Algunas Conductas Conflictivas 
 
Esta página puede asustarlo mucho, pero lo habitual es que los caballos entrenados se porten bien. Lo que pretendo es explicarle lo que puede esperar de un mal comportamiento y afirmar categóricamente que ningún caballo es 100% confiable. A la vez, quisiera destruir el mito del “caballo manso”. Al escribir este e-book, con frecuencia me pregunto: ¿y dónde están los caballos “mansos” que montaba de chico?. Pues nunca existieron, sino que tuve suerte y en el campo sólo cabalgaba por trayectos muy bien conocidos por los animales y éstos estaban acostumbrados a obedecer a cualquiera pues eran montados pacíficamente por cualquiera, sin exigencias y todos los días y durante todo el día. Eso es “andar a caballo”. “Practicar equitación” es otra cosa, por terrenos o con maniobras exigientes, emocionante por los bríos de un buen caballo y/o las exigencias de la ruta y la adrenalina que todo eso hace que libere el caballo durante la gestión. La “equitación” suele utilizar a un caballo que vive encerrado en un estrecho corral (centros ecuestres) o que, aún en el campo, no se le monta a veces por semanas o meses. La equitación requiere a un “jinete”, no a un “pasajero”. 
 
Las principales conductas “malignas” son consecuencia de un entrenamiento defectuoso o abusivo en cuanto a las señales de partida o detención. Otras son producto del temor o rebeldía ante el jinete y del miedo a lo que lo rodea. La visión de caballo es más borrosa que la de Ud. y, si algo tiene grabado en su sistema operativo, es que es fácil presa para un depredador a menos que huya a tiempo. Piense un poco y verá que, aparte de las patadas y mordiscos, estos animales no tienen garras, colmillos, cuernos ni ninguna otra arma agresiva. Por último, pero tal vez lo más frecuente, la causas de las conductas inapropiadas dependen del trato abusivo y de las señales conflictivas que transmite el jinete. 
 
Un  jinete que ama y entiende a su caballo (y lo cuida y acaricia) y un caballo que confía en el jinete, son las mejores garantías para conseguir que el animal se comporte bien. Mi nieto lo tiene muy claro...
 
Las malas conductas deben terminar con una transición opuesta al aire (paso, trote o galope) que la provocó, PERO inmediatamente seguidas por “consecuencias” (trabajo adicional con iterativos giros cortos hacia uno y otro lado) y la iterativa reiteración del estímulo hasta que el caballo responda adecuadamente. Ya entonces puede premiarlo con la voz y caricias. Transición implica cambio de aire: si corcovea o alega con una patada al iniciar la marcha, que se detenga; si estaba trotando, que camine; si estaba galopando, que trote, pero siempre “castigado” (círculos estrechos para uno y otro lado). Si se para de manos, que camine, aunque sea en círculo y luego se  le aplican las “consecuencias” descritas. 
 
Si el caballo corcovea o se para de manos y Ud., asustado, simplemente lo detiene, le está premiando la mala conducta y no tardará en darse cuenta que así ya no tiene que seguir esforzándose y aprendará a repetir la mala conducta. Por eso debe hacerlo trabajar más aún, inmediatamente y para eso los círculos estrechos son insuperables pues son incómodos para el animal y si Ud. no permite “que le gane” (que su resistencia a la maniobra supere la capacidad de Ud. para mantenerla), aprenderá que pierde si se porta mal. Mientras gira, por muy enojado que esté, le resulta muy difícil corcovear, dar botes o pararse de manos. Teóricamente, un caballo muy “malo” podría ponerse a girar a gran velocidad: simplemente hágalo girar entonces en el sentido opuesto, para lo cual debe saber bien cómo manejar las riendas y las piernas. Claro que es difícil para un novato que no se siente seguro y está asustado, pero no hay mejor alternativa. En el peor de los casos puede recurrir al “freno de emergencia” que se describe más abajo, si es que Ud. y el caballo conocen la maniobra. Por eso me asombra que ésta no se enseñe al iniciar la instrucción de un jinete y a todos los caballos. 
 
Si el caballo lo bota, no deje de montarlo de inmediato o pida que lo haga el líder, para que no se quede con la idea de que se libera de los estímulos cuando bota al jinete. Simplemente, que el caballo no crea que puede salirse con la suya, aunque Ud. no consiga llevarlo directamente a donde quiere ir. Hacerlo trabajar en círculos u ordenarle alejarse de lo que lo asustó puede no ser lo que Ud. quería hacer, pero el animal no lo sabe, obedece con mayor facilidad y en definitiva Ud. sigue al mando. ¡Nunca renuncie al mando!, aunque tenga que renunciar una y otra vez a pasar por donde el animal se puso difícil. Con tiempo, paciencia y repeticiones del intento inicial, el caballo comprenderá que, o hace lo que se le pide, o sigue trabajando. 
 
No renunciar al mando es vital. Más aún, si el caballo se comporta mal, porque ellos también tienen momentos malos, oblíguelo a que lo obedezca en gestiones inútiles para el trayecto. Ejemplo: cabalga por una ruta campestre y el animal le porfía iterativamente. En vez de calmarlo, agrédalo obligándolo a hacer cosas inútiles como salirse del camino, hacerlo remontar al trote o galope una pequeña loma u obligarlo a desprenderse de la tropa galopando un corto tramo en ángulo recto con el trayecto de ésta. Si Ud. tiene la capacidad de controlar y/o soportar sin riesgos cierta resistencia de parte del caballo, pronto él aprenderá que es Ud. quien está al mando y que no teme sus alegatos. Al final, gana el más fuerte: el caballo tiene más fuerza, pero Ud. es más inteligente y sabe obligarlo a que le obedezca. Ahora bien, si no está preparado para eso, no tiene más alternativa que pedirle al líder que le dé una lección de obediencia al caballo. Esto podría tranquilizarlo, pero es casi seguro que volverá a molestar porque se dio cuenta que Ud. no tiene capacidad de mando. 
 
Las órdenes del jinete deben ser progresivas, siempre las mismas en la misma secuencia y no una anárquica combinación de estímulos. Si las respuestas del caballo no son suficientes, se intensifica el estímulo y sólo si es necesario se agregan otros en forma sucesiva. Galopando a la yegua que estoy pretendiendo entrenar a mi gusto, espero que se detenga ante la orden verbal ¡Hooo! (no uso el ¡Alto! porque es una orden muy común y si otro jinete le da esa orden a su caballo, el mío puede responder a ella cuando menos lo espero). Le doy la orden y si no responde, dos segundos después lo detengo con las riendas y preferentemente otras maniobras que son más sutiles y que no vale la pena que intente si es novato, pero que consisten en “dejar de montar”, es decir, dejar de seguir con el cuerpo los movimientos del caballo y sentarse rígido sobre la silla. Como no obedeció bien, en cuanto se detenga la hago dar unos pocos giros cortos para que aprenda que si no responde se le pedirá un esfuerzo adicional. Pero si se detiene, inmediatamente le suelto las riendas para recompensarla y ya puedo rascarle la cruz para tranquilizarla. Si el animal quiere partir por su cuenta, lo vuelvo a detener sin brusquedad y así una y otra vez hasta que se decida a quedarse detenido. 
 
Pero los caballos necesitan algunos segundos para procesar las órdenes verbales. Antes del ¡Hoo! conviene avisarle que éste vendrá como una orden perentoria y se le castigará con esfuersos adicionales si no responde. Entonces, antedecedo el ¡Hoo! con un “stop”. A la larga aprende que después de éste viene el ¡Hoo! y que si no lo obedece recibirá tirones de riendas y un castigo con giros cortos. A la larga, lo aprenden si Ud. repite siempre la secuencia y es intransigiente. ¡Hoo! significa “detente de inmediato y totalmente”, no sólo disminuye la velocidad y Ud. debe asegurarse de que así sea. 
 
Deteniendo un galope con órdenes verbales. Atrás, Valeria sigue galopando. Nótese que mi yegua Sumalla no lleva embocadura y que las riendas están sueltas. ¿Qué me costó conseguir que la antes difícil yegua aprendiera a comportarse?: Mucho cariño, criterio, órdenes iterativas y ningún correctivo doloroso.
 
Detener a un caballo 
 
Si Ud. es un jinete ocasional no ha de tratar de entrenar al caballo y tal vez nunca volverá a montarlo. La más simple receta para detener a un caballo en esas condiciones es “dejar de montar” (no continuar armonizando los movimientos del caballo con los de su pelvis) y ejercer tracciones iterativas, rápidas (más o menos una vez por segundo) pero no bruscas a una de las riendas, mientras mantiene la tracción de la otra o la incrementa levemente, regulándola para que el caballo no gire el cuello. En cuanto se detiene, libérelo inmediatamente de la tensión de las riendas para que el caballo reciba su premio por su buen comportamiento, pero vuelva a aplicarlas sin brusquedad (sin castigo) si intenta volver a partir sin que Ud. se lo haya indicado. Tras pocos intentos, el caballo comprenderá que su jinete sabe controlarlo y no lo olvidará por el resto de la cabalgata. Es la repetición intransigente de los estímulos lo que le indica a un caballo que su conducta no es la esperada y que debe respetar al jinete. 
 
En general, el tirón simétrico y prolongado de ambas riendas no es recomendable y peor aún si es brusco y desproporcionado. Es cierto que resulta en una parada espectacular cuando el caballo está galopando, pero debe estar entrenado para no levantar el hocico y el jinete debe saber lo que le espera: me encanta hacerlo, pero sólo si conozco al animal. 
 
Conseguir que el caballo no levante el hocico: esa es la clave para que el animal no se salga con la suya cuando se excita. Hay que enfatizar que si de pronto el caballo levanta la cabeza es muy posible que algo lo haya asustado, especialmente si tiene las orejas fuertemente inclinadas hacia adelante. El susto puede provenir de cualquier cosa que él esté viendo y que tal vez el jinete ni se la imagine como algo peligroso. 
 
En esas condiciones, el caballo puede entrar en pánico y huir desenfrenadamente. El primer paso para evitarlo es hablarle para desviar su atención hacia Ud. Puede resultar dado a que el caballo no tiene la capacidad de tener dos pensamientos simultáneos en su mente y si Ud. lo distrae, disminuye la atención a lo que él cree que es un peligro. Si eso no resulta, antes de que se lance a un loca carrera, aplíquele el “valium equino” (giros cortos como se describe más abajo) y luego deje que otros animales pasen el obstáculo o “lo obliga autoritariamente” a cambiar el rumbo. De esa manera Ud. conservará el control del animal, pero si lo pierde y él  ya huye aterrado, probablemente poco consiga con tratar de detenerlo tirando de las riendas pues lo mejor que el caballo sabe hacer es huir y las riendas no son un freno sino sólo una orden para frenar, orden que no captará porque toda su atención estará concentrada en salvar su vida y posiblemente hasta ni se acuerde que Ud. lo está montando. 
 
La solución es simple si Ud. tiene bien claro que NUNCA debe dejar que el caballo se salga con la suya y aún cuando Ud. deba hacer ciertas “concesiones” que el caballo no reconocerá como tales. Pues él quiere arrancar (y si lo quiere de verdad, lo hará, aunque sea tirándose a un precipicio): entonces “concédale” el derecho a hacerlo, pero “adminístreselo”. Es decir, que no arranque hacia donde quiere, sino hacia donde Ud. quiere, lo que suele resultar si el caballo está entrenado para lateralizar el cuello por la tracción de una rienda y a ceder las ancas ante la presión del talón o el espuelín más atrás de la cincha y ambas maniobras lo obligan a desviarse de su curso y seguir el trayecto que a Ud. le conviene (que no sea peligroso). Le aseguro que a corto plazo se le olvidará el susto. En otras palabras, en vez de martirizarlo más aún con fuertes tracciones de las riendas y arriesgarse a que lo bote con un corcoveo, estimúlelo a obedecerle cambiando el rumbo (un círculo amplio serviría si hay espacio y si no lo hay, invente la mejor alternativa; el “freno de emergencia” que se describe más abajo es una excelente opción si el animal ha sido entrenado para ceder el cuello). Pueden haber otras alternativas, pero el principio fundamental es NUNCA dejar que el animal se desentienda de Ud. 
 
Esto de “administrar” la fuga con una alternativa peculiar elegida casi por reflejo, me salvó la vida una vez que mi yegua, aterrada, quiso huir hacia adelante y el adelante era un precipicio. Al cambiarle el rumbo siguió huyendo, pero de vuelta al sendero que había abandonado (en la primera página de “Aprenda a Cabalgar” se describe el incidente). En esa oportunidad no traté de detenerla, sino sólo definir su rumbo. Las alternativas son muchas y dependen de las circunstancias, del caballo, de la capacitación y del buen juicio del jinete. Si bien no hay “recetas de cocina” aplicables a todas las circunstancias, en terrenos no críticos basta con la voz y el giro estrecho como maniobras preventivas, el giro amplio (si hay espacio) cuando el caballo ya se desbocó y el “freno de emergencia” como “penúltima” instancia y por encima de todo, comprender el lenguaje corporal del caballo. Nunca nadie ha dicho que cabalgar es fácil, pero si Ud. comprende lo que están procesando las pocas neuronas del animal se puede evitar un porrazo. El “freno de emergencia” puede abortar una huida enfática, pero no es prudente aplicarlo si el animal  aterrado ya galopa tendido, pues ambos pueden caerse. 
 
Insistiré en lo de “administrar” la fuga en vez de simplemente tratar de detenerla. La idea es que piense como el caballo: si la fuga es enfática, algo muy fuerte para él (tal vez insignificante para Ud.) le indica que su vida está en peligro. Nuestra natural reacción como entes pensantes es detenerlo; “no pasa nada, no seas exagerado”. Pero, excepto en sobresaltos de poca monta, el caballo tiene que huir y si Ud. se lo impide y si es que le obedece, sigue aterrado y puede que quiera librarse de Ud., quien le está impidiendo proteger a su vida. En definitiva, “mi jefe está dispuesto a sacrificarme” y el conflicto entre la seguridad que él espera y la autoridad de la cual Ud. está abusando puede resolverse a favor de él y al diablo el respeto que le tengo al jefe. ¿No haría Ud. lo mismo si estuviera en la misma situación?: apuesto a que sí. 
 
Por tontos que sean los caballos, eso es lo que ¿piensan?, aunque Ud. sepa que no hay peligro. ¿Para qué sacrificar el respeto que ya le tiene a su jefe?. Mejor acompáñelo, compréndalo y sea solidario con él: que arranque, pero guiado por su jefe. Así no perderá la fe que le tiene al jefe y a la vez Ud. evitará un conflicto que el animal nunca olvidará. Serán tontos, pero tienen una memoria fabulosa. Entonces lo deja huir, pero Ud. le indica el camino. Ya liberado del peligro y habiendo Ud. definido la ruta hacia la tranquilidad, creerá que fue Ud. el gestor de la maniobra que le salvó la vida y aumentará la confianza en Ud. “Nunca hay que dejar que el caballo se salga con la suya”, lo repito majaderamente, pero es tan fácil engañarlo y hacerlo creer que Ud. es su protector... 
 
Bueno, reconozco que “administrar una huida” requiere de cierta eficiencia del jinete. Si Ud. carece de ella, pues simplemente trate de mantenerse a bordo hasta que el caballo se sienta seguro: tarde o temprano dejará de huir. Por lo menos habrá conseguido que no crea que Ud. le impide tratar de salvar su propia vida. Pero sí trate de no caerse: simplemente déjese llevar, porque si se cae el caballo creerá que basta librarse de quien lo monta para conseguir protegerse y la próxima vez que algo similar ocurra tratará de librarse de Ud. para tener la libertad de buscar la paz por sí mismo. 
 
Cuesta entenderlo porque nosotros tenemos capacidad analítica y el caballo NO LA TIENE. Pero en circunstancias de crisis, el jinete debe actuar como si fuera el líder de la manada o simplemente neutralizarse para evitar resentimientos que, inevitablemente, tarde o temprano resurgirán. 
 
Pero, insisto, “nunca hay que dejar que el caballo se salga con la suya”, a menos que nada le resulte y entonces haga lo imposible por no caerse: afírmese como pueda y déjese llevar pues ha llegado a un punto crítico en el cual sólo interesa que Ud. no se rompa entero por un porrazo a alta velocidad. Cuando el caballo se canse de huir, el líder, dueño o entrenador debe montarlo para restaurarle su obediencia al “jefe”. 
 
Si cree que puede “administrar” la fuga sin caerse o asustarse o agredir al caballo, trate de corregir la equivocación de éste. En cuanto pueda, enfréntelo con criterio, palabras dulces y serena firmeza a lo que lo asustó tanto. Ya confía en Ud., acérquelo al evento dispuesto a “readministrarle” su temor. Hágalo una y otra vez si Ud. es el dueño o el entrenador, paulatinamente y dispuesto a abortar el intento si el animal se resiste con énfasis. Si lo hace, pasen un buen rato juntos donde a él le guste y vuelva a intentarlo. Cada intento bien hecho le disminuirá su temor porque ya sabe que, cuando la situación sea crítica, Ud.”lo salvará”. Esa es tarea del entrenador o dueño, absolutamente proscrita para un presuntuoso ignorante que cree que las cosas se consiguen a la fuerza. Déjeme expresarlo de otra manera: si no fuera atractivo, el título de este e-book debiera ser “Cómo Comunicarse con su Caballo”. 
 
 
En cuanto la montan por primera vez en el día, la Depurada, una yegua de buen genio, reclama levantando la cabeza con el hocico hacia adelante y “prueba” al jinete. En este caso es un gesto de rebeldía. A muy corto plazo, el soldado le indicará que ésa actitud no será tolerada, sin castigos corporales sino que con órdenes respetuosas pero categóricas. Si el jinete no lo hace, la yegua puede comportarse en forma agresiva durante la sesión.
 
Volviendo al ámbito habitual de una cabalgata (sin terror), un animal bien entrenado sabe que la tensión decidida y simétrica de ambas riendas debe hacerlo flexionar el cuello, acercando su nariz al pecho en vez de levantarla por encima de la cruz, pero ese no es el caso de los caballos de campo ni de muchos de los de los centros ecuestres (y en este caso, porque los múltiples jinetes no entrenados terminan deteriorándole la respuesta). Por eso la tensión de las riendas durante la parada no debe ser permanente sino intermitente, con una o ambas riendas dependiendo del caballo y de  las circunstancias. Más adelante me refiero al “freno de emergencia”. 
 
