Cabalgata a Codpa del 2006 
 
Esta página describe nuestra sexta cabalgata a Codpa vía Carza para participar en la Fiesta de la Vendimia y la séptima a Codpa, pues una la hicimos sólo para conocer mejor el terreno. Las anteriores ya se relataron y se aportaron más detalles para comprender porqué lo hacemos. Pero estando este e-book dedicado a los amantes de los caballos, agregué una nueva versión de nuestro deambular a caballo por la sierra ariqueña. Todas las cabalgatas desde Carza las terminamos en la parte transitable del valle de Codpa, ya sea en ésta, Ofragía o en la vecina quebrada de Apanza, en Planchones. Pero el 2005 recorrimos la larga ruta que parte de Calaunza y, por razones de tiempo, no pudimos pernoctar en Pintatani, que no hemos visitado, ni en Cachicoca, muy cerca de Ofragía pero ambas separadas por una angostura infranqueable del valle. Esta vez pernoctaríamos en los Altos de Carza, luego en Cachicoca, Planchones y finalmente Codpa. Sólo nos va quedando Pintatani, entre Calaunza y Cachicoca. 
 
Después de haber atravesado el desierto a caballo la primera vez (una larga saga sin muchos atractivos, año 2000) decidimos transportar a los caballos en un camión hasta los altos de Carza en la Pampa del Atajo donde antaño los codpeños podían tener acceso a un vehículo motorizado para llegar a Arica o hasta donde éste llegaba desde Arica y luego los codpeños debían cabalgar 5-7 horas para llegar a Ofragía o a Codpa. Allí, en los Altos de Carza, comienza la real aventura: atravesar la inóspita sierra. Nuestros periplos toman más tiempo pues en cada uno de los viajes nos desviamos para conocer lugares que están fuera de la ruta directa pero que no habíamos visitado. En esta oportunidad queríamos conocer Cachicoca, a sólo 5,5km a vuelo de pájaro de Ofragía (que comunica cómodamente con Codpa), pero separados por una angostura del valle que obliga a volver a ascender hasta la pampa, lo que ocupa unas tres horas de cabalgata. No sabíamos cómo descender a Cachicoca, pero “en el camino se arregla la carga”. 
 
Cabalgata a Codpa 2006. El trayecto está marcado por una línea roja; las amarillas corresponden a otras versiones de la cabalgata. Pernoctamos el miércoles donde está el círculo amarillo, el jueves en Cachicoca (círculo rojo), el viernes el Planchones (círculo verde, en la quebrada de Apanza) y el sábado cerca de Codpa (círculo azul). Doce a trece horas de cabalgata para recorrer menos de 50km...
 
Acampamos el miércoles en la pampa de los Altos de Carza, para estar en condiciones para montar de madrugada. Pero, Ley de Murphy mediante, mi yegua Sumalla, por meses dulce y obediente, se asustó y se enojó durante el traslado en camión hasta la pampa y en consecuencia nos dió problemas al principio. Para empezar, la primera noche, cuando le llevé algo de pasto se aterró por nuestra brusca aparicón con linternas, cortó amarras y huyó despavorida. En ese momento ella aprendió que le era fácil huir cuando quisiera. Si hubiera podido retenerla la primera vez, nada de lo siguiente habría ocurrido. A la mañana siguiente pude ensillarla con cierta dificultad, pero al menor descuido protagonizó una espectacular huida con todo el equipo a bordo, segunda confirmación de que podía hacer lo que quisiera. Recapturada, me dije: “en cuanto consiga montarla la controlo” y cometí el error de no pedir ayuda; debí entender que volvería a huir y que seguiría haciéndolo si no lográbamos impedirlo de una vez y con energía. Dicho y hecho: estando todos montados, en cuanto me paro sobre el estribo se lanzó en una carrera tan loca que preferí dejarme caer antes de terminar de sentarme sobre la silla. Con la ayuda del arriero, paciencia y reacomodando el equipo, al fin pude montarla y adiós problemas por el resto de la cabalgata. 
 
