altos de Carza.
 
El viaje fue relajado y directo pero igual necesitó algunos descansos. Yo iba harto perturbado por las molestias de un par de hernias inguinales que poco antes habían empezado a molestar después de reducir voluntariamente 10 kilos de peso. En cuanto llegue me hago operar... 
 
Egon descansando con su caballo Barbarito en la quebrada de Apanza.
 
Hubo un detalle espectacular: Eduardo Bascuñán, un antropólogo dedicado a las excursiones de treking exigientes con turistas extranjeros, nos despidió en los Altos de Carza y luego viajó en su vehículo a Ofragía, en el valle de Codpa, desde donde inició una caminata solitaria de horas para reunírsenos antes de la casi oculta bajada a Tierras Blancas. Tras varias horas de cabalgata, cuando desde una pampa pedregosa cambiamos el rumbo para dirigirnos al estrecho inicio del descenso, vimos a su esbelta figura recortada contra el cielo azul en lo alto de una quebradilla a 1.830msnm. El encuentro en esa soledad agreste, a varias horas de cualquier posibilidad de contacto con otro humano, fue espectacular. Lástima que no es codpeño sino sólo un ariqueño más que aprecia a Codpa expresando, con bajo perfil tal como nosotros lo hacemos, su respeto al pasado de ésta. Su propio relato de este evento se encuentra en http://sumapacha.blogspot.com/2008_05_01_archive.html
 
Eduardo acompañándonos en nuestro descanso antes de bajar a Tierras Blancas.
 
La descripción de su esforzado periplo (seis a ocho horas de caminata en solitario por senderos inhóspitos) habría sido una interesante nota para el periódico local que decidió ignorar todo el cariño que los no-codpeños le tenemos a ese pueblo y a su pasado. Me asombra que los locales no hacen NADA concreto por preservar las apasionantes aventuras de sus antepasados... 
 
Pues bajamos a Tierras Blancas, 
 
El plácido descenso a Tierras Blancas.
 
donde siempre galopamos aprovechando el terreno plano, sus blancas arenas y el entusiasmo de los caballos que se sobrepone al cansancio de cinco horas de un esforzado subir y bajar por estrechas huellas. 
 
Galopando en Tierras Blancas, antes del porrazo de Paula, quien lidera.
 
Nos esperan aún muy diversos paisajes que omitiré por razones de espacio, 
 
Cabalgando por el talweg de la quebrada de Apanza.
 
llenos de rincones con petroglifos elaborados por los caravaneros prehispánicos 
 
Uno de los tantos paneles de petroglifos en el tramo Apanza-Ofragía.
 
y luego una pedregosa subida más 
 
El último ascenso (moderado) antes de llegar al plano de la Cruz de la Pampa. Precisamente allí tuve un serio incidente con mi yegua el año 2009.
 
y ya llegamos al plano de la Cruz de la Pampa, alegre visión para los caravaneros pues les indica que están muy cerca de su destino. 
 
Cruz de la Pampa, a sólo 1km de donde acamparíamos en Ofragía.
 
Poco después enfrentamos al empinado, serpenteante y pedregoso descenso a Ofragía, 
 
Bajando a Ofragía, donde hay agua y vegetación para los caballares.
 
donde acampamos para estar cerca de Codpa (5km) y al día siguiente llegar allí al mediodía en punto. Hasta allí habíamos cabalgado durante ocho horas más otro par de horas para abrevar, alimentar y conseguir un lugar de reposo a nuestros caballos. 
 
Mis caballos descansando en Ofragía.
 
Ya muertos de frío pues nuestras carpas, sacos de dormir y ropa abrigada tardaron horas en llegar, hicimos una gran fogata y poco antes de la medianoche llegó nuestra fotógrafa, la Dra. Nana Díaz (odontóloga, aventurera, ciclista, buceadora, cineasta y guitarrista) a asar con Paula la carne que  llevábamos y alegrarnos con su chispa la estadía hasta la madrugada. 
 
Nana Díaz, quien nos alcanzó en su vehículo, amenizando nuestro desayuno en Ofragía antes de partir hacia Codpa.
 