Una hermosa aprendiz y un potro de buen genio y algo flojo. Al detenerlo con una mano muy elevada y un tirón brusco y simétrico, levanta el hocico en una actitud agresiva. En gran medida, la culpa es de la penca, que está inútilmente ocupando unas de las manos de la jinete en vez de dedicarla a la gestión. Si en estas condiciones lo acaricia para tranquilizarlo, lo premiará por ser agresivo.
 
Un aprendiz de escuela clásica y una yegua de buen genio pero a menudo un tanto entusiasta en terreno abierto. Al detener a la Depurada con las manos en la cruz y sin tirones bruscos, ésta mantiene la cabeza en posición casi vertical: señal de serenidad, por lo que se le premia con caricias.
 
Lo habitual de los principiantes es que no reaccionan aportando órdenes apropiadas en el momento apropiado y muy pronto el caballo capta que puede hacer lo que quiere y ya el jinete no puede controlarlo: “hago lo que me dicen pero el caballo no me obedece” y esto se aplica a toda la gestión de los principiantes durante una cabalgata. Anótelo para que no lo olvide: si le permite al caballo hacer lo que quiere, el jinete pierde el respeto del caballo y éste volverá a porfiar una y otra vez, hasta que alguien más eficiente le demuestre con serena energía de que eso está prohibido. 
 
Nadie nace sabiendo cabalgar, pero un buen entrenamiento del jinete termina por hacerlo reaccionar automática y racionalmente para oponerse a una gestión no deseada del caballo. Un ejemplo de una situación poco espectacular pero muy negativa y frecuente: el jinete quiere que el caballo se mantenga detenido, pero éste quiere ir a alguna parte. En cuanto lo percibe y aunque su atención esté distraída por cualquier otro evento, quien tiene los reflejos se lo impide de inmediato, tensando las riendas y tal vez inclinando el dorso hacia adelante (sílaba del lenguaje corporal que, si no se está galopando largo o tendido, significa “detente”, así como inclinar el dorso hacia atrás incita al caballo remolón a mantener el galope cuando quiere reducir el aire a un trote). 
 
El jinete está ocupado mirando lo que sucede a su lado y la yegua intenta marchar. Serenamente y sin pensarlo siquiera, mi nieto recoge las manos para tensar las riendas en dirección a sus muslos para impedirle que levante el hocico, se inclina hacia adelante y mantiene a sus piernas en una posición adecuada y a las rodillas firmemente adosadas a la silla. Un principiante llevaría las riendas tan largas que tendría que inclinar su tronco hacia atrás para tensionarlas (lo haría en dirección a su pecho, permitiendo la rebeldía que es levantar el hocico) y desplazaría los pies hacia adelante. De inmediato el caballo “piensa”: “con éste puedo hacer lo que quiera, hasta botarlo con un corcoveo si me dan las ganas”.
 
 
Hay un detalle en la foto precedente que es muy importante. Mi nieto tiene las piernas en permanente contacto con el caballo, gracias a que la silla es plana (”inglesa o similar”). Ese caballo es de un centro ecuestre (mañosos por definición) y éstos están acostumbrados a que los monten bien y un buen jinete usa a sus piernas para aportarle órdenes (”ayudas” les llaman). Una de las tantas maneras que tiene el caballo para saber quién manda es el permanente trabajo con las piernas y suelen probar al jinete. Si es un caballo difícil hay que hacer un esfuerzo por dominarlo y uno de éstos es hacer que sienta las piernas del jinete (no los tacones). Cualquiera sea el caballo, lo monto sin titubeos y al primer intento, le impido avanzar, me posiciono bien como ya se ha descrito y mantengo mis piernas apretadas en su justa medida. “¡Ah!, éste es de esos jinetes que mandan”, piensa el caballo. No lo dejo avanzar hasta que no se lo ordeno apretando las pantorrillas, luego lo hago ceder el cuello sin avanzar (si se lo han senseñado) y lo hago girar con mayor o menor énfasis según cómo lo sienta, porque él quiere avanzar hacia adelante pero si gira me está obedeciendo. Si mantengo las piernas apretadas más lo ya descrito, el caballo se entrega. Si no reconoce mi autoridad piensa “este tipo no tiene cómo controlarme” y si es mañoso se portará muy mal y hasta tratará de botarlo. No todos los caballos son difíciles, pero mejor es que los trate como tales si no los conoce. 
 
 
Recetas para situaciones difíciles 
 
En orden decreciente de complejidad y peligro, le explicaré los principales conflictos que puede tener con su caballo. En todo caso, raramente llegan a ser peligrosos si sabe detenerlos a tiempo. Millones de personas montan cada día, pocas se caen y poquísimas por culpa del caballo. 
 
El caballo no se deja atrapar 
Antes de montar a un caballo, hay que atraparlo, lo que es muy fácil en una pesebrera. Pero en un corral algunos animales pueden ser muy cordiales cuando se les aporta alimento o golosinas, pero resistirse a ser atrapados si por el atuendo del jinete, su actitud y la cuerda que porta, reconoce que esta vez lo van a montar. Más de una vez hemos estado horas tratando de atrapar a un caballo sin más resultado que hacerlo sentirse el vencedor. Eso es solucionable, si tiene el tiempo y la paciencia. El secreto es “castigarlo” con esfuerzos adicionales cada vez que se niega. 
 
Solución: cuando tenga harto tiempo y paciencia, entre al corral con la cuerda. El caballo lo rehuirá o se esconderás detrás de otro. Lacearlo no es una buena idea pues lo está forzando y la idea es que se deje atrapar porque es lo que más le conviene. Entonces, intente convencerlo. En una actititud poco agresiva (tronco inclinado hacia adelante, manos bajo la cintura, cabeza  gacha) acérquesele hasta donde el caballo empieza a rehuirlo. Retroceda, para que el caballo entienda que no quiere agredirlo. Vuelva a acercarse y si no le resulta, lo “castiga”: con la cuerda (sin chicotearlo) lo hace huir y lo persigue obligándolo a trotar o galopar. Vuelta tras vuelta, se cansará y se detendrá. Vuelva a intententarlo y si aún se rehusa, repita lo del trote y galope. Siga así una y otra vez hasta que, horas después, el caballo comprenderá que si no deja que Ud. lo atrape deberá trabajar hasta el cansancio. Todo el evento puede durar un par de horas pero le aseguro que al final el caballo, ya cansado, comprenderá que le es más cómodo dejarse atrapar. Pues lo atrapa, lo ensilla y no lo monta. La próxima vez, repita la secuencia si es necesario. Tarde o temprano comprenderá que tratar de rehuir su captura lo obliga a un esfuerzo más o menos extremo según la personalidad del caballo y si Ud. persevera una y otra vez. Cuesta hacerlo y ocupa mucho tiempo, pero vale la pena cuando se consigue que el caballo se acerque a Ud aunque vista aperos de monta y porte la cuerda. “Mejor me dejo montar que pasar otra vez por todo eso”, pensará. Pero eso no se consigue con sólo un intento: el dueño-entrenador debe estar dispuesto a otorgarle al caballo todo el tiempo necesario para cansarlo y repetirlo una y otra vez hasta que el caballo entienda bien que no le conviene resistirse. 
 
Cómo conducir un caballo a pie 
Muy importante si cabalga por senderos difíciles. En general es preferible usar una cuerda de un par de metros amarrada a la jáquima, a los aros de la embocadura o al cuello. Amarrarla al cuello es menos eficiente y lo más eficiente es mi “pseudo”-mecate. El animal debe caminar siempre atrás de Ud, a 1-1,5m. para evitar que lo arrolle si se asusta. No debe caminar al lado suyo pues es casi seguro que lo pisará y eso duele. Idealmente debe estar entrenado para detenerse de inmediato cuando Ud. lo hace. Para iniciar la marcha, si lo lleva con la mano izquierda (la cuerda sostenida de tal forma que pueda soltarla sin que se enrede en su cuerpo y que ésta no se arrastre por el suelo para que no se enrede en las manos del caballo), empiece Ud. la marcha con la pierna derecha y viceversa. De esa manera Ud. irá un paso adelante de él y podrá controlarlo mejor. Si el caballo se le empieza a acercar, simplemente levante la mano que lleva la cuerda por encima de su cabeza: eso lo interpreta como una amenaza y suele quedarse atrás. Si no le obedece bien, repita la maniobra pero esta vez vuélvase hacia él y enfréntelo en una actitud agresiva: bien erguido, los hombros hacia atrás y la cabeza levantada desafiantemente. NUNCA lo debe sobrepasar el caballo, por lo que si lo anterior no resulta levante ambos brazos y emita una orden verbal agresiva. Si ya él pasó adelante, Ud. estará en una posición muy precaria y debe revertirla como pueda (no sé cómo, porque no dejo que suceda). Una vez el caballo, por un estrecho sendero al borde de un precipicio, casi nos debarrancó a una amazona que había ganado cientos de carreras en un hipódromo, porque éste la empujó al sobrepasarla (cabalgar por la sierra no es lo mismo que en un picadero o una pista de hipódromo). Todo depende del "jefe" y su capacidad para imponerse ante el caballo. Cuando hemos debido hacer ascensos o descensos difíciles a pie, le paso mi difícil yegua a mi hija porque está entrenada y yo conduzco al dócil pero imprudente Jisk'a: en cuanto se me acerca consigo detenerlo. Algún día tendré tiempo para entrenarlo a que respete el espacio del “jefe". 
 
El caballo parte a donde quiere en cuanto lo están montando y otras precauciones 
Tal vez no sea muy peligroso que el caballo avance mientras lo monta, pero es señal de que el animal cree que puede hacer lo que quiere. En definitiva, es una pésima manera de iniciar su relación con el caballo. Tal vez la mayoría de ellos intenten hacerlo, pero Ud. debe impedírselos. Por precaución, nunca monte si su mano izquierda no tiene bien tomadas las riendas, para poder detenerlo inmediatamente si es necesario, afirmándose además de la tuza (mejor que del pomo de la silla). Luego, si el caballo ha intentado avanzar por su cuenta, deténgalo y no le permita que avance otra vez sino hasta haber conseguido un par de giros estrechos hacia ambos lados, los que, si sabe hacerlos, sirven para demostrarle al caballo que en cuanto lo montan queda bajo las órdenes del jinete. Aunque el caballo no intente avanzar, si sabe hacerlo, haga que ceda el cuello un par de veces por lo menos hacia uno y otro lado (ver “freno de emergencia”). Sólo cuando haya conseguido que se mantenga en su lugar, acarícielo y después de algún rato déle la orden de avanzar, apretando más las pantorrillas. Haga de esto una rutina, aunque el animal se comporte bien cuando lo monta, para que sepa que debe esperar a que Ud. le ordene avanzar. Para conservar el mando durante una cabalgata larga, de cuando en cuando oblíguelo a pasar por donde le es más difícil, en vez de dejarlo seguir eternamente el más simple trayecto del resto de la tropa. En tramos largos y tediosos los caballos pueden “olvidarse” que Ud. los monta y actuar a su albitrio... 
 
Pero, una advertencia, no intente los giros o la cesión lateral del cuello a menos que haya aprendido cómo hacerlo bien. En caso contrario, lo más probable es que no pueda impedir que el caballo levante el hocico y se ponga aún más difícil. Si ha de renunciar a estas maniobras, por lo menos detenga al caballo completamente en cuanto lo monta, pero con las manos bien abajo para que no levante el hocico y preocúpese de no traccionar a las riendas en exceso. 
 
Otra advertencia: nunca monte a un caballo que está asustado o que se resiste a su presencia. Tome todo el tiempo que sea necesario para ganar su confianfianza: apórtele golosinas, espere hasta que le permita acariciarlo, paséelo a pie por lugares que conoce bien, acérquesele progresivamente para susurrarle palabras suaves y acariciarlo, móntelo “por etapas” si es necesario: póngase a su lado y salte repetidamente hasta que no se asuste; luego acuéstese una y otra vez sobre su lomo hasta que lo acepte; luego pise con progresiva intensidad el estribo, hasta que lo acepte. Finalmente, móntelo y ya no hay vuelta a atrás: si el caballo lo rechaza, muéstrele que Ud. manda con los trucos que se proponen en este e-book, pero NO desmonte si puede evitarlo, pues el caballo habrá ganado la contienda y no olvidará que es capaz de librarse de Ud. y en el próximo intento se portará peor aún. Obencia y confianza en el jinete, ese es el concepto mágico que el caballo debe incorporar para bien de la seguridad de quien lo monta y compartir una cabalgata agradable. Bueno, por suerte no todos los caballos son tan difíciles, desconfiados y asustadizos como mi yegua, pero el más manso de los corceles puede transformarse en un demonio su pierde la confianza y se atreve a desobedecer. 
 
Para Principiantes: el Caballo se Acelera Bruscamente
Supongamos a un principiante que sujeta las riendas en una mano de la manera descrita en “Riendas”. Supongamos que el caballo se acelera bruscamente y no basta con traccionar la mano que las sujeta. Entonces, inmediatamente, la mano posterior abandona el excedente de las riendas  y toma a ambas bien adelante de lo que era la mano anterior. Así consigue más espacio para acortarlas sin chocar con su propio tronco. Es muy fácil: 
 
La mano izquierda lleva las riendas y la derecha está levantada para mostrar que sólo sujetaba el excedente de éstas. La mano que lleva las riendas nunca se levanta lejos de la tuza y está siempre por delante de la montura.
Si el caballo se acelerara bruscamente y no pudiera ser controlado con la mano que lleva las riendas, la mano posterior simplemente se adelanta y hace una nueva toma, con más espacio para acortarlas. PERO, el torso del jinete jamás se inclina hacia adelante para evitar caerse si el animal se detiene bruscamente.
 
Para Todos: 
Yo no pretendo parecer valiente, por lo que antes de montar a un caballo desconocido me familiarizo con él y lo exploro, evitando categóricamente movimientos bruscos de mi cuerpo o extremidades, para que no se asuste. Le acaricio el cuello y las ancas, hablándole con dulzura. Luego trato de acariciarle la cara, la fente y hasta las orejas si me lo permite, lo que me deja tranquilo pues los equinos que rehusan que se les toque la cabeza (”head shy” en inglés) son más desconfiados, asustadizos y propensos a corcovear. Así descubro su carácter y pretendo disminuir su aprensión ante este sujeto desconocido que se le aproxima. Si el caballo es conocido, primero lo saludo con la mano poniendo el dorso de ésta en contacto con sus narices para que reconozca mi olor (la memoria de los caballos es fabulosa), o soplándoselas. Si no es conocido y después de acariciarlo un buen rato y antes de montarlo, me interesa mucho averiguar si  lateraliza el cuello ante la tensión de una rienda y si sabe ceder las ancas (girar sobre una mano) con serenidad. Estas son dos gestiones vitales para tranquilizarlo o aplicarle el “freno de emergencia” que luego describiremos y de ellas depende cuánto susto tendré al montarlo (siempre me queda algo de susto). Antes de montarlo pasearemos un rato a la cuerda para que nos conozcamos y veré cuán dispuesto está a girar alrrededor mío, guiándolo con las riendas o una cuerda de adiestramiento. Repetiré las caricias, y las otras maniobras en cuanto esté montado y sólo entonces estaremos listos para cabalgar, en lo posible en el terreno que le es familiar, antes de salir al exterior. En otras palabras, si ha de ser un animal difícil, que me lo demuestre antes de montarlo para estar advertido, o antes de que tenga que enfrentar espacios que no le son familiares. Luego lo camino un rato con suavidad y si lo veo tranquilo le aplico unos giros estrechos sin abusar de las riendas, pero nunca lo lanzo de golpe y porrazo a la cabalgata y menos al galope, pues porrazo es lo que recibiré. Si el caballo no me responde bien antes de montarlo, menos lo hará con mi peso encima de él. En definitiva, no es como subirse a un auto y hacerlo andar: he presenciado más de un incidente a consecuencias de esa actitud. 
 
¿Y si el caballo es díscolo y me porfía?. Pues entonces me pongo mentalmente en la actitud de un domador y me preparo para lo peor: alerta, los pies apenas introducidos en los estribos, las pantorrillas presionándolo sólo para que las note, las riendas bajas y cortas pero sin excesiva tensión y tratando de abortar sus alegatos con categóricos (no agresivos) tirones de las riendas. Si es un caballo recién domado o uno de esos que corcovean para liberarse del jinete cuando uno menos lo espera, le recuerdo permanentemente que yo estoy montándolo. 
 
En el segundo caso, caballo recién domado, lo hago golpeando permanente y suavemente su vientre con mis pantorrillas para que me sienta pues algo puede distraerlo y sentirse libre y de pronto redescubre que tiene un peso encima y se puede asustar. Ya lo he dicho, los caballos no tienen neuronas suficientes para manejar varias situaciones simultáneamente. 
 
En el primer caso, caballo maligno y experimentado, intento que sepa que lo monta un jinete dispuesto a ser enérgico cuando debe serlo. Si me descuido y me relajo, puede creer que es él quien manda y querer deshacerse de mí. No se trata de molestarlo demasiado (y debe evitarlo para que el caballo no se enoje), sino de marcar la intrasigiente presencia del jinete. 
 
Estoy atento a las reacciones del caballo. Si baja la cabeza y se acelera bruscamente puede que quiera corcovear: se la levanto de inmediato con una de las riendas y lo acelero para abortar el corcoveo. Si el “tren delantero” se pone muy liviano puede que quiera pararse de manos: le relajo un poco las riendas y lo acelero. Si se porta en forma insoportable, trato de demostrarle que yo mando sin agredirlo. Si nada resulta, mejor me bajo y dejo que el dueño me lo mueva un rato o aborto definitivamente el intento, lo que es lo peor que uno puede hacer. Hay caballos imposibles para un jinete con mis limitaciones y confieso ser cobarde. He saltado en paracaídas cientos de veces y montado tal vez a un centenar de caballos. Mis primeras experiencias fueron un gran miedo con los primeros y una ignorante confianza con los segundos. 
 
Un par de veces he rozado la muerte con ambos. Con los paracaídas la solución dependía sólo de mi gestión (bien definida desde el primer salto), mientras que con los caballos dependía de convencer al animal para que hiciera lo que podría salvarnos. “Convencer” a un caballo en vez de simplemente ejecutar una acción mecánica con el paracaídas marca una gran diferencia en cuanto a lo que puede ser el resultado. Es por eso que, con la acumulación de experiencias, los paracaídas me parecen hoy mucho más confiables que los caballos... 
 
Pero no se asuste: si cabalga con nosotros y acepta nuestras instrucciones preliminares, es improbable que pase un susto pues le asignaremos un caballo ya probado y entrenado. Pero ¡por favor!, sea honesto con sus limitaciones y acepte nuestros consejos. Distinto es cuando nosotros debemos probarlos por primera vez y/o entrenarlos. 
 
