Desde Putre a las Pictografías de Incani y Wilaqawrani 
 
Putre es la Capital de la Provincia de Parinacota, al interior montañoso de Arica y a 3.500msnm (detalles en http://www.infoarica.cl/1ta/arica_territorio_00026c.htm o en el e-book “Arica, Territorio Andino” si dispone del CD: Capítulo Arica Profunda\Putre). Es el único poblado de cierta importancia que está en la Cordillera de los Andes propiamente tal. 
 
Vista parcial de Putre.
 
Otros poblados serranos están más al oeste, entre los Andes y una cadena montañosa de menor altura que la Cordillera propiamente tal (Sierra de Huaylillas). Estos poblados provienen de asentamientos de etnias costeras y altiplánicas que interactuaron intensa y a veces belicosamente tras el colapso del Tiwanaku hace algo menos de 1.000 años. La ubicación de éstos se explica porque es en la Sierra de Huaylillas donde nacen los cursos de agua que llegan a Arica y era la producción agrícola de los valles bajos lo que ambicionaban los altiplánicos y defendían los ariqueños. Quien controla el agua controla los valles... 
 
Por su ubicación geológica, poco o nada tuvo que ver Putre con ese proceso, excepto a título de lugar de reposo y reabastecimiento de las caravanas de llamas que iban y venían desde y hacia el altiplano y la costa y allí había un tambo (estructura destinada al descanso, abastecimiento y control de las caravanas) durante el período incaico, hace algo más de 500 años. Tras la llegada de los españoles, en 1545 se descubre el fabuloso yacimiento de plata de Potosí y durante los siguientes 150 años hubo un intenso tráfico de caravanas de llamas y luego de mulas entre Potosí y Arica, la cual era el puerto de embarque y abastecía de productos agrícolas, vino y mercurio a Potosí. Putre pasa entonces a ser un punto muy importante de la ruta caravanera. 
 
Pero no hubo allí una ocupación importante de agricultores en épocas preincaicas, por lo que hay pocas riquezas arqueológicas. Sin embargo, aún cuando ya en Arica se desarrollaba la agricultura, la cordillera vecina a Putre era una zona de caza de auquénidos muy frecuentada. De las tres manifestaciones del arte rupestre, los petroglifos y geoglifos son principalmente obra de los caravaneros y se les encuentra en tierras más bajas. Las pinturas rupestres en cuevas y aleros, en cambio, son obra de los cazadores y hay en Putre al menos dos sitios notables: Wilaqawrani a poco más de 5km aguas abajo de Putre en el trayecto de la ruta tropera a Arica, e Incani, más al norte y más modesto, si bien ambos son la máxima expresión de este arte en nuestro territorio. 
 
Hacía unos 15 años que no había visitado a Wilaqawrani. A Incani fui caminando dos veces a fines del 2003. Ambas distan unos 6km de Putre, siendo relativamente fácil la caminata a Wilaqawrani si se tiene un buen estado físico y muy esforzado el viaje a Incani, pues hay que subir y bajar varias quebradas profundas por un camino difícil, pedregoso y estrecho. Pero, para nosotros, las huellas cordilleranas están allí para recorrerlas y disfrutarlas sin importar el esfuerzo físico. 
 
Pues esta vez, en noviembre del 2005, turistas extranjeros y otros personajes se interesaron por conocer esos lugares y les ofrecimos una cabalgata de dos días. Como siempre, muchos candidatos desistieron o no quisimos incorporarlos en aras de la seguridad y la armonía que debe existir en un grupo que se arriesga por parajes difíciles, solitarios y peligrosos. Nuestra norma es no involucrarnos si no conseguimos que todos los participantes tengan la capacidad física y la disposición anímica para obedecer a un liderazgo que no acepta discusiones. Así es que al final, nos quedamos con Gail Robertson, una simpática y valiente turista australiana que no había montado en 27 años y Miguel, un artista local que es el mejor reproductor de arte prehispánico de Arica y quien nunca había cabalgado. Dos turistas y cuatro jinetes con experiencia en la sierra: Jerónimo, oriundo de Putre, nuestro asesor y vaqueano en cabalgatas serranas y un jinete, domador, arriero y amigo a toda prueba; Carlos Requena, el siempre-líder natural de estos eventos; Ana María, valiente y confiable mujer de negocios que en menos de dos años aprendió a cabalgar por las más difíciles rutas troperas. Me sumé al grupo por la fascinación de la aventura más que para aportar mi eventual asistencia médica y conocimiento del terreno y de su historia. 
 