Mea culpa. Cuando un caballo consigue desligarse de su jinete, repetirá invariablemente el intento y en eso mi yegua es una destacada especialista. El secreto está en impedírselo la primera vez, o no permitirle una segunda oportunidad. En fin, todo esto demoró un par de horas el incicio de la cabalgata y luego, de vuelta a Arica, requirió una docena de sesiones con gestiones largas de describir, porque, con la silla australiana que portaba cuando aprendió la maña, insistía en arrancar locamente cada vez que yo tenía el pie izquierdo en el estribo y la pierna derecha en el aire. Yo abortaba el intento bajando a tierra firme y luego controlándola con el “mecate”, hasta que me decidí a ser más activo. En el (por ahora) útimo evento, intenté completar la monta durante su huida, y terminé montado sobre sus ancas, atrás de la silla y galopando sin control. En esa posición pude desacelerarla un poco, saltar hacia la silla, calzar ambos estribos y transformar su fuga en una serie de giros estrechos. No dispuesto a revivir esas acrobáticas experiencias, volví a lo básico: volví a la silla tropera que conoce mejor y la monté desde un fardo de heno para aliviarle el mayor peso que se genera cuando se le monta desde el suelo y se resolvió el problema, pero ya nunca olvidará que puede librarse de mi peso huyendo cuando le parezca, por lo que nuestra interacción agregó un problema más: Si no está cansada debo montarla con mucha cautela y suavidad. 
 
Me extendí en este tema porque quiero enfatizar que una torpeza casi insignificante puede generar mañas que cuesta mucho eliminar y eso no se consigue con castigos corporales, sino con la adopción de tácticas que parecen lógicas si se piensa como caballo. Es cierto que mi regalona destaca por su difícil genio (pero la adoro porque cuando interactuamos en armonía es el mejor caballo que he conocido, o tal vez el caballo que mejor he conocido a través de la interminable tarea de quitarle las mañas que la hacían no-montable cuando la compré), pero aunque ella lo exagera todo, sirve para demostrar la intrínseca e imborrable etología equina. Nunca olvide que todo puede suceder y que los caballos difícilmente olvidan lo que hicieron para librarse del jinete... 
 
La tropa estaba compuesta por veteranos en las rutas serranas: Carlos el líder; Jerónimo de Putre, el último de los auténticos arrieros; Yoyo el agricultor y eximio jinete natural; el adolescente Egon quien es “hijo” de nuestro grupo en términos ecuestres; su padre Cristian, experto en crianza industrial de pollos; Brunetto, el abogado de Iquique y Suma Jo, traductora multilingüe de Santiago (Joanna García; “suma” es “linda” en aymara); más nuestra valiente principiante, Carmen Fernández, a quien preparamos hasta donde pudimos durante un par de meses. Ella sería la joyita que todos cuidaríamos más allá de nuestra propia seguridad y terminó el viaje habiéndose ganado nuestro respeto y aprecio. Los caballares eran mi asustadiza y regalona “Sumalla” que suele aportarle un fuerte dosis de emoción a mi vida; el chiquito y animoso “Jisk’a” de mi nieto; la confiable “Chiquitita” de Carlos; el viejo mañoso pero corajudo y entusiasta que es el “Chinchorro”; el cuasi-elefante “Quinterano”, de buen genio pero porfiado como una mula cuando se le ocurre; el indescifrable “Barbarito” de Egon; la tranquila “Chola” de Cristian; la formidable “4x4” del Yoyo y la vieja “Tayka” que abusa de las damas, más un “macho” y dos mulas para la carga. Todos tenían ya amplia experiencia en la sierra. 
 
Carmen, nuestra Principiante Invitada, parece un punto montando al “Mutante” (el Quinterano, un caballo que quiso ser elefante). La sigue Cristian con su “Chola”.
 