Los caballos necesitan cariño. No es bueno atraparlos, ponerles la montura y galoparlos de inmediato. Mejor déle un gusto primero, para que aprenda que la proximidad del humano puede ser placentera.  Si ha de interactuar con el caballo por algún tiempo, hágale harto cariño antes de ponerlo a trabajar. No se apure; acarícielo hablándole con dulzura y luego cepíllelo (les encanta). No lo monte hasta que no esté feliz y tranquilo por el trato recibido. Además, hay que hacerse amigo del caballo, lo que significa que, si el caballo es suyo, no sólo se acerque a él cuando quiera montarlo: cuantas veces pueda, acérquese a él para hacerle cariño, hablarle con ternura, cepillarlo o aportarle golosinas y luego lo deja hacer lo que quiera. Así su presencia tendrá bemoles de placer y no sólo de trabajo y cuando sí lo haga trabajar el animal lo aceptará con gusto, porque Ud. ya genera en él emociones agradables y la confianza de que no abusa de su buen carácter: aprendió que Ud. es su amigo y jefe a la vez. Así, la próxima vez que se le acerque, no se resistirá creyendo que debe ponerse a trabajar de golpe y porrazo, sino que anticipará las caricias que le gustan y luego serena y gustosamente se prestará a la acción. Eso determina que un caballo sea gentil o agresivo cuando se le monta. No hay animal más dulce que un caballo bien mimado, ni ninguno más peligroso que el que se siente usado, abusado y desprovisto de cariño. 
 
El animal se niega a avanzar 
Puede ser por maña, cansancio, miedo a lo que debe enfrentar o consecuencia de señales conflictivas de parte del jinete, lo que es casi habitual con los principiantes. El jinete está tan tenso que se contrae y tensa mucho a las riendas o tensa la que no debiera o no suelta la opuesta, a la vez que lo espolea y/o castiga con la fusta o la penca. 
 
Típico intento inadecuado para hacer marchar al Caballero, un potro de muy buen genio en general. Sin adecuar la tensión y posición de las riendas, se le taconea y se le estimula con la penca. La postura de la cabeza del Caballero revela su desconcierto: ¿avanzo (talones y penca) o me detengo (riendas)?.
 
Los caballos bien entrenados avanzan al sentir que las piernas del jinete lo presionan, se relajan las riendas (nunca soltándolas hasta tal punto que no pueda acortarlas en fracciones de segundos) y el tronco del jinete se inclina hacia atrás. Si no avanza, se presiona con más fuerza con las pantorrillas y si no resulta se le da dos besos sonoros y si sigue sin reaccionar, se le da golpecitos con la fusta, “mecate” o similar, manteniendo la presión de sus pantorrillas sobre el vientre del animal. El “acelerador” principal del caballo (y no tardará en aprenderlo si lo utiliza siempre) es la compresión de las pantorrillas. ¿Y los taconeos?: pueden resultar, pero mejor no recurra a ellos a menos que todo lo anterior falle, ya que a menudo verá que tampoco resultan. Si ha de usar los talones, presione el flanco con ellos en vez de “picotearlo” con los talones o espuelas, manteniendo la compresión de las piernas y no sin antes revisar si no tiene muy tensas las riendas. Pero no ataque al animal con los talones o espuelas, jamás: es una presión suave y progresiva, o a lo más algunos toquecitos suaves, hasta que se consigue la reacción. 
 
Pero esto sirve para caballos bien entrenados. Los caballos de campo han sido acostumbrados a partir con un taconazo y/o la emisión de besos sonoros. Limítese a un intento, o a una repetición con más  fuerza. Si no responde, revise la tensión de las riendas (deben estar sueltas pero Ud. preparado para tensarlas en cualquier momento) y vuelva a intentarlo, tal vez agregando a la secuencia piernas, dos besos sonoros y tal vez unos ulteriores toquecitos con la fusta. Si no responde aún, no lo castigue a taconazos y pencazos. Ante este evento, generalmente conseguirá que el animal inicie la marcha con los estímulos ya señalados si además lo hace girar hacia un lado. No me gusta hacer partir a los caballos con los talones o espuelas, pues prefiero reservarlos para otras respuestas más complejas, como hacerlo que gire pero, si todo ha fallado, ahora es el momento de hacerlo: 
 
Para que parta hacia un lado, a la derecha por ejemplo, tensione la rienda derecha y apártela un poco del cuello, a la vez que disminuye la tensión de la izquierda pero la carga contra el cuello como empujándolo hacia la derecha y aplica la secuencia descrita (piernas, besos, fusta) y tal vez presiona con el talón o espuelín del lado derecho (talón “interior” en este caso) atrás del la cincha. Eso lo obligará a arquear el cuerpo hacia el lado contrario y si no avanzan las manos, cierta presión intermitente del talón izquierdo (exterior) por adelante de la cincha estimulará el avance de los hombros. Si se sigue negando, aplique los estímulos descritos con mayor intensidad y extienda su brazo izquierdo (exterior, opuesto a la dirección del giro deseado) para que su mano quede al lado de su ojo, lo que para él significa una amenaza de la que querrá alejarse. Pero todo eso ya es muy complejo para un principiante y puede reemplazarlo por un suave taconeo simétrico y la gestión con las riendas. Es mucho más fácil hacer partir girando a un caballo porfiado que de frente. Por alguna razón, los caballos inician más fácilmente la marcha de esta manera, pero no olvide que el manejo de las riendas debe estar diseñado para crear tensiones y/o presiones, nunca tirones bruscos. 
 
Si nada le resulta, pida al líder que resuelva el problema. La mayor parte de las veces lo conseguirá parado al lado del caballo, tomando las correas de un lado de la cabezada y estimulándolo a avanzar. Otras veces deberá montarlo él mismo por un rato. Después, si Ud. no le da órdenes conflictivas al caballo, lo que no es infrecuente que ocurra y debe tener paciencia ante las enfáticas correcciones del líder, el animal repetirá la respuesta que consiguió de éste. 
 
El animal patea, pelea con otro o con Ud. 
En el primer caso, el jinete sólo sentirá una suave elevación de las ancas, pero el caballo que viene atrás de él puede tener una severa reacción adversa. Para evitarlo, trate de mantener una distancia de por lo menos la longitud de un caballo. No todos patean, pero cuide a su compañero de más atrás y adviértale si se le acerca mucho. Si es un caballo que patea habitualmente, no es mala idea atar una cinta roja a la cola para que los otros jinetes estén advertidos. 
 
En el segundo caso, hay caballos agresivos que muerden, patean o agreden de varias maneras a sus compañeros. Su líder le advertirá al respecto, pero hay ciertas normas de seguridad que pueden usarse para prevenir agresiones. Lo primero es no acercarse demasiado a las ancas del animal que va adelante: mantenga una distancia prudente (el largo de un caballo) para evitar una patada que puede lesionar y asustar al que Ud. monta. Los potros (machos no capados, que en Argentina llaman padrillos) son generalmente agresivos y porfiados y es preferible que no los monte si no es un jinete experimentado. Un potro cabalgando al lado de otro suele producir agresiones: evítelo. 
 
Si las orejas de su animal están un poco desplazadas hacia atrás, es señal de que está pendiente de Ud. y de sus órdenes. Pero si están en posición casi horizontal hacia atrás es señal de agresividad y debe prepararse para lo peor y evitarlo corrigiendo la causa o con un “valium” si es preciso, el cual se describe luego. Una noche de luna llena cabalgaba a mi yegua por la pampa con mi nieto montando a una mula y otros dos jinetes; por más de una hora mi yegua iba al paso o galopando al lado de la mula como si fueran grandes amigas. De pronto, echó las orejas fuertemente para atrás y me preparé de inmediato para una sopresa sin imaginarme su causa, tomando las riendas cada una en una mano y bien cortas, con contacto pero sin tirones. Segundos después, hizo un brusco intento por morder a la mula, pero me resultó muy fácil impedírselo. Esa misma noche, yendo al paso al lado de otro jinete más desprevenido, su caballo casi consiguió morderme el muslo. Es difícil corregir esa mala conducta durante una cabalgata y lo mejor es evitarla: aparéese con otro animal, no vuelva a acercarse al anterior y manténgase siempre alerta, como cuando maneja a un automóvil. 
 
Un potro demasiado entusiasmado con una yegua puede llegar a tratar de montarla por atrás y lesionar gravemente al jinete de la yegua; si percibe esta tendencia, aparée a su potro con otro animal con el cual no tenga conflictos, como un caballo bien capado. Si monta a la yegua, manténgase siempre un poco atrás del potro. Al respecto, un par de anécdotas: 
 
El primer día que montamos a un potro recién adquirido, mi yegua estaba en celo. Sólo íbamos Carlos y yo. Con prudencia (mi yegua más atrás del potro) y la capacidad de Carlos para controlar al potro, cabalgamos cinco horas sin problemas. Pero en cuanto nos descuidamos un poco al retirar las monturas, el potro montó a la yegua y nada en el mundo lo iba a detener. Si yo la hubiera estado montado, me habría golpeado la nuca con sus cascos y tal vez me habría dado en la espalda los “tiernos” mordiscos que dedican a la tuza de la yegua. Me han contado más de una inquietante experiencia al respecto. 
 
¡Hay de mí! si aún estuviera montando a la yegua. Apenas alcancé a retirar la silla. Si un protro no controlado por un buen jinete percibe que la yegua está dispuesta, la montará sí o sí y nada más le importa.
 
Otra vez, en la pampa argentina y de vuelta a la querencia, mi hija Valeria galopaba a una yegua en un potrero y yo había desmontado y le tomaba fotos. De pronto, apareció un burro rebuznando y lanzado hacia la yegua. Le grité “¡arranca que viene un burro!”, pero ella creyó que sólo la estaba estimulando a galopar más rápido. Finalmente el burro la alcanzó y trató de montar a la yegua. Por suerte su corta estatuta sólo le permitió posar sus manos sobre la grupa de la yegua y no sobre Valeria, y por suerte la yegua no corcoveó y pudimos reírnos y hacer bromas en vez de lamentar una grave desgracia. Después de eso y en otras cabalgatas con la misma yegua, me entretuve ahuyentando al burro con mi caballo, pero la determinación del burro era tal, que tenía que hacer maniobras acrobáticas para bloquearlo y varias veces estuve a punto de no conseguirlo. 
 
 
Nerviosismo 
En la naturaleza los caballos son animales que viven en manadas con un miembro de ella que es dominante y que ejerce su función pateando, mordiendo o lanzándose de frente para amedrentar a los subalternos. Lo hace con la cabeza bien levantada y el hocico apuntando hacia adelante y la víctima se prepara para la carga de la misma manera. A la inversa,  la cabeza baja le recuerda al caballo momentos placenteros, como pastar o descansar. Por otra parte, siendo parte de una manada, lo altera el quedar solo mientras los otros miembros de la manada se alejan. Es algo que le enseñó la naturaleza: si se queda solo, es más facil presa de un depredador, mientras que las posibilidades de ser la víctima disminuyen en medio de la manada. Es, entonces, natural que se ponga nervioso si Ud. se detiene a arreglar un estribo, por ejemplo. Lo prudente es pedirle al líder que detenga a la tropa para que Ud. no se quede atrás de ella. Más vale prevenir las situaciones que pueden alterar la conducta de su animal. 
 
El caballo está tranquilo cuando uno siente que se comporta bien, la cola cuelga en posición natural,  tiene la cabeza más o menos a la altura de la cruz o más abajo y sus orejas están dirigidas hacia adelante o se mueven para uno u otro lado. Si a ratos están moderadamente dirigidas hacia atrás, significa que está pendiente de Ud., pero si se acercan a la horizontal es porque está dispuesto a atacar. Si levanta la cabeza muy por encima de su cruz y adelanta el hocico, es señal de que está inquieto y agresivo, porque se asustó de lo que vio o porque no entiende las órdenes que Ud. le da. Si cuando está detenido no da saltitos, no levanta la cabeza o no escarba la tierra con sus manos, hay pocas posibilidades de pasar un susto. Pero hay veces que uno no sabe cuándo y porqué el animal hará una tontera. 
 
Las orejas fuertemente dirigidas hacia atrás implica una actitud agresiva. El caballo tiene diversas maneras para expresar su estado de ánimo a través del lenguage corporal. La cola, por ejemplo: si está exitado la mantiene levantada; si la esconde entre las nalgas está asustado; si la mueve repetida y enérgicamente hacia uno u otro lado, está nervioso o enojado; si cae en forma natural está tranquilo y si Ud. puede frotarle los ojos a través del párpado superior, está dispuesto a ponerse a sus órdenes.  
 
Hay mucho más que su cuerpo nos dice y que podemos hacer para devolverle el buen genio. Por ejemplo, si es un mal día para él, porfía con inquietud, levanta la cabeza en forma agresiva y está insoportable, acaríciele la lengua introduciendo su índice a nivel de la comisura labial, donde no hay dentadura (los caballos tienen un amplio espacio entre los incisivos de adelante y los molares de atrás). Generalmente esto los tranquiliza, bajan la cabeza y aceptan con mayor facilidad la colocación del bocado. 
 
Piense como caballo: trate de mirar el entorno con menos precisión que la nos aportan nuestros ojos; no piense que sabe lo que son las sábanas, maquinarias agrícolas, tambores de basura y otros elementos que nos parecen tan naturales. Luego siéntase tan vulnerable ante los depredadores que no le queda más que patear, corcovear para librarse de un carnívoro que lo ataca desde atrás o negarse a avanzar para no caerse en un hoyo profundo. Olvídese que es un humano sabelotodo, ya que su integridad depende de las reacciones de un tonto muy eficiente en materia de huir y evitar amenazas. Así podrá anticipar lo que puede asustar al caballo. 
 
Una sábana que flamea al viento o una máquina enfardadora son cosas que miles de años de evolución nunca le enseñaron a comprender y es natural que se asuste ante ellas si el entrenador no le ha enseñado que éstas no son monstruos que lo quieren devorar. Prepárese entonces para una reacción evasiva ante cualquier cosa de cierto tamaño que no existía hace miles de años. Un movimiento extraño puede ser para el caballo un depredador que inicia su ataque. Los colores no le importan, pero sí el contraste en una escala de grises. Cuando empecé a montar a mi joven y asustadiza yegua podía galopar tranquilamente por un sendero de tierra, pero si ésta era de tonalidad clara y de pronto aparecía una superficial poza de agua oscura u otra mancha similar, creía que era un hoyo y lo evitaba con brusquedad si se le aparecía de improviso. Si galopábamos una delgada senda y al otro lado de una curva se le aparecía de improviso un neumático abandonado, se alejaba bruscamente y me habría botado si hubiera estado distraído. Contrastes marcados de la escala de grises, movimientos que para ella no son naturales y cualquier cosa que se enrede en sus patas traseras es lo que tengo que identificar para evitar o prepararme para una brusca reacción evasiva. Por eso uso los ¿ridículos? pantalones de montar ingleses y evito cualquier prenda que pueda flamear al viento y asustarlo. Ya asustado, me costará volver a tranquilizarlo. 
 
Ropaje inadecuado para montar si no se tiene la certeza de que el caballo no es muy asustadizo. La jinete es mi ex-esposa, el caballo es el Jisk’a, tranquilo y de buen genio. El aparejo es adecuado, pero nada de su vestidura es aconsejable para montar a un caballo desconocido.
 
En terreno abierto, preocúpese del peligro que puede haber en el suelo. Un alambre, una cuerda o una simple lona o plástico puede enredarse en las patas traseras y retenerlas por un instante. Para el caballo ésto podría ser un monstruo que lo retiene y nada de lo que Ud. haga podrá evitar una violenta reacción de huida o enfáticos corcoveos para librarse del monstruo. Todos los caballos son susceptibles al pánico y éste es un estímulo mucho más potente que los que se le han enseñado a obedecer. ¿Cómo evitarlo?: piense permanentemente como caballo y defínale su trayecto en consecuencia... 
 
Hay otro factor importante que puede hacer que el animal se asuste sin que Ud. identifique la causa: dada la posición de sus ojos, los caballos no pueden ver lo que tienen directamente adelante de su frente. Existe así  un triángulo invisible delante suyo, cuya base es la línea transversal que uniría a sus ojos y su vértice está a un poco más de un metro hacia adelante. O sea, el animal no puede ver donde posarán sus manos a menos que gire la cabeza. Pongamos un ejemplo teórico: a un metro frente a él sale un conejo de su madriguera; el caballo no lo ve. El conejo corre asustado hacia un lado y ¡zaz! que se le aparece bruscamente en su campo visual como salido de la nada, sin tiempo para saber de qué se trata. Cualquiera de nosotros se asustaría y con mucha mayor razón un caballo, acostumbrado a huir y por cierto saltará hacia un lado o se detendrá bruscamente. Otra vez, piense como caballo para evitar sorpresas... 
 
La posición de los ojos del caballo le permite un campo visual de casi 360º, con la excepción de lo que está directamente adelante o directamente atrás. Sólo hacia adelante, más allá el triángulo ciego descrito, hay un estrecho campo de visión binocular y en en el resto, el caballo ve con un ojo lo que está a ese lado y viceversa. Esto es muy importante porque, si algo que vio con su ojo derecho que lo asustó y Ud. consiguió tranquilizarlo, lo volverá a asustar cuando retorne por el mismo camino, porque lo está viendo con su ojo izquierdo y su limitado encéfalo le impide integrar lo que cada ojo ve. Por eso hay caballos que no se dejan ensillar, enbridar o montar por el lado derecho. Consejo obvio: entrene a su caballo para que ambos ojos sepan lo que Ud. está haciendo. Entre otras cosas que hago, ensillo y/o embrido a mi yegua desde la izquierda o la derecha, pero aún no me atrevo a montarla por el lado derecho, lo que ciertamente haría si ella no fuera tan desconfiada a consecuencias del maltrato que recibió antes de que la comprara y que nunca, NUNCA, olvidará. Saliéndome momentáneamente del tema, si intento montarla por la derecha (y ya he descrito las ocasionales dificultades por hacerlo por el lado izquierdo) y no me resulta, otra vez aprenderá que arrancándose se libera de mí y del trabajo que voy a imponerle y otra vez tendré que hacer peligrosas acrobacias para que vuelva a aceptarme. Mejor no me arriesgo a que ella sepa que es muchísimo más fuerte que yo y me “hago el leso” para que crea que sigo mandando 
 
Volviendo a la vista de los caballos, contra lo que muchísimos jinetes creen, su visión nocturna es más pobre que la nuestra. Una vez un campesino con mucha experiencia con caballos me contó que se les cayó la noche transitando un muy peligroso sendero serrano y el jinete no veía bien y entonces “le solté las riendas para que el caballo eligiera su camino”. ¡Grave error!. Por otra parte, tienen menos capacidad que nosotros para adaptar su visón al pasar de lo claro a lo oscuro y esa puede ser la razón por la cual de pronto, en un día luminoso, se resista a entrar a un carro de arrastre muy oscuro. Consejo obvio: que el interior del carro sea lo menos oscuro que se pueda. 
 