Dada la composición del grupo, sacrificamos un poco la seguridad nuestra para aprovechar de probar y entrenar caballares novatos. Jerónimo montaba una yegua que está domando, asustadiza aún. Carlos a un potro (caballo no capado) insoportable y adicto al sexo. Yo me atreví a montar un caballo lindo y chico (el “Jisk’a”, chico en aymara) que guardaba de regalo de Navidad para mi nieto y que un mes antes lo habíamos mandado a Putre para que Jerónimo y sus hermanos iniciaran la doma, pero sólo había sido montado 4-5 veces y aún no sabía equilibrarse con el peso del jinete ni había aprendido a obedecer a las riendas. 
 
El pequeño y dócil Jisk’a, antes de ser montado por quinta o sexta vez y vivir su primera gran aventura serrana y`poco antes de que mi nieto sospechara siquiera que sería su regalo de Navidad.
 
Como bestia de carga iba un “macho” (mular más fuerte y grande que una mula) recién adquirido por Carlos y que no sabíamos cómo se comportaría al montarlo. 
 
Amarrando la carga sobre las angarillas que porta el “macho”. Estos pueden tener muy mal genio y, como no lo conocíamos, se le tapó la cara durante la maniobra para que no nos atacara.
 
A Miguel le asignamos una mula recién comprada, pues suelen ser muy seguras y de buen genio. 
 
Miguel en su mula, floja pero muy tolerante.
 
Ana María montaba a la Tayka, madre veterana en rutas troperas, que esta vez viajaba con su potranca. 
 
Ana María se refresca y la Tayka regalonea con su potranca. Por algún tiempo, las yeguas paridas no pueden viajar sin su cría. Nótese la utilidad de la “mecate”, con la cual Ana María controla a su yegua.
 
Para Gail, nuestra estrella: el inmenso Quinterano, bestia de tiro que adora ser montado y que, aún siendo porfiado como mula a veces, es un estupendo animal aunque su gran tamaño (parece un elefante) haría pensar que no sería apto para las abruptas huellas cordilleranas. 
 
Gail y el Quinterano. En primer plano, el Jisk’a parece un enano. Nótese a Gail limitada por las riendas del Quinterano y a la vez relajada sujetando la “mecate” del Jisk’a.
 
Todos, animales humanos y caballares, demostraron una disciplina ejemplar, pese a un serio incidente. 
 
Primer Día 
 
Como siempre, recuperar y aparejar a los animales nos tomó toda la mañana y partimos al mediodía rumbo a Incani: sería una cabalgata de unas tres horas. Subimos y bajamos quebradas sin incidentes, Carlos iba lejos adelante para que su maldito potro no se entusiasmara con las yeguas y yo tratando de utilizar cada minuto para progresar en la doma del Jisk’a, quien tambaleaba en los tramos esforzados y cuando se cansaba se negaba a continuar e intentaba bajar por donde no se podía hacerlo. Todo iba perfecto hasta que, habiendo recorrido 2/3 del camino, en el fondo de la más profunda quebrada (Titini) y al cruzar caminando un pequeño curso de agua, Carlos resbaló y sufrió una fractura del platillo tibial externo de la pierna izquierda. No fue un accidente ecuestre, pudo haber ocurrido en cualquier parte, pero estábamos en medio de la nada más agreste, a unas tres horas a pie o dos horas montados de Putre, el lugar habitado más próximo. 
 
Mapa del trayecto. En Amarillo, el camino recorrido el primer día y en naranja el segundo. Las “C” rojas señalan los sitios con pictografías. El círculo rojo de arriba señala a Incani y el de abajo a Wilaqawrani. Un pequeño círculo blanco señala el lugar donde Carlos se accidentó y la flecha roja de abajo a la izquierda al impresionante descenso a Wilaqawrani.
 