Bajar a la quebrada de Carza es difícil pero, aunque no peligroso, debe haber asustado mucho a Carmen, sobre todo después de haber presenciado el impresionante show de mi yegua. Ella montaba al Chinchorro, al que creíamos enamorado de ella durante los meses de instrucción previa por los senderos de valle de Azapa pero quien, en terreno abierto, se pone tan brioso que hay que tener fuertes brazos y mucha maña para controlarlo. Tras una hora de conflictos, Cristian le cedió gentilmente a la Chola pero él llegó a Cachicoca agotado por el esfuerzo de tratar de cansarlo, sin conseguirlo. Dilema: ¿cómo continuaría Carmen el viaje al día siguiente?. Solución: Bruneto le cedió el inmenso y confiable Quinterano y el pobre y chico Chinchorro tuvo que enfrentar una realidad muy diferente con los casi 100kg de su nuevo jinete más la pesada montura tropera y nunca más se atrevió a chistar. 
 
Tras llegar al talweg (piso) de la quebrada de Carza transcurren horas subiendo y bajando una y otra vez por la ruta descrita en “a Codpa vía Carza”, pero al llegar a Tierras Blancas, el GPS nos indicó alejarnos de ellas para empalmar con la huella que desciende a Cachicoca. 
 
Un descanso en la “Pampa del Teléfono”, tras el esforzado ascenso de la pared meridional de la quebrada de Carza. Allí los teléfonos celulares funcionan y en alguna parte debe estar la unidad que perdí el año 2000.
 
Sumalla, mi yegua regalona, engreída e impredecible, parcialmente liberada de su carga. Las trenzas son el producto de toda una tarde de trabajo de mi hija Paula, quien la adora.
 
El descenso a Cachicoca, de unos 40cm de ancho, era atroz: la huella labrada en la pared de unos 180m de precipicio, zigzaguea interminablemente en un trayecto que nos debe haber ocupado casi media hora. A poco andar, Tayka, la yegua que montaba Suma Jo, se desorienta, enfrenta al precipicio y se para de manos. Suma Jo respondió instantáneamente al “¡desmonta de inmediato!” y ganó muchos puntos en nuestro aprecio. 
 
El descenso a Cachicoca. La marca roja señala el lugar donde Suma Jo tuvo su incidente.
 
 
Cuenta Suma Jo que al iniciar el descenso Jerónimo se le acercó y  le preguntó: “¿está preparada para desmontar de improviso como lo hizo Valeria el año pasado?”. Ella respondió “bueno, ¡a ese nivel no!, pero si hay que hacerlo, lo hago”. ¡Vaya si lo hizo bien cuando tuvo que hacerlo!. Es que no invitamos a cualquier aprendiz a nuestras cabalgatas y Suma Jo es un 7 (nota máxima) en decisión, entusiasmo y deseos de aprender. Y Jerónimo otro 7 por toda su gestión y preocupación por la integridad de la tropa... 
 
Carmen, con su amistosa cara ahora muy seria, siguió montada, pero con el caballo guiado por Jerónimo. Ni un segundo disponible para tomar fotos: conservar el pellejo era prioritario... 
 
La valiente Suma Jo, ya en Cachicoca, tal vez pensando qué error cometió con la Tayka.
 
Cuando ya creíamos llegar al talweg del valle, debimos bordear una profunda garganta siguiendo una huella aún más estrecha y de superficie oblicua por los deslizamientos del terreno. Por suerte el suelo en ese tramo era blando, con pocas posibilidades de que el caballo resbalara, pero desde la montura se veía tétrico y no quisiera volver a pasar por allí. No sé cómo se las arregló el Barbarito de Egon para girar 180 grados, negándose a pasar por donde una roca que sobresalía generaba un corto tramo a simple vista imposible, ni sé cómo Egon se las arregló para que retomara el rumbo debido, pero el evento nos abrumó por algunos segundos y luego nos llenó de orgullo, a su padre Cristian y a todo el resto, por la gestión de nuestro muchacho-jinete. Carmen, nuestra novicia, contaba con la máxima protección: Jerónimo, a pie, conducía a su caballo y eso es infalible. Suma Jo ya sabía bien cómo enfrentar el obstáculo y el resto ya había superado antes peores situaciones. Pero el suceso nos dejó una lección: en el futuro, ante tramos difíciles, haremos desmontar a los jinetes de menor experiencia no beneficiados por la gestión de Jerónimo. Esta es ciertamente más segura que la conducción a pié de un caballo, pero sólo hay un Jerónimo... 
 