Con paciencia, criterio y respeto, a mi yegua regalona le pude ir de a poco enseñando que no tiene porqué temer algunas percepciones visuales que le dicen “peligro”, consiguiendo que confíe en su jinete, pero eso demorará años en perfeccionarse y nunca dejará de aparecer un nuevo elemento que le parezca amenazador. La compré porque me enamoré de ella, pero sabiendo que había sido maltratada y que se puede establecer una buena relación con cariño e inteligencia, pero que es prácticamente imposible conseguir que confíe 100% en su amable dueño pero, bueno, los caballos que se comportan como bicicleta me aburren... 
 
Hay veces que no se puede identificar qué es lo que asustó al animal, pero siempre se le puede tranquilizar haciéndolo olvidar el evento (por suerte son tontos) hablándoles y/o con “castigos” no dolorosos, que prefiero llamar “consecuencias”. Es decir, si no quiere cruzar un puente estrecho, en vez de golpearla la estimulo verbalmente y/o la castigo con esfuerzos adicionales. Mientras no confíe plenamente en mi liderazgo, cuando se niegue o reaccione negativamente recibirá, en “consecuencia”, órdenes para un esfuerzo adicional (giros estrechos sobre una de las manos) y de inmediato la orden de volver a enfrentar el “peligro” y así, una y otra vez, hasta que piense “qué diablos, mejor le hago caso al jefe”. 
 
Obligarlo a hacer esfuerzos adicionales si no responde a los requerimientos del “jefe”, ese es el “castigo” que necesitan. Un típico y para algunos difícil ejemplo: el caballo se niega a entrar al carro de arrastre. Los brutos la tironean, le golpean la grupa, lo castigan físicamente y no consiguen más que asustarlo más. Cuando compramos a mi yegua, por entonces “temible”, los campesinos intentaron hacerla subir al carro: gritos, chicotazos y agresiones no consiguieron nada. Obviamente hay decenas de trucos no agresivos para conseguirlo con un animal no entrenado. Cuando los locales se rindieron, con un juego de cordeles que la empujaban desde la grupa, conseguimos que entrara, aterrada aún. Solución de emergencia porque no había tiempo para entrenarla. Pues la segunda vez que hubo de hacerlo, fue una noche después de cabalgar por horas en la pampa bajo la luz de la luna llena. Imposible subirla al carro, que le debe haber parecido la negra boca de un monstruo que la devoraría. El truco de los cordeles no tuvo efecto y entonces decidimos hacerlo por las buenas: “si no quieres entrar, entonces trabaja”. La amarramos al carro y nos pusimos en marcha a escasa velocidad, suficiente para que tuviera que trotar tras de nuestro vehículo. Cinco minutos después, un nuevo intento infructuoso. Reanudamos la marcha y volvimos a intentarlo. Nada. Pero luego, tras unos 5km comprendió que el carro no era un monstruo pues estaba atada a él y seguía viva pero cansada. Un nuevo intento y entró al carro casi contenta. Desde entonces, basta que yo entre al carro o al camión y ella me sigue sin temor y hasta a veces entra sola. Y nunca la golpeamos... 
 
Pese a la precaria e improvisada plataforma, la Sumalla entra confiadamente al camión.
 
Definitamente “el jefe” no puede ser agresivo. Todo el adiestramiento de un caballo es un proceso progresivo de adquisión de confianza en el “jefe”. Si debe saltar una zanja que le parece rara y se detiene, OK por un instante, pero luego la estimulo a que se acerque contra su voluntad pero no hasta el punto de generarle una reacción de pánico. Si quiere olfatear lo que le parece raro, Ok, que lo haga. Pero no seguiremos marchando hasta que no lo acepte. Un círculo o un giro y vamos a enfrentar el problema otra vez. Como nada le pasó antes, estará más confiada y se acercará más. Si creo que entrará en pánico, otro círculo o giro y otro intento. Si nada resulta, le “ordeno” alejarse y así sigo siendo quien manda: ya tendré tiempo para corregirla con paciencia en otra oportunidad. Tarde o temprano aprenderá que eso no es una amenaza y que “el jefe” manda, pero por las buenas. Ya lo dije, entrenar o domar a un caballo no tiene la espectacularidad de lo que se ve en las películas, sino que es muy fome para un espectador. 
 
Mi yegua evaluando la acequia que debe saltar. Esta es angosta y fácil comparada con las que suele saltar, pero le era desconocida, había marchado 8 horas sin agua ni forraje por una sierra difícil, acababa de descender una pedregosa, escarpada, zizagueante, estrecha y peligrosa senda llena de obstáculos y estaba muy cansada. Tras evaluar sus posibilidades, con un simple estímulo vocal y de mis piernas la saltó una y otra vez, porque aproveché el evento para demostrárselo a los inexpertos y a los que creen que a golpes se consigue que el caballo obedezca. Nótese la ausencia de fusta...
 
La importancia en la confianza del caballo en “el jefe” no puede ser sobreestimada. Una vez, cuando mi yegua ya me conocía bien y me respetaba (¿me quería?) iniciamos un plácido y agradable paseo con una amiga. Habiendo cabalgado más de una hora, nos dimos cuenta que sólo nos quedaba media hora para volver y más de la mitad del camino por recorrer. Era imperativo que no nos atrasáramos, por lo que iniciamos un galope controlado, pero el camino de vuelta tenía un precario puentecillo de madera que cruzaba a un profundo surco, con una tira onduleante de plástico señalando el peligro. El día anterior lo habíamos cruzado con un grupo más numeroso porque un caballo más valiente se atrevió y los otros los siguieron, pero esta vez nuestras yeguas simplemente se negaban categóricamente y nos quedamos trancados, sin tiempo para intentar convencerlas de a poco. Devolverse habría demorado más de una hora aún al galope. Solución: desmonté con la “mecate” en la mano, cucé el estrecho puentecillo y la Sumalla me siguió dócilmente, sin ningún tirón de la “mecate” ni otras agresiones. ¿Porqué?. Porque la entrené para que no me temiera y a que confiara en mí. Tal como antes pasó el obstáculo porque otro caballo le demostró que era posible, lo hizo ahora porque respeta mi buen juicio en vez de temer mi furia. Y era tan miedosa al principio que hasta se negaba a cruzar un puentecito cubriendo a una acequia. 
 
Otra anécdota. Un día, tras 3 años de inteacción com mi yegua, decidimos con mi hija Paula volver a casa subiendo por el accidentado lecho seco del río San José. Es un verdadero laberinto con algunos precarios senderos flanquedos por murallas de bolones, que llevan a la excavación de algún arenero y hay que devolverse a buscar otra alternativa. Tras un par de horas ya veíamos donde comenzaba el camino no pavimentado que nos llevaría sin dificultades a nuestro destino, pero el sendero que seguíamos estaba bloqueado por improvisadas planchas de madera y metal que sólo dejaban un estrecho espacio entre ésta y los altos acúmulos de bolones sueltos, con un hoyo negro y profundo en el otro extremo de la barrera. Sintió miedo de eso y claustrofobia, supongo, e hizo un enérgico intento por devolverse, que impedí con autoridad. Quedó detenida negándose a avanzar. En vez de chicotearla o agredirla en exceso con mis espuelines, le grité la orden para avanzar contra su voluntad (¡Eah¡ ¡Eah!). Nada... Un bruto la habría castigado; yo la dejé que mirara un rato el obstáculo para que viera que no se le acercaba y luego, ante la siguiente negativa a avanzar la obligué a un giro corto, como castigo y para que sus pocas neuronas se ocuparan en eso, lo que la hizo avanzar un par de metros hasta que sus neuronas se volvieron a preocupar del obstáculo. Otra vez acepté que se quedara detenida reevaluando la situación. Tras otra negativa y varios ¡Eahs!, otro giro estrecho y ganamos un par de metros más. Y así tres veces lo mismo hasta que quedó a un metro del paso y ya sabiendo que acercarse a éste no le hacía daño. Con un último ¡Eah! más espuelines, lo atravesó nerviosa pero sin titubeos. El caballo de mi hija la siguió, como siempre ocurre. ¿Cuánto demoramos?: ¿diez minutos?. ¿Cuánto ganamos?: conseguí que enfrentara la situación sin forzarla al pánico y que entendiera mejor que desobedecer a mi ¡Eah! la obliga a hacer giros cortos, que no le gustan a los caballos. Pero más que nada en su sistema operativo se grabó con algo más de intensidad que le otorgo el derecho a evaluar la situación por algunos momentos y que el ¡Eah! es como decirle “te estoy diciendo que nada malo te ocurrirá si me obedeces pese a todos tus instintos de conservación y no te voy a obligar con castigos dolorosos”. Ya cerca de la casa, para reforzarle la idea, la enfrenté con el debido y enérgico manejo de las riendas y talones, a una zanja que tiene características que la asustan. Detenida en el borde, bajó la cabeza para estudiarla y al primer ¡Eah! y un moderado estímulo con los espuelines la saltó limpiamente y recibió montones de cariños en premio. Algunos jinetes me dicen que la trato demasiado bien y que un buen castigo físico de cuando en cuando la haría más obediente. Buena parte de nuestras cabalgatas no son paseítos a caballo sino difíciles trayectorias y donde sea o como sea la llevo por la parte más difícil o la enfrento a lo que la asusta. ¿Qué más obediente quiero que sea si siempre termino ganando yo?. 
 
¿Había otra alternativa?: sí, clavarle los espuelines hasta que le doliera, chicotearla fuerte y darle bofetones cuando expresara su pánico y seguramente habría terminado parándose de manos y perdiendo su confianza y respeto en su jefe. Lo he visto hacer tantas veces... 
 
Pero lo que yo consigo con ella se obtiene con paciencia, cariño y prudencia. Si alguna vez me equivoco y la yegua se lesiona por seguirme, perderá la confianza en mi liderazgo y costará mucho recuperarla. Si hubiera habido expectadores habrían esperado una espectacular gestión de parte del jinete machote y se habrían defraudado pues no hubo espectáculo sino una serena solución. Un jinete machote la habría obligado con golpes y espuelazos, con el resultado de que la próxima vez que enfrentara un peligro similar la yegua se prepararía para recibir intolerables castigos físicos y responder en consecuencia. 
 
Algo que facilita mucho que el animal se asuste es mantenerlo detenido en un lugar que no le es familiar. Si sus pocas neuronas analíticas no están ocupadas andando (o preferentemente girando si Ud. anticipa un susto), quedan libres para preocuparse del entorno y éste puede presentar elementos alarmantes para él. Supongamos que cabalga por un camino estrecho y desde atrás se aproxima un auto o un camión que podría asustarlo. La conducta más prudente es tratar de alejarse hasta donde se pueda, pero si no hay mucho espacio, mejor gire al caballo para que pueda ver lo que se aproxima y no se detenga: manténgalo ocupado caminando, o cruzando una acequia o cualquiera otra maniobra que ocupe la atención del caballo. Si se aproxima un tren, por ejemplo, y Ud. trata de ocultárselo y lo detiene, la brusca aparición de esa inmensa mole de hierro y el ruido que produce tienen más probabilidades de generar pánico que si el caballo lo ve aproximarse y está en movimiento. En circunstancias similares, mantener a un caballo detenido es como estar montado sobre un cajón de dinamita... 
 
El “valium” equino 
 
Cualquiera sea el origen del nerviosismo y si no puede corregirlo (llevarlo a donde está el resto de la tropa, por ejemplo), el mejor tranquilante para los caballos muy exitados (pero no cuando están aún expresando una reacción de pánico) es el giro estrecho, cuya técnica le podríamos enseñar en terreno. En esencia consiste tomar bien adelante una rienda (sin inclinar su cuerpo hacia adelante) y llevarla a la altura de su cintura, con decisión pero sin tirones, para girar intensamente el cuello hacia un lado, a la vez que se hace avanzar al caballo con la presión de las piernas y el talón interior (del lado del giro) presionando decididamente detrás de la cincha. Así se ve obligado a girar la grupa alrededor de una de las manos, lo que desestiba a las patas pues debe cruzarlas y así no puede corcovear ni dar botes ni pararse de manos. Tras un par de giros, repita la maniobra hacia el otro lado. Puede que el caballo se resista, pero no ceda, para evitar que consiga liberarse del estímulo. Principalmente, no lo deje que consiga enderezar el cuello pues, si lo hace, el caballo se estará premiando a sí mismo y pensará: “mientras más me resisto, más consigo liberarme de las órdenes del jinete” y su próxima acción podría ser tratar de botarlo. Lo que se pretende con esta maniobra es darle algo imperioso que hacer, para que su pobre capacidad de análisis se olvide de lo que lo inquietó. 
 
Pero... me cargan los “peros”. Esto sólo resulta bien si el caballo ha sido entrenado a ceder el cuello y por eso me preocupo tanto de averiguarlo cuando monto a un animal desconocido. El giro estrecho es incómodo para el caballo y suele enojarlo, pero con el cuello lateralizado por la firme e irrenunciable gestión del jinete, no puede hacer nada para botarlo. Así como los automóviles necesitan pasar por una revisión técnica periódica, no debieran tener “permiso de circulación” los caballos que no ceden el cuello. Que lo hagan depende de tres factores: que hayan aprendido a hacerlo, que el jinete no abandone el intento asustado por la resistencia que opone el animal y casi imperiosamente, que se tome a las riendas por separado (una en cada mano). Una vez, cabalgábamos con mi nieto y una amiguita de él que jamás ha tenido un porrazo, provista de un envidiable equilibrio y montada en un caballo que jamás le ha corcoveado o la ha hecho pasar un susto. Pero, después de un par de horas de cabalgata, el caballo se exitó, no obedecía el rumbo que ella quería imponerle y nerviosamente caminaba o casi trotaba oblicuamente. Le sugerimos y ambos le demostramos la gestión del giro estrecho y ella, valiente y decidida, intentó aplicarlo, pero con riendas de huaso tomadas con sólo una mano. Eso y la falta de entrenamiento del caballo (harto tolerante por suerte) hizo que se pusiera a girar rígidamente, con el cuello tieso siguiendo el eje del cuerpo y sin que el tronco se arqueara: era un fierro rígido girando. Muy peligroso. Si el caballo no hubiera sido tan tolerante, no le habría costado nada botarla con corcoveos o botes. Así no sirve el “valium” equino. No enseñarle a ceder el cuello a un caballo es permitirle hacer lo que quiera en situaciones críticas y tan peligroso como manejar a un automóvil sin frenos... 
 
Aunque no pueda o Ud. no sepa aplicarle el “valium”, lo que no se debe hacer es dejar detenido al caballo si está asustado: tiene que marchar para que olvide el susto. Marchará en un círculo amplio o estrecho, pero ha de marchar y muy pronto, bien pronto, enfrentarse a la amenaza otra vez. 
 
La Sumalla era una yegua muy joven, nerviosa y asustadiza y aún no habíamos conseguido que fuera confiable. Nos habíamos adelantado del resto al galope por una senda algo angosta y con diversas características que la asustan, precisamente para enseñarle que no debe temerlas. Al llegar al destino y mientras esperábamos a la tropa, estaba muy exitada y ninguno de los dos conseguía relajarse. Fue un error detenerse, pues, no estando ocupados en maniobras, los caballos tienen tiempo para asustarse por estar separados de la manada. Un jinete bruto la habría castigado por su “mala conducta” y obtenido una espectacular reacción de rebeldía.
Una dosis de “valium” (un par de giros estrechos hacia uno y otro lado, sin castigos corporales ni violencia, sólo para obligarla hacer algo que la haga olvidar que está sola) consigue que la Sumalla se tranquilice y ambos ya podemos esperar tranquilamente al resto. La violencia es una palabra que no existe en nuestro vocabulario equino pues sólo genera más violencia. El “valium equino” no es espectacular, pero funciona. Bien claro: casi nunca los caballos entienden lo que se pretende conseguir con castigos dolorosos. Sólo cuando se tranquilizó la premié con un cariño en la tuza y luego la hice caminar pacíficamente hasta que llegó el resto.
 
Iniciando un giro estrecho. Nótese con qué facilidad el caballo cede el cuello cuando la rienda interna está tomada desde bien adelante y se tracciona hacia el cinturón del jinete, mientras la externa empuja el cuello desde una posición más elevada. Con eso ya sé que durante la sesión dispongo de un fuerte argumento para impedirle que intente un desaguisado y eso me aporta seguridad (”freno de emergencia”) y podría bastar con eso. Pero para que gire (para que trabaje cuando lo ordeno) debe ceder su grupa hacia el exterior, cruzando las patas. Para eso el espuelín interno presiona con decisión pero sin agresividad detrás de la cincha. Un par de giros para ambos lados y ambos ya sabemos lo que podemos esperar uno del otro...
 
Si el nerviosismo se manifiesta en el trayecto y si la tropa se detiene para que el caballo no se sienta solo, tras unos pocos giros bien hechos se tranquilizará, aunque no siempre resulta con animales muy mañosos. Si aún se apresta a botarlo, hágalo girar sobre el eje de una de sus manos, como ya se describió. Conseguido eso, si aún no se siente seguro, desmonte cuando pueda pero, por todos los santos, trate de que el animal no quede suelto para que no se crea capaz de librarse enteramente del jinete. 
 
Cuando ha debido desmontar es cuando la “mecate” es fundamental: el caballo se liberó de Ud., lo que no es bueno, pero por lo menos no queda suelto. Pero siga dándole estímulos apropiados con la “mecate” para que se sienta dominado (nunca abusado). Haga lo que haga el animal, aunque se pare de manos, mantenga una tensión constante con la “mecate”, pero no trate de ganarle a la fuerza porque ni Sansón es más fuerte que un caballo: simplemente mantenga una tensión razonable y lo más probable es que termine aburriéndose y buscando el premio del cese de la tensión pues no puede estar parándose de manos para siempre. Si no está demasiado cerca del caballo, el único peligro es que cargue contra Ud. y eso lo suele avisar poniendo las orejas en posición casi horizontal hacia atrás. Nunca me ha sucedido ni sé como resolver esa eventualidad. Creo que intentaría ponerme en una actitud agresiva para el caballo: levantar mi cabeza, estirarme bien y levantar mis brazos. Si no resulta en segundos, sería el momento de aplicar el recurso de “sálvese quien pueda”. 
 
