A Codpa Ascendiendo por el Valle desde Calaunza (2005-2007) 
 
Tras cinco cabalgatas a Codpa vía Carza y ya familiarizados con la pampa, el 2005 decidimos emprender una aventura que parecía osada pues algunos insistían en que ya no era transitable por posibles deslizamientos de tierra a consecuencia de los terremotos y el desuso. Esta vez recorreríamos la ruta que los caravaneros utilizaban para llevar el vino pintatani desde Calaunza y Pintatani hasta Codpa. El 2001 bajé a Calaunza caminando por un estrecho sendero con Paula, mi hija mayor, pero ahora ya existía un camino apto para llegar allí en un vehículo 4x4. De Calaunza a Codpa hay más de 30km si le llega por Ofragía y algo más si se acampa en Planchones. El siguiente mapa muestra los trayectos que recorrimos en cuatro días, más de 60km incluyendo idas y venidas hacia y desde Codpa a nuestro campamento, la mitad de ellos durante la difícil cabalgata de nueve horas del segundo día. 
 
Trayecto de la cabalgata desde los altos de Calaunza hasta Codpa. Esta está señalada por un círculo rojo y Ofragía por otro amarillo.
 
La logística estuvo a cargo de Arica Expediciones y la mayor parte de los caballos y las dos mulas para la carga eran nuestros. Cinco jinetes ya habían cabalgado hasta Codpa: Jerónimo, nuestro vaqueano oriundo de Putre, perito en cabalgatas cordilleranas y mulares; el Yoyo Beyzán, un cordial empresario agricultor que monta como campesino de manera envidiable; Carlos Requena (nuestro líder), quien de a poco va incorporando las técnicas e implementos de la equitación clásica, tras una larga experiencia con la equitación intuitiva y una docena de caballos de su propiedad; “Nico” Riquelme, saliendo de su adolescencia con experiencia como jinete pero con la típica agresividad de la equitación campesina y quien escribe, desde hace algún tiempo entusiasmado por la versatilidad de los aparejos y el estilo militar. Otros jinetes de cabalgatas anteriores no podían acompañarnos. 
 
Jerónimo herrando a un potro.
 
“Yoyo” Beyzán.
 
“Nico” Riquelme.
 
Convencidos de que una gestión tan extrema depende, como todo lo que es gestión humana, más de la capacidad de los líderes para conseguir la unidad de la tropa y del ya conseguido prestigio de la unidad, independiente de sus componentes, invitamos a personas bien seleccionadas por lo que creíamos que sería su respuesta al desafío. Le sugiero que medite un rato al respecto: en medio de una pampa árida y una sierra abrupta y a horas o días de socorro humano, sin más agua, abrigo y alimentos que los que pueden anexarse a la montura y ante una ruta que los locales creían intransitable, basta un personaje discordante para que la misión fracase. Por primera vez, no contaríamos con ningún apoyo logístico ajeno a nuestras posibilidades. 
 
Desde luego, invitamos a don “Nacho”, mi instructor en el Centro Ecuestre militar, un profesional de la equitación en serio, quien había recorrido el altiplano en múltiples campañas pero que no conocía la ruta ni había vivido la experiencia de una tropa civil de heterogéneas capacidades pero dispuesta a participar sin afanes de protagonismo egocéntrico. Aunque no fuera más que por cuidarle las espaldas ante sus superiores, no podíamos fracasar. ¡Qué magnífico aporte resultó este asesor que nos aportó el Ejército!. Como experto y como persona, impecable. 
 
Don Nacho y Carlos Requena.
 
Don “Nacho” (Suboficial Sergio Arias) nos era indispensable pues la mitad de los jinetes no sabían lo que deberían enfrentar ni cómo colocar la cabezada (aparejo de riendas). Entre ellos, Ana María Cantó, empresaria de Turismo que empezó su experiencia ecuestre con nosotros pocos meses antes pero que valiente y eficientemente había ya cabalgado el más difícil trayecto que nuestro grupo ha hecho: Lluta a Socoroma ida y vuelta, por senderos mucho más complejos, lo que no puede dimensionarse si no se los ha cabalgado. Nos acompañaba también mi hija Valeria de 15 años, con alguna instrucción en Inglaterra, un año en nivel básico en el Centro Ecuestre de Arica y cabalgatas no muy complejas de hasta ocho horas. Egon, un muchacho de 12 años que cuidó a nuestros caballos en su parcela por un par de meses, quería sentirse como jinete todo-terreno en su recién adquirido caballo y aperos y pese a su escasa experiencia y conocimientos. Leo, colega pediatra con tres años de adiestramiento en el Centro Ecuestre y una cabalgata a la cordillera en el sur de Chile, pese a su usual parsimonia de serena madre de familia no dudó en acompañarnos. 
 