 
Hay muchas cosas que admiro de Carlos y una de ellas es su estoicismo. El mismo trayecto de vuelta a Putre ya lo habíamos hecho caminando cuando en ese mismo lugar tuvo un doloroso desgarro ligamentoso de la rodilla. Pero esta vez ya se trataba de una fractura, aunque no había desplazamiento del eje de la pierna por lo que no fue necesario instalarle una de las férulas inflables que siempre llevo, pero no podía apoyarse en ella y sufría intensos dolores. 
 
La fractura de Carlos, con compromiso articular pero sin desplazamiento.
 
Se reúne el Consejo Técnico (Carlos, Jerónimo y el médico). Mi opinión: abortar el viaje y retornar a Putre. Carlos, muy interesado en completar la gestión, insistió en que lo dejáramos en el fondo de la quebrada mientras con Jerónimo llevábamos al grupo a Incani, donde acamparían y luego seguiríamos a Wilaqawrani al día siguiente. 
 
Razonable, considerando que no nos faltaba sino una hora o algo más para llegar a Incani, y al final, con una gran aprehensión, dejamos solo a nuestro amigo por algunas horas, con su maldito potro. En cuanto llegamos a Incani dejamos que el resto organizara el campamento y ensillamos a la mula para Jerónimo y al “macho” para mí, pues el pobre Jisk’a estaba agotado y no era confiable. Los “machos” suelen ser traidores y rechazan a jinetes desconocidos, pero éste me aceptó sin chistar y con Jerónimo volvimos a rescatar a Carlos. El pobre estuvo 3-4 horas solo tumbado al amparo de una gran roca. Como pudimos, lo montamos en la mula y lo llevamos a Putre, desde donde los hermanos de Jerónimo lo llevaron a Arica. 
 
Carlos retornando a Putre. La pierna fracturada cuelga fuera del estribo, pero el menor roce con un arbusto le provocaba intensos dolores.
 
Pero..., el eterno pero. Cerca de Incani vimos huellas recientes de un puma que ha causado estragos en la zona. Dos damas y un principiante solos en la sierra profunda no constituían un buen escenario para la eventualidad de que apareciera el felino y se devorara a la potranca de la Tayka y/o al Jisk’a de mi nieto. No quisimos asustarlos con la noticia y sólo les sugerimos que, si no llegábamos antes del anochecer, prendieran una fogata “para que los zorros no mordisquearan las monturas”. A veces, una mentira conserva el equilibrio pero, tan pronto como pudimos, partimos con Jerónimo desde Putre de vuelta a Incani, tres horas luchando contra el anochecer que se acercaba y ganamos... 
 
Entre tanto, Miguel el artista trabajó varias horas haciendo un muy profesional catastro de las pictografías y del pantone de los pigmentos. 
 
Algunas imágenes del Alero 1 de Incani. Detalles en http://www.infoarica.cl/1ta/arica_territorio_00026c.htm o en el e-book “Arica, Territorio Andino” si dispone del CD: Capítulo Arica Profunda\Putre.
 
Sigue una noche dedicada a recoger la escasa leña disponible para una fogata, llevar a los caballares al talweg de la quebrada para que pudieran alimentarse de las hojas de la planta “cola de zorro” pues no había otras fuentes de alimento y nosotros zamparnos colectivamente toda una botella de wisky y algunos emparedados. Linda noche, sabiendo que nuestro amigo estaba a salvo tras nuestra primerísima gestión de salvataje cordillerano. Linda experiencia ecuestre la mía: primera vez que montaba un “macho” en la sierra y me encantó pues éstos son tanto más versátiles, animosos y seguros que los caballos... 
 
Segundo Día 
 
Poco antes del amanecer, como siempre, la noche se hizo gélida. Tras un café y lo que quedaba de pan, ensillamos a los animales y partimos a Wilaqawrani en un trayecto que nos tomaría unas 2,5 horas. El Jisk’a ya había cumplido más allá de nuestras espectativas con sólo llegar a Incani conmigo a cuestas, pero nos esperaba la parte más difícil y peligrosa del trayecto. Aunque ya no habrían ascensos escarpados (menos peligrosos que los descensos), sí habrían tramos muy estrechos, pedregosos, con descensos muy inclinados y al borde de profundos precipicios verticales, sin un espacio para que el Jisk’a se permitiera una de sus porfías, por lo que ensillé al “macho” para mí y la carga restante, unos 60kg, se la endosamos al pequeño. Primera vez que portaba angarillas y es tal su buen genio que ni siquiera chistó. 
 