En situaciones no extremas y si sigue montado, no se quede detenido: trate de mantenerlo ocupado en maniobras para que olvide el susto, como hacerlo andar para atrás (si sabe hacerlo) o en círculos amplios, por ejemplo. Una vez conseguido que el caballo se tranquilice, pero nunca antes para que no crea que las conductas agresivas serán premiadas, la mejor manera de agradecerle es rascarle la cruz. 
 
Una vez tranquilizado y antes de que se le premie con caricias y palabras suaves, el animal DEBE volver a intentar la gestión que rehusó, pues si no lo hace aprenderá inmediatamente que puede salirse con la suya y tarde o temprano otro jinete pagará las consecuencias. El líder de la tropa o uno de los jinetes más fogueados le ayudará a conseguirlo, casi siempre con asombrosa facilidad. 
 
Hay muchas más situaciones en las cuales el animal se siente nervioso y la situación debe manejarse siempre con criterio. Advierto que hay que diferenciar entre el susto y el enojo del animal. Ambos son incompatibles: si está enojado y se asusta, se le quita el enojo y viceversa. Otras veces está simplemente exitado en exceso, por exceso de bríos o por lo que sea. 
 
Un ejemplo: montaba con media docena de jinetes por primera vez a un caballo no entrenado para ceder el cuello y que siempre prueba al jinete bajando la cabeza y arqueando el dorso y si lo consigue le pierde el respeto. Pues no lo consiguió pero, trotando por una superficie ondulada, tendía a acelerarse en la bajada y corcovear en seguida. Me pilló de sorpresa la primera vez pero después lo evité llevándolo bien controlado y renunciando a las ondulaciones muy pronunciadas, un “compromiso” para evitar que consiguiera botarme y que el caballo no percibiría como una renuncia mía. Pero al retorno por terreno plano, trotando, al menor descuido se aceleraba con violencia y al impedírselo quedaba muy exitado. Los giros cortos lo enojaban y más se exitaba. Es un caballo acostumbrado a salirse con la suya, por su genio y su experiencia con jinetes torpes o pusilánimes. Solución: le pedí a un compañero que se quedara atrás conmigo y reduje el aire a un paso normal por unos minutos. Cuando lo sentí tranquilo, aceleré la marcha presionando sólo con las piernas (sin taconearlo con el espuelín) y de a poco llegamos a un trote tranquilo, luego más largo y finalmente alcanzamos al grupo sin incidentes y siguió comportándose bien, si bien no me permití distraerme hasta que no llegamos al destino. Lo que quiero decir es que no hay soluciones infalibles y cada animal difícil requiere un trato personalizado. Lo que sí es imprescindible es que un caballo exitado no se sienta solo cuando el resto de la tropa se adelanta. Sin el jinete que me acompañó, la gestión descrita sólo habría empeorado las cosas. 
 
Castigar a un Caballo 
 
Aquí quiero agregar un truco que sirve para cualquier exabrupto del caballo. El “valium equino” no sólo se utiliza para tranquilizar a un caballo, sino que también como “castigo” o “consecuencia desagradable” tras una conducta indeseable, pero éste debe aplicarse intransigentemente cada vez que el caballo demuestra un asomo de rebeldía para que sepa reconocerlo a tiempo y responder apropiadamente sin crear un conflicto. Un jinete inexperto que omite esta gestión deteriora la respuesta del caballo y por eso es que a los míos no los dejo que los monte cualquiera. En la animación que sigue la Hipnótica apenas consigue expresar que no quiere continuar el trayecto (nótese la rebeldía que expresa con su cabeza). Sin pensarlo, mi nieto Israel la obliga a hacer un par de benignos giros cortos, en este caso benignos porque la yegua ya entiende lo que eso significa. Tras eso la lleva a un lugar neutro y la yegua queda muy tranquila, pero ciertamente la obligará a repetir el intento. No “castigarla” es potenciar su rebeldía y no repetir el intento es como darle permiso para negarse a respetar la conducción del jinete. Conocí a la yegua en un Centro Ecuestre y su rebeldía se castigaba con espolonazos, retos y fustazos. Cuando pasó a ser de mi propiedad, no demoré mucho en conseguir que entendiera que los giros cortos significaban “te estás portando mal” y por cierto al principio éstos fueron mucho más severos y ella no los toleraba con tanta paciencia y se enojaba, lo que habría asustado a un jinete más inexperto, si bien los giros no le permiten hacer un desaguisado siempre y cuando el animal no le gane al jinete y lo obligue a renunciar. No me parece racional que la mayor parte de los caballos que conozco no hayan sido adiestrados para reconocer a este benigno tirón de orejas y eso nos lleva a que yo, más que un jinete cualquiera que sólo monta, siempre estoy adiestrando a mis caballos. El dueño de un caballo al que se le exige más que sólo “andar” (saltar el obstáculo que sea, transitar al borde de aterradores precipicios, enfrentar a un tren que se aproxima y etc.), sin que el animal pierda su entusiasmo y “personalidad”, DEBE asumir el rol de domador. Precisamente por eso conozco a caballos que me entusiasman y a otros que me aburren más que una bicicleta. Bueno, debo confesar que mi gestión no ha sido siempre exitosa, seguramente porque aún me queda mucho por aprender... 
 
 
 
Pero es buena idea advertirle al animal de que está a punto de recibir un “castigo” a través de cualquier señal que éste haya aprendido a reconocer. Los humanos casi inevitablemente “humanizamos” al caballo. Cuando detectamos el inicio de un exabrupto tendemos a usar expresiones verbales poco comprensibles para ellos, tales como “¡epa!”, “¡quieto!” u otras. Tal vez algún caballo haya aprendido a reconocerlas como advertencia pero es mejor que el entrenador lo acostumbre a algo más consistente y que además nos salga por reflejo. Parece que captan mejor como advertencia el sonido “chchchchchchch” intensificado progresivamente. Eso lo utilizo con mis caballos, pero poco me sirve con animales ajenos no adiestrados a mi manera. Uno de los míos hacía inocentes intentos por morder cuando se le ensillaba. JAMAS debe tolerarse el menor intento por morder porque eso implica que se le autoriza a invadir el espacio del “jefe” (que es como el caballo debe pensar del jinete), por lo que, en cuanto yo percibía que lo haría, iniciaba el “chchchchchchch” y luego le pegaba un buen golpe bajo su mentón (por alguna razón instintiva no me gusta pegarles en la cara). A corto plazo el “chchchchchchch” abortaba su intento. Lo mismo cuando, tras horas de cabalgata por la sierra, durante un descanso pretende rascar su frente contra mi cuerpo, porque no debe sentirse jamás autorizado a invadir el espacio del “jefe” pues así son las reglas que se incorporaron a su sistema operativo tras miles de años de vida libre como parte de una manada. En cautiverio, el “jefe” ya no es el caballo dominante, sino el jinete. Lo mismo también en situaciones más dramáticas, como una huida, parada de manos, corcoveos o lo que sea que merece un castigo: si percibo un intento de corcoveo instintivamente le mando el  “chchchchchchch”  y a la vez detengo el intento como se indica en la sección correspondiente y luego le aplico las “consecuencias” (giros estrechos). Vale para huidas, paradas de manos, patadas y lo que sea que merezca un castigo. No sé si eso alguna vez me ha evitado un porrazo, pero la gestión concuerda con la etología del caballo. El problema es que más de una vez el exabrupto me ha pillado tan de improviso que no alcanzo a emitir el “chchchchchchch”. Es que no basta con entrenar al caballo: es necesario que Ud. también se entrene ante lo inesperado. En definiva, el “chchchchchchch” o la expresión vocal que Ud. prefiera para su caballo, es una advertencia de que se está comportando fuera de los límites permitidos y que vendrá un castigo y ciertamente debe aplicárselo después. 
 
Pero insisto majaderamente en que los “castigos” son muy exepcionalmente físicos. Repito lo ya escito: “hay cuatro instancias que autorizan a castigarlos físicamente: nunca, nunca, nunca e inmediatamente después de que me muerde (pero no después de dos segundos del evento y con una fuerte patada o puñetazo en la nariz o bajo la barbilla)”
 
El animal se desboca (no puede detener al caballo o éste corre sin control) y otras conductas peligrosas 
Me gusta el verbo desbocar, pues describe precisamente al mecanismo: lo sea que lo hace correr locamente es tan fuerte que el caballo se lanza en una carrera irracional, despreciando las órdenes de las riendas y aún los obstáculos o peligros que pudiera haber en su camino. Con jinetes novatos, esto suele ocurrir sólo en dos situaciones: cuando está retornando al corral y el jinete no aplica a tiempo las acciones correctivas y él mismo pierde su propio control y cuando, galopando, su animal se acelera para ponerse adelante de los otros. No asuma el liderazgo de la tropa si no está preparado para ello, punto. 
 
La típica situación es la siguiente: retornando de una cabalgata, dos o más jinetes inexpertos inician un galope que creen que será tan controlable como el que pudieron hacer antes. Los caballos se potencian galopando en grupo y de a poco se van acelerando y antes que el jinete lo sepa ya pueden llegar a no responder a la orden habitual de control de la velocidad, por mucho que Ud. tire de las riendas. 
 
Buena parte de los jinetes que montan por instinto no saben la diferencia entre galopar y dejar que el caballo corra. El galope suave (”cantering” o “medio galope”) es hasta donde llegaremos con los novatos. Es liviano, poco desestabilizador y no agota al caballo. Es el apropiado para recorrer una larga distancia en el menor tiempo posible sin abusar del animal, pero requiere “contacto”. Cuando hemos tratado de galopar todos en línea, no falta el “acostumbrado” que inmediatamente nos deja atrás porque no sabe que galopar no es simplemente dejar que el caballo corra como quiera. El caballo debe ir a la velocidad que Ud. quiere y se lo puede informar con el manejo apropiado de las riendas. En cuanto perciba un intento de aceleración, impídaselo traccionando un poco e intermitentemente a una de las riendas y luego incrementando la tensión de éstas, pero no espere hasta que el caballo se adelante mucho pues entonces sí que se verá en problemas y tal vez arrastre a otros jinetes al desastre del desbocamiento colectivo. Seré majadero, pero no deje que el caballo se salga con la suya y para eso suelen bastar órdenes relativamente suaves. 
 
Lo cierto es que, a menos que haya una explosión, truenos, rayos y relámpagos o algo similar que le provoque una imperiosa necesidad de huir, el caballo suele “avisar” poniéndose más ansioso en el galope y más duro de riendas. Si Ud. va al paso o trotando y se ha quedado atrás de la tropa y el animal se pone inquieto, da saltitos con las manos y levanta el hocico, arrégleselas para unirse a ella. Si esa no es la causa, aplíquele un “valium” de giros estrechos y acarícielo cuando se tranquilice. Además, no olvide de controlar la posición del hocico presionando hacia abajo con las riendas bien cortas cuando sea necesario tensionándolas simétricamente (para eso debe tenerlas cada una en la mano correspondiente), además de revisar si no lo está estimulando con los talones o espuelas. 
 
No es frecuente que un caballo se desboque incontrolablemente y si no resulta la maniobra del giro amplio que describiremos no pueden ofrecerse soluciones fáciles para jinetes no experimentados: la clave es la prevención. Porque he vivido esta situación, siempre pretendo estar preparado para la eventualidad y si en la improbable posibilidad de que todo me fallara, tendría que recurrir a lo que me acomode más en esas circunstancias: lo recomendable es sentarse lo más apegado a la silla que pueda, con su cuerpo inclinado hacia atrás y los pies hacia adelante para que pueda ejercer fuerza (intermitente y sólo cuando es oportuno) sobre las riendas sin desestabilizarse. Si esa posición me desestabilizara, trataría de mantenerme a bordo montando en dos puntos, casi sin tocar la silla, como lo trataba de hacer en el hipódromo cuando al caballo se le pide todo lo que puede dar, pero ni se le ocurra intentarlo si no tiene experiencia. 
 
No obtendrá nada con sólo tirar de ambas riendas (el caballo ya está “desbocado”). Si no hay espacio para hacerlo galopar en un círculo amplio, intente repetidas tracciones breves de una y otra rienda hasta que la velocidad se reduzca lo suficiente para jalar fuerte y decididamente a una de ellas, bien baja y alejada del cuello, para que el caballo cambie de rumbo sin desestabilizarse. Pero, una mala noticia: si el caballo no está entrenado para “ceder las ancas”, continuará su rumbo con la cabeza girada hacia un lado. Por eso debe evaluar a su animal en cuanto lo monte por primera vez, para conocerle sus reacciones. Algunos caballos “domados” (que soportan a un jinete), no están realmente domados. Sólo puede considerarse “domado” a un caballo cuando un jinete capacitado puede hacer que éste se ubique exactamente en la posición y/o dirección deseada. 
 
Si a un acompañante se le desboca el caballo, ni intente perseguirlo pues no hay nada que pueda hacer para ayudarlo y probablemente sólo conseguirá que el otro animal se estimule aún más. El héroe de película que salva a la hermosa joven de una loca carrera descontrolada es sólo una ficción, para mí imposible en la vida real. 
 
No es infrecuente que, yendo la tropa al galope, su caballo se estimule para adelantarse a los demás y se acelere cada vez más sin que Ud. pueda detenerlo con el freno habitual, pues, principalmente porque Ud. antes abusó por algún tiempo de la tensión de las riendas, el animal como que se insensibiliza a ellas, encoge el cuello y adelanta las patas traseras (se “reune”), lo que produce un galope brusco y Ud. empieza a dar saltos sobre la silla, o bien se lanza a un temible galope tendido. En cuanto crea que eso está por suceder, recurra al “freno de emergencia” o a  la maniobra del círculo amplio: tire sin brusquedad e intermitentemente de una rienda y sepárela del cuello a la vez que suelta un poco la otra y la empuja contra el cuello (por eso, entre otras cosas, prefiero llevar una rienda en cada mano) y presione con su talón interior atrás de la cincha hasta que el animal entre al círculo y lo mantenga. El círculo no sólo le disminuye los bríos, sino que lo devuelve a la tropa. Casi inevitablemente el caballo moderará su avance y podrá volver a controlarlo, pero puede ser un poco difícil mantenerse sobre la silla cuando el caballo gira, aunque mucho menos que cuando galopa sin control. 
 
El gran problema del giro amplio y lo he vivido en caballos que no han sido entrenados a ceder las ancas, es que el caballo puede no obedecer con sólo el estímulo de las riendas y continuar su loca carrera con la cabeza lateralizada; por eso debe obligarlo a meterse al círculo desplazando las ancas hacia el exterior, con un decidido estímulo de su pierna y talón interior por detrás de la cincha. 
 
He podido evitar desbocamientos colectivos. Una vez, cabalgando comi hija Paula y mi nieto Israel, después de un par de horas subiendo y bajando cerros, llegamos a un terreno plano y blando rumbo a la querencia. Mi nieto montaba al Quinterano, un caballlo inmenso que me encanta pero que requiere de brazos fuertes para desacelerarlarlo cuando la embocadura es un filete y ésta vez era demasiado benigno para él (mea culpa), cubierto con material artificial con sabor a manzana. El Quinterano arrastraba barcazas desde la playa antes de que lo compráramos y después tiraba calesas y después descubrimos que le encanta que lo monten pero es muy duro de hocico y queremos creer que hemos demostrado que un simple filete le basta para un buen jinete forzudo y hábil. No nos gustan los frenos de palanca. A mi nieto ya le dolían las manos de tanto esfuerzo por controlarlo, pero lo controlaba con las riendas más abajo de la cruz, con tanto esfuerzo que se le ampollaron las manos pese a los guantes, los que se desgarraron. Un descuido de mi hija y el Jisk’a se lanza al galope tendido y lo siguen los otros 2 caballos. Aunque me encanta dejarle la melena larga a mi yegua, ésta y el viento en contra hicieron que se me enredaran en las manos y no pude detenerla. Se iniciaba un desbocamiento colectivo, pero tras algunas decenas de batidas, no pudiendo aún controlar a mi yegua, ordené un círculo amplio y los caballos se detuvieron. Conclusión: una tropa debe ir siempre protegida por un jinete experimentado conocedor de y capaz de dar órdenes precisas para abortar y/o terminar un desbocamiento y los menos avezados deben obedecer. Gozamos del evento, pero sólo porque lo abortamos al inicio: mis acompañantes iban felices, pero me obedecieron y evitamos lo que pudo ser un accidente. 
 
En definitiva, aunque se equivoque y el animal no esté desbocado, si no tiene más recursos, ponga al animal en un círculo amplio en cuanto le cueste moderar su velocidad. El problema es que hay instancias en las cuales no hay espacio disponible para un círculo amplio... 
 
Otro tema es cuando el caballo se sobresalta de improviso. Algunos se detienen bruscamente, otros saltan un poco hacia un lado y otros son más propensos a generar una violenta reacción de huida, arrancando con un loco galope del lugar que lo asustó. El susto puede provenir de cualquier cosa que le parezca amenazante y que los humanos no podemos predecir: un charco en el camino, una bolsa plástica que flamea, un portón que cruje, una ave aleteando entre los matorrales vecinos, un individuo que de pronto sale de un auto cercano o hasta la misma sombra del caballo-jinete. El viejo Chinchorro es de los que se detienen, mi yegua Sumalla es de las que a veces arrancan brusca y locamente. El porqué no importa pero el hecho es que la Sumalla, aunque mucho mejoró durante el primer año de interacción conmigo, nunca será confiable, jamás dejará de creer que arrancar resguarda su seguridad y en consecuencia no permito y jamás permitiré que la monte cualquiera en espacios que no conoce muy bien. Es algo que ya está asentado en su sistema operativo, parcialmente moderado pero que tarde o temprano resurgirá. Esto sirve de ejemplo para mi recomendación en cuanto a informarse de las costumbres de un caballo desconocido antes de montarlo. La Sumalla puede portarse como un angelito por meses y luego en un día cualquiera arrancarse inesperadamente. Hay que estar muy bien montado para no caerse cuando inicia la fuga y tener muy claro cómo ”administrarla” para que no se lance hacia un cerco alambrado, o cerro abajo o hacia la carretera transitada por vehículos. Más que nada, hay que conocerla bien para reconocer las señales de alarma iniciales y abortar la fuga a tiempo. 
 