Egon Riquelme.
El único abuelo de la tropa.
 
La guinda de la torta y nuestro gran riesgo sería Joanna García, rebautizada “Suma Jo” (suma = linda en aymara), una joven e inteligente santiaguina fascinada por el pasado de la sierra iquiqueña, a quien sólo conocíamos a través de intercambios de información vía Internet y cuya experiencia ecuestre se limitaba a una cabalgata en la Isla de Pascua. La personalidad que destilaba a través de la interacción vía Internet la hacía muy atractiva como persona y egoístamente hablando, para demostrarnos que la organización, disciplina y experiencia ya adquiridas nos aseguraban que podríamos cuidar de ella. Con un inusitado entusiasmo y confianza en personas que no conocía, aceptó nuestra invitación y superó todas nuestras expectativas. 
 
Leonor, Ana María, Suma Jo y mi hija Valeria.
 
Los equinos eran también novatos en su mayoría. Un caballo chico pero corajudo, el Chinchorro, así como la Tayka (una yegua preñada) y el inmenso Quinterano, ya habían vivido la experiencia de Socoroma. Otros tres equinos tenían una breve experiencia serrana pero para el resto, incluyendo a las dos mulas de carga recientemente adquiridas en Antofagasta, sería su prueba de fuego. Carlos montaba una hermosa yegua blanca harto nerviosa y yo a mi Sumalla (”hermosura” en aymara), muy asustadiza y recientemente reentrenada. Ninguna de las dos había sido probada en la sierra. 
 
Don Nacho achicado por el Quinterano, alias “el elefante”. Carlos lo compró en Quinteros, donde tiraba de los lanchones para subirlos a la playa. Lo usaba para tirar a su calesa, pero cuando empezamos a montarlo le descubrimos una habilidad inesperada: una entusiasta disposición a la monta y gusto por interactuar con un buen jinete. Para don Nacho, quien ha perdido la cuenta de los animales que ha montado, el Quinterano se incorporó a la lista de sus animales favoritos. Verlos interactuar era una poesía y si el jinete le relajaba las riendas, el animal inmediatamente buscaba con su cabeza reestablecer el contacto. A mi parecer, nuestro mejor animal, aunque duro de riendas. Un caballo que nació sabiendo...
 
Si la composición de la tropa y la incertidumbre de la ruta le parece una temeridad irresponsable, debo enfatizar que nuestras experiencias previas con jinetes y cabalgaduras novatas nos habían demostrado que, bajo el eficiente liderazgo de Carlos y con cuatro jinetes con experiencia, todos bien aperados y tras una intensa preocupación logística, no cabía ninguna duda de que mi hijita estaría bien protegida y que no podría negarle la gran aventura ecuestre de su vida. 
 
Tal vez Ud. se interese más por los detalles de la cabalgata, pero, ante una ruta difícil e impredecible, quise enfatizar lo que para nosotros es primordial: respeto al animal de quien depende llegar al destino, disciplina y liderazgo eficiente de la tropa, planificación y cuidadosa evaluación de los riesgos potenciales, detallada evaluación de la ruta y alternativas bien definidas para llegar a un lugar seguro aún cuando un jinete o animal se accidentara, además de una molesta alforja con implementos para primeros auxilios eficientes, un personaje capaz de utilizarlos con eficiencia y un vaqueano capacitado para cuidar e implementos para reparar los cascos de los animales. Sin eso y otros detalles aburridores, no habría incorporado a mi propia hija a la cabalgata. Con todo eso la aventura no tuvo momentos dramáticos y aunque buena parte de la ruta nos era desconocida, nunca estuvimos lejos de llegar a territorios ya bien recorridos. Jamás hubiera aceptado que se incorporaran esos machistas jinetes azapeños que llevaron en camión a sus animales a Codpa, quienes con admirable habilidad y criticable espectacularidad montan en pelo a caballos temblorosos, con los ojos desorbitados porque no saben cuando y porqué les llegará una bofetada o puñetazo en el cuello o un cruel abuso de las riendas “para que sepa que yo soy el animal a quien deben temer”. 
 