Jerónimo con su yegua en vías de ser domada llevaba al Jisk’a de tiro con una jáquima improvisada con un cordel. Aunque con un paso no siempre firme, el Jisk’a soportó estoicamente su carga y el difícil trayecto.
 
Subimos trechos cortos pero principalmente bajamos, a menudo por una huella casi borrada por el desuso. Poco antes de lo peor, una pampa con suaves irregularidades nos llevó al borde del precipicio desde donde ya pudimos ver a Wilaqawrani y algo de verdor. 
 
 
Wilaqawrani desde el alto. La flecha amarilla muestra la ubicación del alero con pictografías. Lo que no se puede apreciar es el acrobático descenso al lugar.
 
El descenso es un atroz seguir una estrecha huella por la mitad más alta, en la cual los animales deben casi saltar de piedra en piedra con los cascos a 10cm del borde del precipicio, con curvas pronunciadas en dirección e inclinación. Por prudencia y la calidad de los animales, todos desmontaron, pero yo confiaba tanto en el “macho” que seguí cabalgando hasta que un salto algo brusco terminó dejando la montura a la altura del cuello y tuve que imitarlos. 
 
Ese es un problema de las monturas troperas militares (Armeesattel 25) y me ha ocurrido ya con varios animales. En los ascensos pronunciados resbalan hacia atrás, lo que se evita instalando un “petral”, unas correas en “Y” cuyo extremo largo se afirma a la cincha y los cortos a la parte anterior de la montura: problema resuelto. 
 
Petral para Armeesattel 25 (foto de otra cabalgata). Este caballo, el Quinterano, tiene un dorso profundo, cruz prominente y marcha con el cuello bien levantado. Pese a unos 100kg de carga, la montura no se desliza hacia el cuello en los descensos empinados.
 
Pero, con algunos caballos, en los descensos pronunciados y prolongados las sillas troperas resbalan hacia adelante, más allá de la cruz y el animal se ve obligado a bajar la cabeza y pierde el equilibrio. Cuando ocurre de improviso, hay que desmontar de inmediato, lo que no es fácil en tramos estrechos con la muralla que asciende hacia un lado y el precipicio hacia el otro. Las mulas y los machos se ensillan con dos cinchas, una en la posición habitual y la otra bien atrás del vientre y creí que la última evitaría el problema, pero no fue así con el “macho” en las críticas circunstancias del pronunciado descenso a Wilakaurani, ni con mi Sumalla en otra cabalgata. La cinchas chilenas tienen 15 cuerdas. Adelante había puesto una de 18 y atrás una de 26 que compré en Argentina, pero poco sirvieron.  Las sillas arrieras no tienen ese problema y las de huaso lo tienen en menor grado (aunque un buen amigo pasó un susto mayúsculo por exceso de confianza en ellas), pero ambas no tienen la extraordinaria capacidad de carga de las Armeesattel. 
 
La solución lógica sería instalar un aparejo similar al petral pero para atrás, que una ambas partes posteriores de la silla pasando por debajo del maslo (inicio de la cola del animal) para impedir el deslizamiento de la silla hacia adelante. Este aparejo se llama baticola y puede ser excelente si el caballo está acostumbrado a él, lo que requiere un muy buen genio del animal o un prolijo adiestramiento. El problema de las baticolas es que el caballo las siente como algo inusitado justo en el momento más crítico: en un descenso pronunciado, el peor momento para que se asuste, corcovee o quiera huir. Compré un par de ellas, pero francamente, no me he atrevido a instalársela a mi asustadiza Sumalla, la cual tiene además un lomo muy plano, una cruz muy poco marcada y mantiene a su cuello en posición horizontal. En otras palabras, es la mejor configuración para que la montura resbale hasta el cuello y tiene un genio muy poco tolerante. Pero la amo, me ama y no la cambiaría por otro caballo. Solución: me procuré una silla australiana que tiene muchas bondades y amplia capacidad de carga y, hasta ahora y tras sólo unas 50 horas de difícil cabalgata serrana, se mantiene en su lugar con sólo el petral y una ancha cincha de cuero y lona, con una excepción: el descenso por la ruta tropera a Calaunza: no siendo muy difícil sí es larga y pronunciada y tras 30-45 minutos tengo que desmontar para reposicionarla. 
 