Un ejemplo de cuando no lo hice bien, por imprudencia, mi último porrazo: una alumna practicaba el manejo de las riendas en mi parcela, montando al Jisk’a. Lo hacía tan bien que no me necesitaba y quise tener un poco de acción y acompañarla montando en pelo a mi impredecible yegua, aunque sólo hacía poco más de dos semanas que me habían operado de hernias inguinales bilaterales. Yo no estaba en las mejores condiciones y era un mal día para la yegua, estaba exitada (nada de raro en ella) y se asustó con la frazada que le quise poner como pelero. Ella acepta los mandiles que uso cuando la ensillo, pero hasta entonces nunca la había montado en pelo con un pelero y nunca me había botado, pese a las primeras veces que la monté fue en pelo. Pues pensé: “te voy a mostrar quién manda” y conseguí que aceptara la frazada pero no me dejaba montarla: cada vez que lo intentaba, arrancaba y si intentaba posicionarla cerca de algo elevado para montarla rápidamente, se resistía. Hice que mi hija Paula la llevara a un costado de una banqueta adjacente a un muro vegetal enfrentando a un obstáculo para que no arrancara y sin gestos bruscos atravesé el muro vegetal, subí a la banqueta y salté sobre ella. Lo aceptó pero en cuanto la giré hacia el espacio abierto arrancó abruptamente. Yo no lo esperaba (la creía ya dominada), no soy un jinete eficiente sin montura y no me preparé para el evento, de tal manera que mientras ella huía yo no estaba en condiciones para controlarla. Ya otras veces me había hecho la misma gracia, pero con montura y sé (creía) que una vez montada la podía controlar pero esta vez, mientras trataba de componer mi monta y tras unos 20 metros de escapada, de pronto me ví en el suelo, aturdido a medias. Caí de espaldas sobre el pasto pero mi cabeza se golpeó con fuerza y yo el tonto había rechazado el casquete que mi hija insistía que usara. Por suerte no había piedras. Me levanté mareado, con un “chichón” en la cabeza y un dolor en el dorso, que creí que era sólo contusión muscular pero que pocos días después demostró ser un rasgo de fractura del arco posterior de la 5ª costilla... 
 
¿Y cómo detenerla una vez iniciada la fuga?. Pues poco servirá que tire de ambas riendas, pues la fuerza del pánico es mayor que la respuesta a la orden habitual de freno. La solución es relativamente simple: aplique intermitentemente el freno en forma asimétrica, con mucha más intensidad en sólo una de las riendas; así el animal tendrá que lidiar con dos estímulos: detenerse y girar y como no puede pensar mucho, liberará neuronas que están respondiendo al susto para dedicarse a ejecutar las órdenes que recibe. En el peor de los casos, si no responde a lo anterior, procede recurrir a la poco elegante maniobra de “la sierra”: tire con fuerza de una y otra rienda alternativa y repetidamente y ruegue que resulte. Otra alternativa, si no hay peligros por delante, es dejarla correr un tiempo prudente y luego tratar de “administrarle” la huida hacia un giro amplio. Una vez controlada, no trate de tranquilizarla con caricias y palabras suaves pues sólo estaría premiándola por su exabrupto: inmediatamente “castíguela” con un par de giros estrechos hacia uno y otro lado y luego deténgala y dele unos 10-15 segundos para que procese la secuencia exabrupto-castigo. Ahora sí prémiela con caricias. Así Ud. consigue que aprenda que será castigada, que obedezca al jefe (los giros cortos son irresistibles si el caballo sabe doblar el cuello y ceder las extremidades posteriores) y que luego se le premie por hacerlo. En otras palabras, premie la respuesta al castigo y no al exbrupto. 
 
Pero hay que diferenciar entre el susto de un caballo y el pánico. El susto no es difícil de controlar y hasta predecir. El pánico es un estado que se prolonga y se va agravando progresivamente. Puede desencadenarse por un evento único, como una cuerda que se le enrede en una pata y lo retenga, o por una persistente alteración del ámbito que percibe el animal. Esto es mucho más peligroso pues el estímulo inicial no cesa. Ejemplo: montando una yegua muy tranquila ya algo cansada por una hora de trote y galope, transitábamos a pocos metros de un polígono y de pronto empezaron a disparar, muchos tiros en rápida e irregular secuencia. La yegua se asustó y se descontroló. Tal vez mi Sumalla habría iniciado una enfática fuga y eso no me habría provocado ningún incidente porque sé que puedo “administrarle” su huida, pero la que montaba se puso a dar saltos y nuevos disparos intermitentes y el impacto de las balas en el muro a muy poca distancia nuestra incrementaban su inquietud hasta que, en vez de “administrarle” su pánico soportando sus saltos y alejándola del lugar, tontamente traté de distraerla con una maniobra que obviamente no me resultó pues un caballo con sus pocas neuronas dedicadas al pánico ya no obedece a las órdenes del jinete. La maniobra me desestabilizó de tal manera que preferí dejarme caer. Más detalles al final de este documento, en el penúltimo de mis porrazos. 
 
En definitiva, el pánico debe ser “administrado” y no se pueden dar recetas pues el caballo lo expresa de muchas formas diferentes. Sólo la sabiduría del jinete le permitirá elegir la mejor opción y es obvio que me queda mucho por aprender. Lo único bueno que hice en el evento descrito fue renunciar a la monta en el momento en que me pareció más favorable para mis huesos. Pero hubo otra vez de la cual no salí bien pues pasé un gran susto, casi voluntario podría decir y ese incidente sirve para enfatizar la responsabilidad que el mejor jinete debe sentir por quienes dependen de él. Cabalgábamos con una alumna que aún no galopaba por un estrecho camino de tierra sin posibilidades de hacer la maniobra del giro amplio y aparece de pronto un camión que bloquea el paso. Mi caballo entra en pánico, hace un violento giro en 180° sobre sus posteriores e inicia una loca carrera para salvar su vida (así lo creyó). Eso no habría sido problema pues dejarlo arrancar un tramo prudente no habría sido más que montar a galope tendido y ya algo lejos lo habría convencido a detenerse. El problema fue que el caballo de ella siguió al mío y ella no iba a soportar ese galope así es que traté de detener enfáticamente a mi animal cuando aún no era prudente y sólo conseguí que hiciera todo lo posible por librarse de mí. En esa instancia, instintivamente sacrifiqué mi seguridad violando mi predefinida gestión ante el pánico para evitarle a ella una peligrosa caída. 
 
Este incidente sirve para exponer un concepto importante: una inmensa mayoría de los jinetes, incluyendo a muchos avezados, tienden a “humanizar” a los caballos, o sea a creer que el procesamiento de la información es en ellos similar al nuestro y que siempre entienden que el jinete tiene la razón. Eso es una grosera equivocación y por eso insisto en aprender a pensar como si uno fuera caballo y si yo hubiera sido caballo habría huido desaforadamente y me habría resistido a todos los intentos por detenerme, teniendo a tal espantoso peligro detrás mío y si mi jinete tratara de impedirlo lo habría considerado un traicionero obstáculo para conseguir salvar mi vida y habría tratado también de eliminarlo. Si, por el contrario, me hubiera dejado huir cuando me era indispensable, no lo habría sentido como un enemigo que trata de evitarme que me coman vivo.... 
 
Aunque se les puede catalogar de “tontos” por su pobre capacidad de análisis, los caballos tienen una memoria mucho más potente que la que supondríamos en un animal. Por eso hay que tratarlos en forma especial, como hacer todo lo posible para que al despedirse del caballo se haya conseguido una buena relación entre ambos. En otras palabras, si Ud. lo deja en la caballeriza o en el corral enojado con o asustado de Ud., así mismo lo encontrará la próxima vez que se le aproxime. Si lo bota con un corcoveo y Ud. decide abandonar el intento de montarlo y lo lleva al corral, es más probable que vuelva a intentar librarse de Ud. la próxima vez que quiera montarlo. Es decir, Ud. debe volverlo a montar al más corto plazo posible después del porrazo y sólo cuando el caballo lo haya aceptado podrán ambos irse a descansar. Para poner un ejemplo bien claro, al día siguiente del incidente de los disparos, la yegua se resistía a pasar por ese lugar, porque recordaba muy bien que allí ocurrían eventos amenazadores. Aún temiendo un nuevo incidente pero parcialmente protegido por estar acompañado por otros jinetes, no me costó nada vencer su resistencia. Sin compañía me habría costado mucho más. Eso es pensar como un caballo: se sienten más seguros si forman parte de una tropa. “Humanizar” a la yegua podría haberme inducido a enfrentarla a su temor en solitario y tal vez tener un serio conflicto con ella para demostrarle a la fuerza que yo mando. ¿Para qué buscarse problemas?: es mejor resolver el problema haciéndolo más fácil para el caballo. La conclusión, aplicable para casi todas las actitudes del caballo, es que hay que tratarlo de tal manera que le resulte difícil intentar lo que es indeseable (rebelarse o tener una reacción de huida) y fácil lo que a Ud. le conviene (soportarlo a Ud. y a sus órdenes). En otras palabras, mantenga Ud. un perfil bajo como dominador, pero intransigiente y utilizando con inteligencia la etología del caballo. 
 
Parada de manos (un “Bernardo O’Higgins”) 
Es una respuesta excesiva a la parada (una negativa a continuar) y debiera ser menos peligrosa que los corcoveos. El animal manifiesta con exceso su deseo de no avanzar. Puede expresarse en cuanto lo monta o en cuanto lo enfrenta a o aparece frente a él algo que lo asusta o cuando no quiere obedecer de puro mañoso. Otras veces, cuando está nervioso, empieza a dar pequeños saltitos con las manos y/o se siente que la parte delantera del caballo está muy liviana y eso es una buena señal para tomar las medidas apropiadas: tome una rienda en cada mano, cortas y un poco más tensas pero sin tirones y asegúrese de que no está las está tensando en exceso o si el animal no está asustado por lo que tiene por delante. En el último caso, distráigalo haciendo dar giros cortos (pida a su líder que le enseñe cómo hacerlo) y no lo acaricie hasta que no lo vea tranquilo. Si ha tratado que el caballo ascienda una subida empinada, o atraviese un curso de agua o si el animal se asusta por neumáticos, plásticos, escombros o lo que sea que tiene por adelante, espere a que pasen otros caballos y el suyo seguramente los seguirá tranquilo. 
 
La mayor parte de las paradas de manos son poco pronunciadas y terminan en un giro para rehuir el obstáculo, pero no las menosprecie y haga que el caballo salga del evento obedeciendo sus órdenes, las que deben ser lo opuesto a lo que él pretende. En la improbable posibilidad de que tenga una parada de manos pronunciada, lo ideal es no premiar al caballo soltándole totalmente las riendas, aunque tampoco se sujete de ellas pues podría hacerlo caer de espaldas sobre Ud. Si tiene la preparación necesaria, conserve un cierto contacto con el animal a través de las riendas y espoléelo para que salga para adelante en cuanto las manos se posen sobre el suelo. Adelante no significa seguir el mismo trayecto que rehusó: puede ser un giro amplio o estrecho, pero que no se detenga; oblíguelo a que le obedezca y a que tenga que esforzarse fuertemente, aunque tenga que “hacerse el leso” en cuanto a la dirección de la marcha. Controlado el incidente, deténgalo y castígelo con giros cortos. 
 
Si no está acostumbrado, es preferible que haga un buen intento para relajar las riendas pues su tendencia instintiva será tensarlas en exceso. Después del “castigo”, no deje de volver a intentar lo que el caballo rehusó, pero con órdenes claras. 
 
Receta: al pararse de manos, en general el caballo tiende a girar hacia la izquierda. Aunque decirlo es más fácil que vivirlo, la gestión del jinete ante este evento debiera ser la siguiente: 
 
  • Prevenirla. El caballo suele avisar que no quiere avanzar manifestando un marcado nerviosismo y uno puede sentir que el tren delantero está muy “liviano”. Aplíquele entonces un “chchchchchchch” seguido de un “valium” y/o deje que otro(s) caballos pasen el obstáculo antes que el suyo, pero no lo acaricie tratando de tranquilizarlo. 
  • Cuando ya se levantan las manos se mantiene una tensión moderada de las riendas para que el animal no se sienta liberado, pero se relajan a medida que se elevan más las manos del caballo, para evitar que caiga de espaldas sobre Ud. 
  • Cuando se percibe que el caballo está estable sobre las patas traseras (deja de elevarse), se le estimula a avanzar (presión de piernas y espuelas)  y a girar hacia la derecha (se incrementa la tensión de la rienda derecha), para que salga de la situación, no por su propia cuenta pues podría acostumbrarse a repetir la mala conducta, sino que respondiendo a una categórica orden del jinete. 
  • En cuanto el animal sale girando a la derecha, castíguelo con giros cortos, pero NO LO GOLPEE pues no comprende bien los castigos corporales y puede así desconectarse completamente del jinete y entrar en un estado de pánico. 
  • Aunque Ud. esté asustado, no deje de volver a intentar lo que el caballo rehusó, pues si se sale con la suya rápidamente aprenderá que la mala conducta lo libera de las órdenes suyas. Ud. ya está advertido y el caballo castigado: el siguiente intento será probablemente más benigno para Ud. 
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    Si no está capacitado para enfrentar esta situación, afírmese del pomo de la silla, bájese en cuanto pueda y contrólelo con una tensión continua pero no agresiva con la “mecate”, pero NUNCA use a las riendas para afirmarse. El pomo de la silla y los pelos de la cruz (tuza) son excelentes agarraderas para todas las instancias que lo hacen temer una caída. A los caballos no le molesta en absoluto que Ud. se afirme de la tuza, pero sí reaccionarán a los tirones de las riendas, negativa y peligrosamente si no sabe hacerlo en forma apropiada. 
     
    Como todos los jinetes con algún recorrido, he visto y vivido paradas de manos en numerosas ocasiones, pero hay tres de ellas que merecen destacarse. En ambas, el caballo era totalmente desconocido para el jinete, pero el resultado fue muy diferente: 
     
    1.- Un jinete que cabalga desde niñito monta sin preliminares a un potro y éste de inmediato se para de manos. Ante la inesperada situación, el jinete se trata de afirmar con las riendas, lo que hace que el animal se caiga de espaldas, lo aplaste y luego lo pise un par de veces con los saltos y corcoveos que son habituales cuando el caballo se libera por las malas de su carga. Un huaso bien experimentado tuvo que pasear un rato al potro para que se tranquilizara. Un jinete prudente habría gastado algunos minutos para “abuenarse” con el caballo. Un ejemplo más para fundamentar mi temor a los “acostumbrados”. 
    2.- Una amiga flaquita pero de gran temple, había iniciado su experiencia ecuestre con nosotros hacía menos de seis meses con caballos de campo. La primera vez que montó a una yegua “pituca” (del centro ecuestre) no tuvo conflictos en el picadero, pero al salir al pastizal vecino se le paró de manos dos veces seguidas. Ya le habíamos dado alguna instrucción teórica y manejó bien las riendas y la posición de su cuerpo. Tras la segunda parada de manos, le aplicó un par de dosis de “valium equino” y la yegua no le dió más problemas. 
    3.- Mi hija Paula tiene “alma de abuelita” y sólo retaba a los caballos en vez de dominarlos con gestiones enérgicas. Le asignaron la misma yegua porfiada, entrenada para pararse de manos en el transcurso de un espectáculo que se repitió por años. Cada vez que ella le ordenaba algo que la yegua no quería, como impedirle tratar de devolverse al centro ecuestre, se le paraba de manos espectacularmente, una y otra vez, lo que mi hija soportaba valiente y eficientemente. Pero sólo lo soportaba, no la castigaba y la yegua sabía que su jinete no era más porfiado que ella y así llegó a ser insoportable e insistir en hacer lo que quería. Montada por un jinete más intransigente, lo intentaba un par de veces y luego comprendía que no ganaba nada con eso y dejaba de hacerlo. No basta con ser amable con esa yegua, hay que demostrarle con las piernas y los castigos no corporales (giros cortos) que no le conviene portarse mal. 
     
    Una gestión de riendas en cierto modo similar a la de una parada de manos se plantea cuando el caballo debe escalar una subida muy empinada. Aunque sólo sea un par de metros, si la inclinación es fuerte el animal intentará subir el obstáculo acelerándose y dará fuertes impulsos con sus patas traseras y más aún si la pendiente es de arena o tierra blanda. Los que no están acostumbrados a la situación deben usar a la tuza o el pomo o “la quinta rienda” de la montura para afirmarse. Si Ud. no ha aprendido a equilibrar la posición de su cuerpo, sin el recurso del pomo o la tuza dará botes repetidos y de intensidad creciente sobre la silla y puede caerse resbalando detrás de la montura. Peor aún, si se “afirma” de las riendas y las tensiona en exceso, el caballo puede caerse de espaldas y aplastarlo. Los iniciados saben bien cómo equilibrarse liberando parcialmente a las riendas e inclinando el tronco fuertemente hacia adelante, afirmándose con las rodillas y levantando las asentaderas para evitar los fuertes golpes intermitentes de la silla cada vez que el caballo se impulsa con fuerza pero, a la menor duda, Ud. debe por lo menos relajar las riendas de inmediato y usar una mano para sujetarse como se indicó. 
     
    Cocoveos y Botes 
    El corcoveo suele ser una respuesta excesiva a la partida (excesivo entusiasmo o un enérgico reclamo del caballo) y debiera ser excepcional en un animal adecuado para principiantes. Es lo que más temo... 
     
    Suele presentarse en el transcurso de los primeros 5 o 6 pasos después de una partida, o bien cuando el caballo se hastía de que le hagan hacer una y otra vez el mismo esfuerzo. Ejemplo: mi nieto hacía saltar repetidamente una elevación abrupta a mi yegua, sin darle un descanso (habría bastado un paseíto relajado de vez en cuando); como a la décima vez, ésta se rebeló y trató de librarse del jinete. Pero más abajo le contaré cómo me ocurrió en otras circunstancias. 
     
    Una situación típica es cuando a un caballo brioso se le hace galopar en cuanto se le monta. Aunque me tilden de cobarde, antes de montar a un caballo que no conozco lo evalúo como ya se describió y luego lo paseo un rato sin exigencias, ojalá en un ámbito que le sea familiar. Eso nos da tiempo a ambos para conocernos: yo evalúo su nivel de obediencia y si está entrenado para ceder lateralmente el cuello y las ancas (lo que me tranquiliza enormemente) y él investiga mi capacidad de mando, la que expreso con firmeza pero sin agresiones ni caricias por el momento. Progresivamente lo exijo con algunos giros cortos (caricia si responde bien), sacándolo de su entorno habitual (llevándolo a una esquina del potrero, por ejemplo) y luego lo hago trotar y se repite la evaluación mutua. Si todo marcha bien, en pocos minutos ya estaremos galopando suavemente y volvemos a reevaluarnos. Es como lo que se debe hacer con un auto: no acelerar bruscamente hasta que el motor no se haya calentado... 
     