Ya en Codpa, uno de ellos se nos acercó a desafiarnos y le advertí a Suma Jo que estaba a punto de presenciar una demostración práctica de cómo no se debe montar. Con gestos bruscos y desordenados, el caballo se comportaba espectacularmente mal, aunque el jinete se mantenía muy bien a bordo. Luego, cargado de adrenalina o tal vez alcohol o lo que fuera, nos gritó “¡así se manejan los caballos #@#!”, como queriendo decir que éramos poco machos porque nuestros animales marchaban pacíficamente. Eso es show, ignorancia (al margen de la habilidad para mantenerse a bordo) y desestabilizaría a una tropa que, en armonía y respeto a sus cabalgaduras, llega sin incidentes a donde debe reposar y cuidando a su animal, la más preciada garantía para llegar al destino. El mejor jinete es siempre el menos espectacular pero que siempre cumple su misión y en armonía con su cabalgadura. No se trata de dar vueltecitas por el pueblo “tirando pinta”, sino de llegar a salvo y respetar a nuestro compañero equino. Por cierto, quienes montamos a los animales más nerviosos o difíciles, hemos debido enfrentar momentos críticos, pero los hemos resuelto con serenidad y estímulos categóricos y premiando las respuestas adecuadas con cariño y respeto y así el animal responde bien cuando la situación exige una perentoria orden para salir de un embrollo que lo aterra. Una vez más, cabalgar implica armonía y jamás una constante lucha con el animal. Si éste “se porta mal”, con paciencia, reiteración de órdenes coherentes y sin bofetadas o pencazos, no tardará en aceptar a su jinete como líder y amigo. Quisiera encontrar mejores palabras para enfatizar este concepto... 
 
 
El viaje 
 
Primer día, objetivo no logrado: Pintatani 
Partimos un jueves de madrugada para llevar a los 11 caballos y a las dos mulas al Club de Huasos, donde los embarcamos en un camión que los transportó hasta la pampa de Camarones, 5km al Este de la carretera Panamericana. Ensillar, ayudar a las damas y cargar carpas y otros enseres en las monturas, nos mantuvo ocupados hasta poco antes del mediodía. Partimos así con dos horas de atraso. 
 
Suma Jo y mi joven yegua Sumalla en el Club de Huasos, de madrugada, a punto de embarcarla al camión.
 
Antes de comenzar la aventura. Valeria, su yegua Tayka y mi Sumalla en la pampa de Camarones.
 
Tres jinetes y las mulas partirían un par de horas después por diversas razones. Un par de kilómetros de cabalgata por la pampa antes de empezar el descenso de la quebrada de Chaca-Codpa, nos sirvieron para pulir algunas gestiones básicas de los novatos. Bajamos luego por la estrecha huella antigua, que es más directa que el nuevo camino vehicular, lo que también sirvió para introducir de a poco a los novatos a lo que después serían más difíciles huellas y corregir problemas menores como un par de sillas que se corrían hacia adelante. En un par de horas llegamos a Calaunza, donde encontramos a la matriarca del lugar, quien con sus 94 años había cabalgado hasta allí para la vendimia. 
 
Nuestra intención era esperar en Calaunza a los que llegarían después y luego cabalgar un par de horas más valle arriba por el sendero de la ladera norte, para acampar en las ruinas de la Hacienda Pintatani. El tiempo que debimos esperar lo ocupamos visitando los inumerables petroglifos del lugar (más información en http://www.infoarica.cl/1ta/arica_territorio_00005b.htm o en el e-book “Arica, Territorio Andino” si dispone del CD: Arica Profunda\Codpa\Pintatani-Calaunza). Pero los retrasados tardaban más de lo esperado y la información que recibimos de un vaqueano de Calaunza era inquietante: no llegaríamos a Codpa por el mal estado de la primitiva ruta y las abrubtas pendientes que tendríamos que ascender. Inquietos, nos ubicamos en un idílico rincón, preparamos café e ideamos un Plan B: quedarnos allí a pasar la noche a menos que los retrasados llegaran cuatro horas antes de que oscureciera. Por nada en el mundo acamparía de emergencia en una abrupta ladera sin agua, forraje ni puntos firmes para amarrar a los caballos... 
 
Don Nacho preparando café con malicia en Calaunza, a la espera de los que partieron después. Atrás, el debilucho potro “Jote” que montó inicialmente Suma Jo.
 
Mientras tanto, Leonor hace de su vida un martirio.
 