Sin otros incidentes que el aterrizaje de Carlos cuya montura se había deslizado al cuello de su yegua, llegamos exaltados al paraíso: Cachicoca. 
 
En esencia, Cacicoca no es más que un segmento del valle de Codpa, pero aislada de éste por una angostura infranqueable del valle. Hacia el occidente, otra angostura la aisla de Pintatani, Bodega del Medio y Calaunza. Desde el norte o el occidente sólo se puede llegar al lugar descendiendo la terrible huella ya descrita, pero hacia el oriente hay una huella más benigna que asciende a la pampa hasta cerca de Ofragía. Esa es la que utilizaron los codpeños para trasladar el vino pintatani que produjo Cachicoca el 2006. Antaño, varias familias ocupaban el lugar y explotaban las hoy descuidadas viñas, pero hoy sólo vive allí un anciano, don Oscar. 
 
El valle no alcanza a tener 150m de ancho y el terreno cultivable, lleno de terrazas y canchones, está ocupado por vides, membrillos, pacayes, naranjos y otros árboles frutales, a la vez que el río está bordeado por cañaverales. Ese jueves cabalgamos 5 horas para llegar allí y luego esperamos la caída de la noche explorando, dormitando o conversando para luego regalarnos un asado y merecidos bajativos bajo un cielo siempre descubierto, con todas las estrellas del mundo pues no hay luz artificial que las opaque. 
 
Con Suma Jo, quien se interesa por el pasado, visitamos una bodega en ruinas con grandes tinajas de greda medio enterradas, elaboradas en 1862 para guardar el vino. En la bodega está el puntal donde se recibe el jugo de la uva pisada al otro lado de la muralla, en el lagar. Luego ascendimos la colina adyacente y encontramos restos de habitaciones prehispánicas, con sus “bodegas domésticas” o colcas subterráneas, que son un hoyo de cierta profundidad con paredes estabilizadas por piedras, donde se guardaban los alimentos. De cuando en cuando, petroglifos representando a auquénidos y humanos. En el extremo oriental del lugar, cerca de la angostura y sobre una elevación del terreno, hay un asentamiento de mayor tamaño, con recintos habitacionales circulares que fueron ocupados por aymaras carangas incanizados durante el Período Tardío (incaico). Se cree que allí se cultivaba coca. Cachicoca en aymara significa algo así como “preparar la tierra para cultivar coca”. 
 
Lo que queda de la bodega de vino de Cachicoca.
 
Algunas de las tinajas de 1862.
 
La noche siempre cae de improviso en la sierra, señal para que los centauros festejen como humanos, en total armonía.
 
La mañana del viernes fue perezosa, pues nos esperaba sólo el ascenso por la huella oriental, que don Oscar describió como fácil, y luego una huella por la pampa y algo de sierra que ya habíamos recorrido varias veces antes, para llegar a Planchones en la Quebrada de Apanza, donde casi siempre acampamos la noche previa al inicio de la Fiesta de la Vendimia. Eso demoró sólo cuatro horas. 
 
Un lindo amanecer. Ella es Carmen, nuestra novicia. Desde que sale el sol, empieza a quemar..
 
Jerónimo, Egon y Carlos haciendo hora en Cachicoca.
 
Asentamiento  prehispánico principal de Cachicoca.
 
Casi al terminar el ascenso desde Cachicoca a la pampa, dos mulas se detienen para contemplar un panel de petroglifos, obra de los caravaneros prehispánicos.  A poco andar, cuando ya se llega a la pampa, aparece una apacheta. Estas, montículos de piedras donde los caravaneros depositaban ofrendas a la Pachamama y a los Mallkus o entidades no humanas que tutelan espacios geográficos definidos, suelen ubicarse precisamente en abras o puntos donde cambia la geología del terreno. Cualquier ofrenda de valor para el caravanero es válida: el bolo de coca que guardaba en su boca, una prenda de vestir, las ojotas gastadas, una piedra más y hasta una pestaña. Para que no desmontaran a recoger piedras, propuse que depositáramos un mechón de nuestra cabellera y al parecer fue bien recibido, pues completamos el viaje sin incidentes.
 