Silla australiana con petral. Después de esta foto le cambié los estribos, pues los originales son muy estrechos para mis infalibles botas troperas.
 
Pues bien, continuamos el descenso con los caballos caminando detrás de nosotros y tratando de evitar que nos pisaran o empujaran, hasta que en la mitad del trayecto éste se hizo más benigno y pudimos volver a montar. 
 
Volviendo al tema, ya en el plano, el alero con pictografías destacaba en el paisaje. 
 
Parte del descenso a Wilaqawrani. Visto desde abajo no parece gran cosa, pero el tramo entre el tercer y el octavo punto rojo es una de las dos la huellas más difíciles y peligrosas que conozco, en la sierra ariqueña, en Chile y en otros lugares. Bendije a mis botas troperas que me permitían saltar de piedra en piedra como un caprino...
 
El alero con las pictografías, señaladas por la flecha amarilla.
 
Ya era mediodía, el calor era intenso y disponíamos de unas dos horas antes de retornar a Putre. El espectáculo, hacia donde se mirara, era magífico. 
 
Visión parcial de las pictografías de Wilaqawrani. Las manchas blancas corresponden a la acción de cinceles para tomar muestras de los colorantes o a “ajusticiamiento” a balazos de las figuras.
 
Otro segmento de los paneles. La explicación de las marcas figura en http://www.infoarica.cl/1ta/arica_territorio_00026c.htm o en el e-book “Arica, Territorio Andino” si dispone del CD: Capítulo Arica Profunda\Putre. Aquí sólo quiero que observen el estúpido vandalismo chilensis.
 
Miguel desmontó antes que nadie y corrió a dedicarse con extrema acuciosidad a su estudio técnico y catastro de las hermosas figuras. 
 
Miguel, incansable, obtiene valiosos datos de las figuras, mientras al fondo Jerónimo se procura un merecido descanso.
 
Gail y Ana María descansan como pueden, a pleno sol.
 
Yo no podía dejar de explorar los alrrededores, intentando comprender la peculiaridad del lugar y su geología. Entre otras vistas que me impresionaron, está ésta de las aguas que provienen de Putre bajando para unirse al río Lluta que baja por la quebrada de Ancolacane, muy cerca de Incani. Pero la sed ya me insistía que debíamos partir pronto de vuelta a Putre.
 
Desde este lugar hasta Putre cabalgamos algo menos de dos horas, ascendiendo suavemente pero una vez más haciendo equilibrios al borde de un precipicio menos profundo pero agresivo, siempre mostrándose dramáticamente como para asustarnos y a pocos centímetros de las pisadas de los caballares. Finalmente un largo, tedioso y ancho camino lleno de piedras nos llevó hasta cerca de donde pastarían los animales. El resto fue sólo trámite: desarmar el equipo, bajar y luego subir una quebrada con los animales descargados, dejarlos en su lugar de pastoreo y volver a pie para luego cargar la parafernalia en los vehículos. Amo a mis botas troperas... 
 
Lugar de pastoreo de nuestros caballos en Putre.
 
Problemas logísticos derivados del accidente de Carlos nos obligaron a dejar en Putre a dos caballares que habíamos llevado en un carro de arrastre, pero una bien armada cazuela en el Restaurant de Rosamel nos revivió cuando ya eran las 16 horas. A las 20 horas estábamos de vuelta en Arica donde casi la totalidad de sus habitantes había vivido un aburrido fin de semana... 
 
Gail, extrangera al fin y “contaminada” por ésta y otras experiencias que vivió con nosotros, no cesa de extrañarse de que Arica no sea famosa como destino turístico y quisiera vivir en Putre y atraer turistas de otros países. Es que, como foránea que es, no entiende al centralismo ni a la desidia de las autoridades pertinentes. Es que Arica es así, un pedazo de paraíso ignorado por Chile. En lo personal, no me importa, pues así tengo a Arica sólo para mí y para quienes comparten mi amor por la Patria Chica...