Pues el resto de la comitiva llegó poco antes del atardecer porque se les arrancó una mula (van sueltas) y no es cosa de perseguirlas a caballo porque se ponen a galopar a la par de éste: hay que dar un amplio rodeo para enfrentarlas y bloquearles el avance. 
 
Carlos llegando bien atrasado a Calaunza montanto a la Blanquita, con una de las mulas.
 
Mula con angarillas. Después la montaría Suma Jo, quien la bautizaría como “Wara”.
 
Plan B ya inevitable, no dormí tranquilo pensando que éste implicaba agregar por lo menos dos horas de cabalgata para el día siguiente, justamente al ya críticamente largo tramo que no habíamos recorrido antes y que nos decían que era imposible. El Plan C era volver derrotados a Arica y nadie lo aceptó: teníamos que pasar, sí o sí y aunque llegáramos a Codpa cuando la fiesta hubiera terminado. 
 
Segundo día, objetivo cumplido: Planchones en el valle de Apanza, a ocho kilómetros de Codpa 
Demoramos en ensillar porque temprano en la mañana nos amenazó una camanchaca (niebla) incipiente, que afortunadamente no progresó. Iniciamos el ascenso de la ladera norte del valle cuando ya había salido el sol. Calculé que, si no había que buscar rutas alternativas, necesitaríamos 10 horas de cabalgata sin contar los descansos, sin agua para los caballos y con menos de dos litros por persona. Los caballos resistirían, pero ¿lo harían los recién iniciados?. Tenía fuertes dudas y me conformaba con la esperanza de llegar a cualquier parte de la pampa, pues desde allí conocíamos bien las alternativas para continuar, aunque fuera desperdiciando un día. La noche anterior ya habíamos trazado un plan D, E, F, etc., para estar siempre a pocas horas de un lugar con agua y vegetación. 
 
Pero jinetes, caballos y ruta tropera nos dieron una agradable sorpresa, seguramente mediada por nuestra amiga Pachamama, a quien le habíamos challtado parte de nuestra exigua provisión de whisky y también al omnipresente y maligno cerro Marqués, para que el diablo que allí mora no nos molestara. 
 
Tras dos horas de cabalgata dejamos a Pintatani atrás, sin tiempo para descender a las ruinas. 
 
Los 10-11km de ruta caravanera desde Calaunza hasta unos 14km antes de llegar a donde acamparíamos, tienen pocos tramos difíciles, pero hay incontables ramificaciones sin salida. No disponíamos de tiempo para equivocarnos si queríamos llegar a Codpa para la ceremonia. Peor aún, los animales no habrían podido continuar un día mas sin agua ni forraje.
 
Por horas habíamos seguido una huella relativamente benigna por la ladera que no habíamos recorrido antes, hasta que llegamos a un espacio plano donde empezaba el tramo que me había preocupado durante todo el viaje: a unos 4km a vuelo de pájaro antes de Cachicoca y 9-10 antes de Ofragía (donde empieza la parte transitable por el talweg o fondo del valle) las laderas de éste se hacen verticales y no hay más remedio que dar un largo rodeo subiendo a la pampa por un zigzageante sendero del que disponíamos sólo algunos comentarios que nos había aportado un ex-arriero cinco años antes y el inquietante escepticismo de un vaqueano de Calaunza, quien dudaba de que estuviera transitable y no lo había recorrido en años. Afortunadamente resultó factible y la tropa lo enfrentó con admirable determinación y buen humor. 
 
La ruta por la ladera termina en esta planice. A pocos metros detrás del fotógrafo empieza el desconocido ascenso a la pampa. Si éste no resultaba, demoraríamos un par de horas en bajar a Cachicoca en busca de agua y forraje, para devolvernos derrotados al día siguiente. Presionados por el tiempo, sólo nos detuvimos algunos minutos para ajustar las cinchas y acomodar la carga. Habíamos iniciado el viaje en los cerros del fondo a la derecha, donde se ve una mancha blanca en forma de embudo.
 
Tratando de llegar a la pampa desde la planice de la foto anterior. La línea blanca ondulante del fondo a la izquierda es la senda vehicular a Calaunza, desde donde habíamos iniciado esta segunda jornada.
 