    Otra situación frecuente es cuando se galopa por terreno con ondulaciones más o menos marcadas: el caballo las asciende con entusiasmo, pero inmediatamente después del descenso, un caballo corcoveador siente una irresistible necesidad de hacer su gracia. Hay maniobras que pueden evitarlo, pero si no tiene experiencia mejor limítese al trote y nunca galope en terreno ondulado: he presenciado porrazos espectaculares de jinetes desprevenidos. 
     
    Un ejemplo reciente: por un par de meses nos propusimos con mi hija mayor mejorar el estado físico de nuestros caballos, que estaban obesos y carentes de suficiente actividad. Todo marchaba bien y el progreso era evidente pero el Jisk’a de mi nieto está tan amadrinado con mi yegua, que se desespera si no está cerca de ella. Pues un día ya habíamos cabalgado con mi nieto casi un par de horas, galopando con frecuencia y subiendo y bajando pendientes. El incidente se produjo al llegar a un amplio espacio plano después de un descenso y de inmediato lancé mi llegua al galope para practicar círculos, ochos y etc. El Jisk’a iba atrás y parece que en el descenso, corto pero pronunciado, quiso acercarse a la yegua y mi nieto se lo impidió. Bueno en parte porque galopar en descenso es difícil para el caballo y el jinete pero, no pensó como su caballo: al llegar al terreno plano debió concederle la libertad de ponerse a galopar de inmediato porque para él es imperioso saber que la yegua está cerca. Al no hacerlo, se rebeló y corcoveó varias veces y el jinete no hizo nada por resolver el problema: habría bastado con lanzarlo al galope. Al cuarto corcoveo mi nieto aterrizó involuntariamente. Errores: el Jisk’a debió haber ido adelante y así no se habría querido alejar de la yegua y todo habría sido dulce y pacífico (así es el Jisk’a y no lo tomamos en cuenta); yo debí haber esperado que el Jisk’a terminara de bajar antes de iniciar el galope; mi nieto, buen jinete con mucho equilibrio y que disfruta montando caballos bien difíciles en el picadero, no sospechó que eso podría ocurrir, no se preparó para el evento y soportó pasivamente los corcoveos. Otro caballo no habría hecho eso y éste es un buen ejemplo de que uno debe informarse de las mañas del caballo que va a montar si va a hacer algo más intenso que sólo “andar” a caballo y que el picadero es un ámbito muuuuy diferente para los caballos que el terreno abierto. 
     
    El corcoveo puede ser imposible de prevenir, pero el caballo no puede hacerlo sin bajar la cabeza. Por eso hay que mantenerse siempre alerta mientras se monta. La cabeza del animal debe estar donde Ud. quiere que esté y por eso prefiero montar con “contacto” y definitivamente no con las riendas sueltas. Si no estoy distraído, le aborto el más  mínimo intento por acelerarse junto con bajar la cabeza. NUNCA se debe montar distraído, pues el mejor de los caballos puede tener una reacción adversa ante situaciones que Ud. jamás imaginaría. 
     
    Pero en general avisan cuando van a hacer una maldad: un caballo inquieto, con el hocico en alto y el dorso levantado, que da pasos hacia atrás o simplemente no se queda quieto, está a punto de hacer una tontera. El remedio es simplísimo: basta hacerlo girar la cabeza hacia un lado (o mejor, que haga algunos giros cortos hacia uno y otro lado). Con la cabeza lateralizada, desvinculada de la dirección de la columna, al caballo le cuesta mucho tratar de librarse de Ud. Puede seguir exitado, pero le costará mucho botarlo a Ud. Con sólo eso Ud. consigue tiempo para identificar la causa del nerviosismo y corregirla. Si no sabe qué le pasa, hágalo andar, preferentemente en círculos amplios o estrechos según las circunstancias (con la cabeza lateralizada), porque desde el mismo momento en que Ud. lo hace mover las patas ya lo tiene bajo su control y el animal lo reconoce y acepta. Detenido, el caballo es mucho más difícil de controlar. El gran problema es que la mayor parte de los caballos que he montado no han sido entrenados para ceder el cuello y entonces se enojan o se exitan. Por eso es que hay una tremenda diferencia entre montar a mi yegua, nerviosa y mal genio pero entrenada a mi gusto, y cualquier otro caballo desconocido. 
     
    Pues bien, tras un terrible porrazo, adopté la táctica que sigue para los corcoveos sin razón aparente. Ya expresé que las maniobras de emergencia deben seguir un orden predeterminado. Si el animal no me lo advirtió antes a través del lenguaje corporal recién descrito, al más mínimo intento inexplicable por acelerarse bruscamente por su cuenta y bajar la cabeza, le emito un  “chchchchchchch”, se la levanto de inmediato y categóricamente con la rienda exterior y lo acelero aún más con las piernas. Acelerarlo, si el caballo obedece, lo hace impulsarse con las patas pisando el suelo en vez de apoyarse sobre las manos para corcovear. El animal reconoce así que alguien lo manda e inicia la marcha que quiso rehusar. Si la silla no lo está dañando, solamente quiso librarse del jinete y no lo consiguió. Pero si el caballo logra corcovear, no me quedaré aguantando los corcoveos: trataré de detener al animal con el “freno de emergencia” que se describe más abajo, luego lo castigaré con (le haré sufrir las consecuencias de) un par de círculos estrechos hacia uno y otro lado para que aprenda que si intenta botar al jinete sólo obtendrá órdenes para un esfuerzo adicional y en seguida volveré a dar una señal de partida y a repetir la secuencia cuantas veces sea necesario hasta que la respuesta sea adecuada. El animal comprenderá que los corcoveos sólo lo obligan a trabajar con los giros y tarde o temprano iniciará una partida serena. Espero que esto resulte, porque los corcoveos son mi peor pesadilla y mis huesos sexagenarios son frágiles. 
     
    Una nota referente al aparejo y a los corcoveos. Algunos caballos suelen levantar con tanta brusquedad la cabeza que ésta puede golpear la cara del jinete. Para evitarlo se le instala un “bajador” o martingala que, unido a la cincha y con argollas por las que pasan las riendas entre la embocadura y las manos del jinete, hacen que éstas siempre traccionen hacia abajo, aunque el jinete lleve las manos muy arriba. No es una mala idea para aquellos que no han aprendido a mantener las manos bien bajas, pero si el caballo es uno de aquellos que corcovea es imposible levantarle la cabeza para impedirlo. Por eso las evito. ¿No es acaso mejor aprender a traccionar las riendas en la forma adecuada para cada circunstancia?. Es decir, bajo la cruz del caballo si éste se exita y tiende a levantar el hocico, o tener la posibilidad de levantar una rienda para elevar la cabeza cuando se anticipa un corcoveo. Lo que quiero decir es que los aparejos no reemplazan a la performance de un buen jinete y que, si éste sabe manejarse, tiene mayor libertad para transmitir órdenes al caballo mientras más simple sea el aparejo. 
     
    Si no se cree capaz de enfrentar el problema, mejor desmonte en cuanto pueda. Para eso, sus pies no deben estar profundamente embutidos en los estribos, sino sólo apoyados en ellos al nivel de las cabezas de los metatarsianos, la parte prominente de la planta antes del nacimiento de los ortejos (dedos del pie) y ambos pies deben llegar al suelo al mismo tiempo cuando desmonta. El líder de la tropa puede enseñarle los detalles al lado del caballo. No dude en pedir consejo. Ya lo dije, el machismo y el orgullo son responsables de buena parte de los incidentes desfavorables. En seguida y bien enseguida, pídale al líder que consiga que el caballo recupere las respuestas normales de partida, para que no se quede con la idea de que puede librarse del jinete así no más. El líder, según su estilo, tratará de dominarlo a lo “macho machote”, tranquilizarlo o, lo que me parece absolutamente más racional, “castigándolo” con giros estrechos pero sin insultos corporales. 
     
    Otra conducta agresiva de los caballos son los “botes”, un claro intento por liberarse del jinete: levanta un poco las manos y luego, en cuanto las apoya sobre el suelo, levanta las patas traseras, en una rápida secuencia. El jinete entrenado inclina instintivamente su tronco hacia adelante y luego hacia atrás para mantenerse equilibrado y en seguida le aplica el freno de emergencia y luego le hace sufrir las “consecuencias” con giros estrechos, pero el novato pierde el control del caballo y éste lo percibe de inmediato: lo mejor es que desmonte en cuanto pueda y que el líder lo monte para demostrarle que no le es tan fácil salirse con la suya. 
     
    Freno de emergencia 
    Es lo que nunca se enseña. Quisiera que todos los caballos que monto hubieran sido entrenados para ceder el cuello, es decir, flexionarlo intensamente hacia un lado con serenidad, llegando a tocar con su nariz al estribo cuando recibe la orden apropiada. Pero ésta es una respuesta que debe entrenarse y a  pocos caballos se la ha enseñado, lo que me asombra. 
     
    Con el cuello tan lateralizado, al animal le es imposible equilibrar sus extremidades para corcovear, rebotar, pararse de manos o desbocarse. Si el caballo está entrenado, es muy fácil provocar la cesión del cuello, pero Ud. no aprenderá la maniobra a menos que se la expliquemos en terreno, con un animal adiestrado y la practique una y otra vez, decenas o centenas de veces hasta que consiga una respuesta apropiada del caballo y antes de iniciar la cabalgata. Aunque una buena cesión lateral del cuello es el primer paso para acostumbrar al animal a que abandone la natural y peligrosa reacción de levantar el hocico, no siempre tengo el tiempo o la oportunidad de crear la respuesta en los caballos que monto, pero me siento muy tranquilo cuando la conocen y creo que me ha ahorrado más de un disgusto serio. Es como aplicar el freno de mano cuando el pedal de freno de un automóvil no funciona. Debiera ser obligatoria en los caballos para turistas. 
     
    Iniciando el freno de emergencia. Una yegua con mala fama intenta una escapada, con el hocico adelantado. El jinete inclina un poco (pero poco) el tronco hacia adelante pues ésta es una actutud moderadora (permisible sólo si sabe afirmarse con sus rodillas en los morcillones) y la mano derecha ya ha acortado (aunque menos de lo óptimo) la toma de la rienda derecha y la llevará con firmeza pero sin brusquedad hasta la cintura, a la vez que se relaja la tensión de la rienda opuesta. Manteniendo a toda costa la posición de la mano en el cinturón del jinete, el animal reclamará lo que quiera, pero muy pronto se detendrá. Luego se le demostrará que esa conducta sólo lo obliga a soportar esfuerzos adicionales, haciéndolo ejecutar varios giros estrechos hacia uno y otro lado y sólo cuando se apacigüe se le premiará cesando los estímulos y acariciándolo. Si no se le permite que deje de flexionar fuertemente el cuello y que consiga adelantar el hocico, por mucho que el caballo se resista y alegue, el jinete no corre peligro. Si éste se asusta y aborta la maniobra, es muy probable que el animal siga comportándose aún más agresivamente pues ha obtenido un premio por sí mismo, venciendo al jinete.
     
     
    Mis derrotas 
     
    Estoy muy, muuuuy lejos de ser un jinete avezado, pero he sobrevivido a ya no sé cuántos cientos de horas montando sin más huesos rotos que una costilla. A falta de mejores instrucciones prácticas, me atreví a proponer estos consejos. Quise dejar bien claro que no son teóricos, sino que producto del dolor de mi cuerpecito. No tengo experiencia en saltos, pero sí he cabalgado desde niño amparado por la suerte pues nadie me enseñó lo básico. Así corrí en hipódromos, viajé noches enteras en pelo, cabalgué durmiendo, perdí animales en plena cordillera y monté irresponsablemente caballos de los cuales nada conocía (como quien maneja a un auto arrendado), hasta que me decidí a aprender en serio. Los años me han incitado a ser prudente y a tratar de dejar de ser ignorante y me dí cuenta de cuán afortunado fui pues sigo enterito. 
     
    Mis derrotas pueden ayudarlo a evitar que le ocurra lo mismo. Revisando mis errores, y seguramente en el futuro cometeré otros, resaltan los siguientes: 
     
    Quedarse sin caballo 
    1) Era poco más que un adolescente cuando, en Palena y en territorio despoblado, subimos por un vallecito hacia la cordillera con mi amigo, desde un lago que lo interrumpía y donde había un corral. Tras varias horas, desmontamos para descansar y comer algo pero mi amigo, aún más ignorante que yo, dejó suelto a su caballo y éste se arrancó. No conocía la “mecate” por entonces. Torpemente, dejé a mi amigo a cargo de mi animal para tratar de atrapar al otro, pero también dejó que el mío se arrancara. Primera crítica: debí haber sabido cómo se debe asegurar a un caballo en reposo y darle claras instrucciones a mi amigo. El valle era estrecho y estaba cerrado en lo bajo por el lago, por lo que los caballos inevitablemente entrarían tarde o temprano al corral si no los arréabamos hacia la cordillera. Pero quedamos sin comida ni abrigo a decenas de kilómetros de un asentamiento humano. Ocupamos larguísimas horas correteando a los animales hacia abajo, a ratos bajo la lluvia, tratando de prender fuego con leña mojada cuando el descanso era imperioso y alimentándonos de vez en cuando con insípidos bivalvos que sacábamos del fondo de arroyos de aguas gélidas. Llegamos exaustos al campamento pero contentos de que el incidente no se produjo aún más lejos de éste. Pudimos haber sufrido graves consecuencias. Mi amigo tenía los pies hechos una miseria, pero yo calzaba buenas botas militares y pude mantener mi capacidad de marcha.  
     
    Moraleja Nº1: en el descampado, Ud. depende de su caballo y no puede perderlo. Si lo amarra a un árbol con las riendas (o aún la “mecate”), cualquier estímulo poderoso (susto o ansias de acercarse a un pasto más tierno) puede hacerlo liberarse rompiendo la cabezada o las riendas. Use una jáquima-rienda o si no dispone de ella amárrelo con una cuerda firme al cuello con un nudo no corredizo para que no se ahorque si intenta liberarse y nunca, nunca deje de ponerle las riendas antes de ensillarlo y nunca, nunca deje de tenerlas bien aseguradas cuando lo ensilla, para controlar oportunamente un mal comportamiento. Las riendas se ponen antes que la silla y se retiran después de ésta, aunque el caballo esté amarrado. 
     
    Moraleja Nº2: en el descampado, si ha de llegar a un lugar donde puedan socorrerlo, dos elementos son esenciales: agua y un buen calzado. Si es parte de una tropa, sus compañeros podrán aportarle agua, pero si su animal se lesiona, se desbarranca o muere, puede tener que caminar largas horas, lo que es imposible con botines de huaso o botas chantilly. Consígase botas troperas militares o, si no es posible, no deje de llevar también a su mejor calzado para caminar y asegúrese que lo tendrá consigo aunque el animal se arranque. Lo mismo para por lo menos medio litro de agua si cabalga en solitario por nuestra árida sierra. He caminado unas 10 horas medio perdido en una pampa despoblada con sólo una botella de agua, pero aún estaría perdido sin mis zapatillas regalonas. 
     
    2) Otra vez, llegando a Livilcar en lo alto del valle de Azapa bajo un sol que agonizaba, me apresuré a fotografiar a la iglesia y amarré a mi caballo con las riendas, las que no le alcanzaban para acceder a la alfalfa vecina. De un solo tirón rompió la cabezada y se liberó. No arrancó lejos pues habían otros 10 caballos pastando, pero perdí una cabezada y para volver a Arica tuve que repararla con cuerdas que llevaba para emergencias. 
     
    Moraleja: en el descampado (y siempre), no puede preocuparse de Ud. antes de haber atendido a su caballo. Sin él, Ud. no es más que 70 kilos en dos patas frágiles y desperdicia casi media tonelada de músculos en cuatro patas y dispuestas a obedecerlo aunque el animal muera en el intento. Además, no deje de llevar utensilios de respuesto y una buena cortapluma. La jáquima-rienda que ya describí me habría ahorrado el disgusto. 
     
    3) Ya había anochecido después de una cabalgata por la playa y esperábamos al carro de arrastre con dos caballos, a los que amarré con una cuerda larga afirmada en su parte media a una piedra no suficientemente pesada para la mole musculosa que es el Quinterano. Me descuidé conversando con mis acompañantes y cuando llegó el carro, no estaban los animales. Había una débil luna creciente y muchos kilómetros de playa y pastizales. Tras media hora de búsqueda infructuosa durante la cual mi nieto se lamentaba de la pérdida de su grandes amigos, el Chinchorro y el Quinterano, los encontramos tierra adentro a unos tres kilómetros, camino a un establo donde antes estuvieron por meses. 
     
    Moraleja: primero los caballos, segundo los caballos y lo de Ud. al último, pero siempre atento. 
     
    4) Una vez, antes de ensillarla, amarré a mi yegua a una escalera que estaba tumbada en el suelo. La escalera era bien pesada pero era arrastrable y la yegua estaba tranquila. Pensé que por un rato bastaría y me equivoqué pues ocurrió lo inesperado que siempre debe esperarse: de pronto, simplemente porque pasé a su lado con un bulto de pasto para otro caballo, se asustó y en vez de encontrarse con una amarra superior a sus fuerzas, arrastró a la escalera. Si la hubiera amarrado a algo más consistente tal vez podría haber cortado la cuerda con su reacción evasiva, pero arrastró la escalera y el peso de ésta se le debe haber imaginado un monstruo que la retenía parcialmente. Corrió locamente por todo el espacio disponible hasta que la escalera se trabó en mi camioneta y se cortó la cuerda. Resultado: una yegua aterrada, una escalera rota, mi camioneta abollada y mi “mecate” destruída. Si hubiéramos estado en un espacio abierto y no se hubiera podido liberar de lo que arrastraba, aún estaría tratando de encontrar a mi regalona. 
     
    Moraleja: Nunca amarre a su caballo a algo que pueda arrastrar. Sólo hágalo a algún elemento inmóvil o con una cuerda que se corte fácilmente. Si el caballo tiene una reacción de pánico y no consigue mover lo que lo retiene y la cuerda no se corta, se aterrará y retrocederá con el hocico levantado y con una fuerza y violencia que Ud. no se la imaginará a menos que la haya presenciado. Si el animal entra en pánico, aún un punto de amarre sólido y una cuerda resistente pueden provocar un escándalo mayúsculo y hasta lesionar al animal. Aunque poco práctico, lo ideal sería amarrar al animal a algo sólido, pero mediando una cámara de neumático. Así, su intento por liberarse se encontraría con una resistencia progresiva y elástica, similar a la que Ud. debiera aplicarle en esas condiciones, y el intento por liberarse tendría  menos posibilidad de manifestarse con toda la fuerza de esa tremenda mole de músculos. Ya sé que no es práctico andar acarreando este implemento, pero lo menciono porque sirve para ilustrar la etología del caballo. 
     