En Planchones hay una huella vehicular que llega hasta donde acampamos. 
 
Llegando a Planchones, con Carmen y Egon, montando a la Sumalla, al Quinterano y al Barbarito.
 
Allí nos esperaba nuestro apoyo logístico con mote con huesillos servido en bandeja, uvas, melones, plátanos y otros manjares, mientras nuestros caballos no tuvieron agua para beber hasta el día siguiente y debieron conformarse con la pobre vegetación seca del lugar hasta que tarde, muy tarde, la Municipalidad de Camarones nos llevó los fardos de pasto prometidos, pero olvidó el agua para los animales. 
 
Aunque preocupados por nuestros caballos, no dejamos de disfrutar de la comodidad que nos aportó nuestro equipo logístico.
 
Pena por los animales. Ese viernes nos dormimos temprano, habiéndose agotado nuestra modesta ración de whisky. A medianoche nos despertó la inquietud de una de las yeguas y la encontramos acostada sobre el dorso, en muy mal estado. Dándole a beber toda nuestra provisión de agua, unos 25 litros, se recuperó milagrosamente de su “cólico”. Ojalá la hubiera visto el funcionario municipal que olvidó el agua: pena, rabia e impotencia eran los sentimientos que nos dominaron hasta que no vimos a la linda yegua bien recuperada. 
 
El sábado debíamos estar al mediodía en Codpa para la Ceremonia Inaugural. Sin prisa, cabalgamos por el camino vehicular hasta Ofragía, donde los caballos pudieron al fin beber agua por primera vez en 24 horas 
 
Ofragía, un paraíso para jinetes y caballares.
 
y luego hasta Codpa, todo lo cual que nos ocupó unas tres horas. Allí saludamos a la Iglesia, luego entramos todos montados al escenario para entregar una donación de 100kg de arroz portados por las mulas (a cambio de tres botellas de Pintatani) y recibir el cariño y hasta las lágrimas del público, de aquellos que recuerdan cuando eran llevados a Arica en angarillas, o a sus padres que se perdían por meses siguiendo los trayectos que intentamos resuscitar. 
 
El resto del día lo dedicamos a compartir las festividades. 
 
Jerónimo y el Yoyo” joteando lolas” en el pueblo montados en el Jisk’a y la 4x4.
 
Primera degustación de Pintatani. Antes de beber nosotros, derramanos un poco sobre la tierra (”challtamos”), para que la Pachamama beba primero.
 
Al anochecer, paseaba por una de las calles con Carmen y Egon y nos asomamos a mirar una comilona de unos 30 comensales en la terraza de una casa. De pronto, sin darnos cuenta, un par de ex-funcionarias del Hospital Juan Noé de Arica de cuando yo era Jefe de Cirugía, nos instalaron en la gran mesa con un inmenso plato de exquisito picante de guatitas, bien picante, y un vaso de fuerte chicha y todos, incluyendo al dueño de casa que yo no conocía, nos trataron como parte de la familia. 
 
Así es Codpa, un remanente de nuestro pasado que no se rinde, un lugar donde el aymara y el caucásico conviven en armonía, un pueblo de gente sencilla y generosa, un depósito de tradiciones andinas que no queremos ver desaparecer. Tenemos los animales, la preparación y los equipos para recorrer cualquier ruta caravanera que se nos ponga por delante, pero por lo dicho, nuestra principal actividad ecuestre es la Cabalgata Anual a Codpa para la Fiesta de Vendimia. 
 
Llegará el día en que ni Carlos ni yo estemos en este mundo. Nuestras cenizas se guardarán en la ruta, en ánforas que ya nos ofrecieron en Codpa. Ese día, Egon Riquelme, el más joven componente de la tropa (14 años), deberá asumir el liderazgo y asegurarse de que la tradición caravanera no desaparezca y tal vez alegrarnos con el hermoso regalo de conducir a nuestra familia hacia nuestro reposo y challtar un poco de pintatani cada vez que pase por allí. Por ahora, mi cordial invitación a unirse a nosotros. ¡Vamos a Codpa, cuidémosla y conservérmosla!.