También llegaron montados nuestro arriero Jerónimo y nuestro amigo y eximio jinete, el Yoyo Beysán, arriando a una seguna mula y medio enfiestados pero dispuestos a revisar y reparar los herrajes de nuestros sufridos animales. Con ellos llegaron los implementos que necesitábamos para no seguir congelándonos. Por primera y espero que última vez, nos confiamos imprudentemente y no portamos individualmente todo lo necesario para sobrevivir en la sierra sino que por comodidad dejamos que lo transportara el equipo logístico, el cual tuvo un largo, imprevisto e incómodo retraso. Pasaban las horas, el frío se hacía más intenso, nuestros pertrechos no llegaban, era imposible pasar la noche en mangas de camisa y no teníamos ningún plan alternativo salvo consumir hasta el último palito de leña y esperar. Quienes no calzaban nuestras botas troperas mojaron su calzado al acomodar a sus caballos y por horas no tuvieron más alternativa que enterrar a sus pies descalzos cerca de la fogata para evitar la hipotermia. Nunca se termina de aprender ni se deja de respetar la agresividad serrana... 
 
Jerónimo se nos reune a medianoche arriando a la segunda mula.
 
Ya bien vestidos y entretenidos por el entorno, la fogata, los cantos y la estrecha comunión de los jinetes, que establecen lo que podría llamarse una “alma colectiva”, dormimos sólo unas pocas horas y bien temprano Jerónimo se encargó de arreglarle espectacularmente los corcoveos al Jisk’a, el caballo de mi nieto que montaba mi hija. Incómodos ante la tropa de animales desconocidos y/o agresivos, mi yegua Sumalla y el Jisk’a nos habían corcoveado y agredido de lo lindo por un par de horas el día anterior. En Tierras Blancas y tras cinco corcoveos iterativos, el Jisk’a logró desmontar a mi hija, sin secuelas pese a un feo golpe de la cabeza, gracias al casco que la protegía. 
 
Eso nos lleva a un tema de seguridad. Hasta los ciclistas usan cascos de seguridad y la equitación es mucho más peligrosa pero la imagen de un jinete fuera del rectángulo del centro equestre se asocia a atractivos sombreros. Yo no permito que mi descendencia deje de usar cascos pero me resisto un poco a dar el ejemplo, creyendo que mis posibilidades de caerme son mucho menores y en cierto modo eso vale para plácidas cabalgatas por espacios benignos. Extrapolar esa situación a cabalgatas más exigientes y en particular a la sierra pedregosa no es racional y por otra parte con frecuencia se me involucra en gestiones turísticas, con jinetes de capacidades desconocidas y que no conocen al caballo que montarán. Entonces, esta vez decidí renunciar al glamour del jinete aventurero y aunque me viera ridículo, portar un casco. Pero además de la seguridad está el sol y el calor de nuestros largos viajes. Entonces decidí probar una combinación de un gorro con una larga visera y un faldón para tapar la nuca, con un casco bien ventilado. Pese a mi extraño y poco atractivo aspecto, el conjunto fue fresco y eficiente y ya no dejaré de recomendarlo como indispensable para los turistas. 
 
Casco de seguridad y gorro tipo “legionario”. Poco estético pero prudente, o mejor dicho, indispensable. Nótese otros aperos: Carlos y yo calzamos botas troperas militares, excelentes para montar y caminar por horas si es necesario. Yo llevo un chaleco de pescador con decenas de bolsillos para llevar cámara fotográfica, GPS, brújula y una infinidad de ítems para primeros auxilios de jinetes y caballares.
 
Precisamente en esta cabalgata mi hija Paula sufrió la estrepitosa caída descrita y al examinar su casco descubrimos un impacto de cierta magnitud en la región temporal, que podría haberle causado lesiones si no hubiera estado protegida. Debo confesar que al inicio de esta cabalgata, cuando mi yegua y el caballo de Paula estaban muy exitados y nos regalaron docenas de corcoveos y paradas de manos por un par de horas en senderos pedregosos y/o salpicados de piedras grandes, me sentí muy contento por haber sacrificado mi “pinta” en aras de la seguridad. 
 
Al fin llegamos 12 jinetes y 14 caballares a Codpa y al inesperado recibimiento pese a todos los augurios negativos. 
 
Cuatro de los jinetes en la ceremonia de inauguración de la fiesta.
 
Paula y Egon esperando que saliéramos del escenario de la ceremonia.
 
Tras el almuerzo oficial dormimos una merecida siesta en nuestro campamento aguas arriba de Codpa. 
 
Parte de la tropa descansa mientras otros participan en las actividades oficiales y Nana Díaz explora el lugar en bicicleta.
 
Continuar a la Décima Cabalgata, año 2009. Para comprenderla mejor, primero debe leer esta página.