    5) Era una noche oscura y estábamos en medio de la pampa, hasta donde habíamos llevado los caballos en un camión. El viaje debe haber tenido algo de traumático pues mi yegua, de carácter nervioso pero ya confiando en mí desde hacía meses, estaba nerviosa y al acercarme emitía el “trtrtrtrtr” que hace un año era rutina pero que no había escuchado de ella desde entonces. Tontamente, le llevé forraje con la misma despreocupación con que lo hago en mi casa, pero bastó la luz de la linterna emergiendo desde la oscuridad y un mínimo movimiento brusco para que la Sumalla rompiera amarras y partiera despavorida hacia la oscuridad, casi atropellando a quien me acompañaba. 
     
    Aquí tengo que dejar bien en claro que si un caballo consigue evitar una gestión arrancándose o asustando al jinete, adquiere un arma que con certeza volverá a utilizar. En consecuencia, deben tomarse todas las precauciones para que el caballo NUNCA se salga con la suya. Pues no hice caso a eso y a la madrugada siguiente, en cuanto la ensillé huyó despavorida otra vez: ya sabía que así se liberaba de mí. Recapturada, en cuanto pisé sobre el estribo para montarla, inició una fuga espectacular y yo preferí abortar y tirarme al suelo. 
     
    Finalmente el problema se solucionó liberándola de la carga, montándola con ayuda de otro jinete que la controlaba con una cuerda amarrada al cuello y luego pasada por los aros de la embocadura para ejercer una mayor fuerza controladora y galoparla, detenerla, hacerle hacer giros estrechos, etc., hasta que recuperara la memoria de que es el jinete el que manda. Sin esa media hora de maniobras, habría repetido el escándalo cada vez que la ensillara o montara. 
     
    Moraleja: Basta una vez que el caballo se salga con la suya para que aprenda que así se libera del jinete. Se necesita mucha capacidad, tiempo y paciencia para hacerle entender que eso está prohibido. Cada vez que haga lo que sea con su caballo antes de montarlo, planifique con anterioridad sus movimientos y precauciones, aunque el caballo le parezca manso. Al instalarle por primera vez una baticola, por ejemplo, téngalo muy asegurado con una “cabezada de doma con polea” para que no consiga reaccionar con su inmensa fuerza. Si Ud. consigue que la primera vez lo acepte, es casi seguro que lo aceptará sin chistar la segunda vez, y viceversa. La primera vez, ésa es la gran ocasión en la cual Ud. debe ser el triunfador. 
     
    Desbocadas 
    Ya había tenido problemas menores para desacelerar a un caballo, pero la única vez que estuve cerca de un desbocamiento se debió, como todos los accidentes, a una conjunción de factores. Durante una semana y acumulando unos 200km, con mi hija Valeria habíamos cabalgado mañana y tarde por la pampa húmeda de Argentina cerca de Buenos Aires, donde usan siempre embocaduras (aparejo que responde a las riendas) agresivas (freno de palanca, poco utilizado en Chile) y habiéndolas sustituído por el “filete” o “bocado” articulado que se usa en la equitación clásica. Creo que estos caballos nunca o casi nunca habían sido montados sin el freno de palanca, pero no habíamos tenido problemas montando a varios otros ejemplares del lugar, aunque sí al dueño de la estancia le preocupaba nuestra elección. A Valeria le encanta galopar y de vuelta de una cabalgata de un par de horas y cerca de la estancia, nos entusiasmamos dejando que los caballos corrieran a su gusto por un camino sin posibilidades de círculo amplio. De pronto, mi caballo, que iba un poco adelantado, dejó de responder al control de velocidad. Le pedí a Valeria que frenara al suyo, pero éste no obedeció. Ella iba bien sentada en la silla inglesa y estable, pero mi caballo tenía un galope duro que me hizo adoptar la posición de dos puntos, con las nalgas levantadas sobre la silla y el tronco inclinado hacia adelante. Mi montura era por fortuna un “recado” gaucho cuyos estribos caen en la línea de la cincha, más o menos como las sillas “forward” a las que estoy acostumbrado. 
     
    Con repetidas tracciones de una y otra rienda logré reducir la velocidad pero el caballo se negaba a detenerse y sólo lo hizo cuando conseguí girarlo con cierta brusquedad hacia un lado, maniobra que habría sido peligrosa a mayor velocidad. Mi caballo se detuvo exitado pero controlado y Valeria pudo detener al suyo. Después de caminarlos un rato, entramos a la estancia galopando a media velocidad y los caballos se comportaron como si nada hubiera sucedido. Incluso nos entretuvimos un rato sorteando barriles al galope, lo que demuestra que estos caballos eran controlables con una embocadura menos agresiva que la que siempre usaron, pero nuestro error fue sobrepasar despreocupadamente el límite de la prudencia. 
     
    Moraleja: Cuídese del galope tendido, especialmente si no conoce bien al caballo. Nunca lo permita de vuelta a la querencia y menos cabalgando con compañía. Si un compañero sobrepasa el límite de la prudencia, retenga inmediatamente a su caballo para que mantenga la cadencia que Ud. desea. Mientras galopa con un grupo, asegúrese de que el animal responde a las riendas desacelerándolo de vez en cuando con tracciones de una de ellas y no le permita acelerarse más allá de lo que Ud. estima prudente ni adelantarse a los otros animales. Si no responde, gírelo en 90º antes de que desarrolle una velocidad excesiva, o aplíquele el “freno de emergencia” si Ud. y el caballo lo dominan bien. Si todo su grupo se acelera con imprudencia, retenga a su caballo (quedará muy exitado) y tranquilícelo con iterativos giros cortos; con eso distraerá al animal y le demostrará que Ud. manda. Si el resto del grupo se desbocó, cabalgue en otra dirección pero con el caballo bien controlado a través de un contacto categórico, pues es probable que su exitación persista. 
     
    Por nada en el mundo permita que su caballo se lance tras los otros, aunque le asuste su porfía por hacerlo. Llevarle la contra en estas condiciones probablemente no generará una parada de manos o corcoveos. No es muy difícil evitar un desbocamiento, pero una vez consolidado es muy difícil de controlar. Aunque el galope tendido en un campo abierto tiende a estimular excesivamente al animal, por lo menos tiene la posibilidad de ponerlo en un círculo amplio, lo que es imposible en un sendero con barreras a ambos lados. No conozco ningún truco mágico para detener una escapada, por lo que, después de esta experiencia, me preocupo de evitarla. 
     
    Lo que sí es cierto es que el culpable es siempre el jinete, aunque nos cueste aceptarlo. Una vez que no asistí a las prácticas del centro ecuestre, un compañero montó a mi pacífica yegua “Depurada”, tal vez la más pacífica del centro pero que se exita en terreno abierto. Terminada la sesión dijo: ”parece tan tranquila cuando la monta Renato, pero me cargó y tendía arrancarse”. Bueno, la yegua tiene un galope muy áspero y demoré meses en armonizar mi cuerpo con sus movimientos y conseguir no dar botes sobre la silla y evitar que se exitara más de lo convieniente. Mal caballo diría él, confiable digo yo y la diferencia se debe casi exclusivamente a las órdenes que el animal recibe. Mi compañero insiste en iniciar el galope con taconazos desincronizados con el ritmo del caballo, al estilo campesino: “Taconea, taconea, que ya galopará”. Pues la Depurada, decana en ejercicios ecuestres, exige órdenes precisas y parte al galope de inmediato si se le saca “a la mano”, o tiene un comportamiento errático si se le taconea sin orden ni preocupación por la mano que iniciará el galope. Poco o nada se preocupan los campesinos por galopar a la mano, en gran parte porque no trotan bien. Pero esta veterana sabe que el espuelín que presiona a la altura de la cincha en el mismo lado donde ella apoya su mano y el otro espuelín presionando atrás de la cincha y la mayor tensión de la rienda del lado de “la mano” y el tronco del jinete inclinado hacia atrás, significa “galopa” y lo hace con gracia y suavidad. Pero espoloneos erráticos e irrespetuosos de “la mano” la confunden, le hacen liberar adrenalina y se hace insoportable, se cubre de sudor y se comporta agresivamente y lo único que quiere es llegar pronto a su corral. 
     
    Me dirán que es una yegua “mañosa como caballo de milico”, pero no concuerdo. Mis caballos campesinos martirizan al jinete con un trote áspero antes de galopar cuando éstos taconean sin orden. A la inversa, me basta aplicar la descrita secuencia de órdenes para iniciar un galope sereno con casi cualquier caballo no adiestrado en la sofisticación ecuestre pues creo que es algo que está grabado en el sistema operativo del caballo. Desde el reposo o el trote, casi siempre y casi todos galopan de inmediato si los estímulos concuerdan con la mano que iniciará el aire. No se requieren taconeos ni fustazos: simplemente sutiles órdenes en el momento apropiado (cuando la mano que iniciará el galope pisa el suelo). Eso se aprende en los centros ecuestres.... 
     
    Iniciado así el galope, el caballo sabe que lo monta alguien que lo comprende y tiende a comportarse bien; de otra manera se confunde, quiere librarse de quien lo monta y eso parece una mala conducta. Hay caballos imposibles, por cierto, pero hay muchos más jinetes desubicados... 
     
    Porrazos 
    No han sido muchos, porque debe haber un dios que protege a los ignorantes. Los describo a todos, pese a que sólo me he caído 5 veces en los últimos 8 años y harto he cabalgado en muy diferentes escenarios en ese tiempo y casi siempre buscando terrenos u obstáculos difíciles y con muchos tipos de monturas. La conclusión la expongo de inmediato para reforzarla: TODOS mis porrazos han sido culpa mía, no del caballo. Es que aún tengo tanto que aprender.. 
     
    1) Hace muchos años, antes de saber que los caballos no son máquinas de respuestas predecibles, galopábamos con entusiasmo por un sendero del valle de Lluta con un amigo. En cierto lugar el sendero llegaba a un espacio abierto sin una precisa indicación (para el caballo) de que proseguía algunas decenas de metros más allá. Esperando que el animal lo comprendiera, no me preparé para un brusco giro del caballo hacia donde creyó que debía ir (ni supe abortarlo impidiéndole girar las ancas con mi talón externo) y ni me dí cuenta cuando ya estaba en el suelo y el caballo, liberado, corcoveaba de lo lindo. 
     
    2) Otra vez, cuando el hipódromo local agonizaba, tratamos de ayudarlo con un espectáculo original: descendíamos en paracaídas y luego corríamos una carrera de jinetes-caballeros. Parece que fue a la tercera vez cuando me pareció que mi caballo se acercaba peligrosamente a la cerca interior al entrar a tierra derecha. Galopando parado en los estribos pues la silla es pequeñísima y sujetándome con las rodillas y movimientos acordes con el ritmo del caballo, no supe alejarlo de la cerca con los estímulos adecuados, perdí el ritmo y la cincha elástica cedió, la silla se deslizó hacia un lado y quedé con un estribo abajo y otro tan arriba que tuve que dejarlo. Tras afirmarme de la tuza, improvisé como pude una caída de aterrizaje paracaidística con cierto éxito y por suerte los caballos que iban atrás no me pisaron. Atrás nos seguía una ambulancia y me invitaron a abordarla pero, orgullo de porfiado, no lo acepté y llegué hasta la meta trotando a pie. Es que no hay que dejarse dominar por  las adversidades de la equitación. 
     
    Moraleja:  riendas, piernas y piernas. No permita que éstas pierdan el contacto con su caballo, aunque esté corriendo a galope tendido. Si lo hace, el animal va por y hacia donde le parece más natural. Otra: no deje de pensar como caballo. 
     
    3) Había una yegua que me encantaba y con ella atacaba a los perros que le ladraban. La estaba galopando en pelo sin ser eficiente en la técnica, cuando apareció un perro temible para ella y la hizo saltar a un lado y yo seguí hacia adelante, caí sobre una piedra y me fracturé una costilla. ¿Mi pecado?: no tener a mis piernas bien adosadas al caballo, algo en lo que insisto majaderamente. Aunque bien adolorido, ya sabía que debía volver a montarla de inmediato, pero que me dolió, me dolió. 
     
    Moraleja: no sobreestime su capacidad ni subestime la posibilidad de una reacción inesperada de su caballo. Aún hoy palpo el callo de fractura que me quedó y le agradezco la lección. Si no está seguro de su capacidad, no deje de afirmarse de los pelos de la tuza, con o sin montura. 
     
    4) Ya de alumno en el centro ecuestre, monté por primera vez a un caballo que no conocía. Después supe que lo tildaban de “rompe-coxis”. Me habían pedido una maniobra y ya trotaba tranquilamente para reunirme a la tropa, cuando de pronto se aceleró como iniciando un galope, bajó la cabeza hacia un lado, corcoveó y me lanzó en un salto mortal por sobre su cabeza y aterricé golpeándome la espalda. Ha sido mi peor porrazo, pero no he sido el único en experimentarlo con ese animal. Después supe que era una maña del caballo que se repite cada vez que lo montan (aunque no cuando lo hace mi instructor, lo que demuestra que en la equitación el “feeling” y el “savoir faire” son tanto o más importantes que en el velerismo, el motocilismo o cualquier otro deporte en el cual Ud. esté a bordo de un ente o máquina que tiene su propio genio) y que también puede aparecer cuando el caballo cree o siente que el jinete no lo está controlando. Por cierto, volví a montarlo de inmediato, pero me dejó dolorosos recuerdos por un par de semanas. Seguí montándolo en otras ocasiones, pero ya estaba advertido de su truco y pude abortarlo cuando lo intentaba. Ese animal necesita saber que, a través de la permanente reiteración de estímulos con las riendas y piernas, porta a un jinete que lo manda con firmeza. 
     
    Moraleja: no monte caballos desconocidos sin informarse de sus mañas. Nunca se descuide (no pierda el permanente contacto con el caballo) pues el animal más pacífico puede de pronto querer liberarse de la carga. Tal vez el “rompe-coxis” no le corcovea a mi instructor porque éste lo mantiene permanentemente controlado con sus piernas y reconoce a tiempo los primeros indicios de la secuencia del animal y los corrige de inmediato. 
     
    5) Una de las más pacíficas de las yeguas del centro ecuestre donde pretendo aprender a cabalgar como se debe, le teme al ruido de los camiones cuando pasan el cambio de velocidades. Me gustaba soportar el saltito que daba hacia un lado, pero quise quitarle la maña. Deliberadamente la dirigí a una esquina del rectángulo para acorralarla en el preciso momento en que sabía que se asustaría, para impedirle el salto. Resultado: se paró de manos. En general, los caballos tienden a girar a la izquierda cuando hacen un “Bernardo O’Higgins”, pero no le había dejado espacio para hacerlo y temí que se cayera hacia ese lado, por lo que preferí dejarme caer para liberarla. Mala idea, pues me caí hacia la izquierda precisamente: por fortuna no me pisó. 
     
    Moraleja: no acorrale a su animal sin posibilidad de un escape controlable, pues, sin éste, puede caer sobre Ud. y/o expresar una violencia impresionante. Otra vez, piense como caballo y sepa que ellos también pueden sentir claustrofobia y no les cuesta hacerlo, créame. 
     
    6) Este no fue un porrazo mío sino de una valiente dama que confiaba en nuestra capacidad para instruirla, por lo que lo asumo con más dolor que el que ella sufrió, sin lesiones por suerte. Ella sabía tomar bien las riendas y galopar con la eficiencia de un principiante. Nos acompañaba Paula, mi hija mayor, también principiante por entonces y mi amigo Carlos. La lección del día era que, cada cierto tiempo con Carlos y previa advertencia, partíamos al galope para obligarlas a contener a sus caballos y lo hacían bastante bien, hasta que, desde un terreno plano, vimos a los hijos de un amigo observando el paisaje montados en la cima de una pequeña colina. Carlos y yo la subimos al galope sin aviso previo y los caballos de ellas no tardaron en seguirnos. El galope por una pendiente ascendente es duro y desestabilizador y nuestra alumna no tardó en caerse sin que su caballo hubiera hecho más que lo que le parecía obvio: seguirnos. ¿Porqué se cayó?: porque no estaba preparada para esa instancia. ¿Porqué se dió esa instancia?: porque ellas no pensaron como caballo y no gestionaron a tiempo las maniobras para mantenerlos en el plano. 
     
    Moraleja Nº1: nunca se descuide, siempre piense qué es lo que el caballo hará ante un evento inesperado y manténgase siempre en condiciones de controlarlo. Abortar una gestión no comandada no es difícil y ellas ya sabían cómo hacerlo, pero controlar a un caballo que ya ha decidido por sí mismo lo que quiere hacer requiere mucha más capacitación. Simplemente, ellas se comportaron como si estuvieran montando bicicletas... 
     
    Moraleja Nº2: si Ud. es un jinete eficiente y monta con principiantes, deja de ser un buen jinete si no cuida a sus acompañantes y otra vez, si no piensa como los caballos de ellos. Prácticamente todo lo que Ud. haga con su caballo tendrá un efecto predecible sobre los otros y es su obligación tenerlo muy presente. 
     
    7) Otro porrazo no mío pero que me dolió mucho, pues fue consecuencia de la violación de todas las normas de seguridad que propongo. Estando yo ausente, un adulto que alguna vez fue un buen “saltador” (para no otorgarle el título de “jinete” que requiere mucha más preparación) usa a mis caballos para pasear con su hijo (buen saltador y en vías de aprender a ser jinete). Salen a pasear por los caminos de tierra que rodean a mi parcela pero, no familiarizados con mis monturas troperas y otras no chilenas, deciden hacerlo montando a pelo y el muchacho en la impredecible Sumalla. Ninguno de los dos tenía experiencia en cabalgar sin montura y ambos asumieron que si la Sumalla parece tranquila cuando la monto es porque es “mansa”. Pues no cabalgaron más de 100m cuando un portón que se abre de improviso lanza a la Sumalla a una huida violenta y obviamente el muchacho se cae, sin las graves consecuencias que pudo tener. 
     
    Moraleja Nº1: repito, no sobreestime su capacidad ni subestime la posibilidad de una reacción inesperada de su caballo. La Sumalla arranca con tal violencia que yo, no versado en la monta en pelo, me caería inevitablemente. 
     
    Moraleja Nº2: repito otra vez, no monte caballos desconocidos sin informarse de sus mañas. 
     
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