Así, por fin llegamos a la pampa, que me inspira una gran confianza porque la conocemos bien y alivio porque allí corre un viento refrescante. Habría sido más que suficiente para una jornada, pero no habíamos recorrido más que la mitad de la tarea para ese viernes, cada uno de nosotros no acarreaba ya más de medio litro de agua o menos y no había para los animales. Tal como sucedía con los antiguos caravaneros andinos, había que llegar al tambo (lugar de descanso) si o sí, pues sin agua se debilitan los animales y sin ellos no somos nada en esas extensas soledades. 
 
Lo del agua es un problema eterno. Tan cargados van los animales que no hay cabida para más. Odio la sed, pero durante todo ese largo viernes y hasta horas después de que que llegamos a Planchones, no dispuse sino de medio litro de agua: las damas primero... Agrego que en estas circunstancias, hay que privarse de comer. Uno puede estar sin alimentarse por varios días, pero es más fácil soportar al hambre que a la sed. Al comer, el cuerpo pide más agua y si no hay, la maldita sed se intensifica y el cuerpo se debilita. 
 
Pampa habemus, ¡por fin!. Valeria descansa ignorando la maligna mirada del Diablo, oculto en el Marqués, los cerros más altos del fondo.
 
Nos quedaba algo más de dos o tres horas de cabalgata por la pampa, para luego bajar a Tierras Blancas, donde empalmaríamos con la ruta que ya habíamos recorrido media docena de veces con otros jinetes y cabalgaduras. 
 
Tierras Blancas a la vista.
 
Iniciando el descenso a Tierras Blancas con mi hija Paula. Con unos 150m de pronunciado descenso, si el caballo no está acostumbrado y el jinete no sabe convencerlo, el primero se negará a enfrentar al abrubto inicicio de la senda si va liderando la tropa. Si se lo castiga, es muy probable que se pare de manos.
 
Bajando a Tierras Blancas. Valeria descansa mientras arreglamos su montura, que había resbalado hasta el cuello de la Tayka. Tuvo que bajarse de emergencia pasando por encima de las orejas de la yegua. Estando ésta preñada, no habíamos apretado mucho la cincha sabiendo que Valeria sabía muy bien cómo y cuándo desmontar.
 
 
Galopando con mi hija Paula en la hermosa pampa de Tierras Blancas, año 2007.
 
Tras atravesar el hermoso paraje de Tierras Blancas, nos esperaba un largo tramo ascendiendo nuevamente pero ahora por senderos pedregosos.  
 
Tierras Blancas es un paraíso, un descanso en medio de la sierra agresiva, pero luego la ruta tropera nos lleva a otro tramo difícil.
 
Después llegaremos a una quebrada donde una vez encontramos agua pero que por supuesto esta vez estaba seca, cruzar una pasada maldita que ya nos había causado dos incidentes en viajes anteriores y que debería haber sido el tramo más peligroso (no lo fue, pues no sabíamos que nos esperaba algo peor), y llegar a la Cruz de la Pampa, donde decidiríamos si bajábamos otro difícil sendero rocoso para llegar a Ofragía y al agua o prolongábamos la jornada para llegar a acampar a Planchones en la quebrada de Apanza, donde sí siempre habíamos tenido agua de río o contenedores aportados por la Municipalidad de Camarones. 
 
Piedras y piedras: ese es el piso que nos espera después de Tierras Blancas. En esta foto mostramos uno de sus tramos benignos. Ya habíamos cabalgado toda la sierra de atrás, desde lo lo último que se ve al fondo. Jerónimo monta a la debilucha Imilla y Suma Jo al Jote, animales que nunca más nos acompañarán.
 
Ya en la Cruz y con el atardecer amenazando, el ánimo de la tropa era impecable: ninguna queja o dolor y la firme determinación de cumplir la tarea. En el camino Jerónimo había reparado algunos herrajes y las cabalgaduras, buena parte de ellas de modesta apariencia, hacía mucho que ya habían impresionado a don Nacho por su nobleza y seguían firmes. Así es que ¡a Planchones los boletos!, pero con el tiempo muy ajustado. 
 
Y llegamos al fin cuando casi anochecía, pero el río estaba seco y los contenedores de la Municipalidad no estaban, punto. Sólo demoramos nueve horas en el trayecto de esa segunda jornada, para la cual yo había calculado 10 y que en Calaunza nos habían dicho que ocuparíamos dos días. ¡Qué tropa! ¡Qué caballos!. Demás para sentirse orgulloso del grupo, su disciplinada, animosa y serena gestión y jurar que nunca castigaríamos a tan nobles animales, pero nos afligíamos porque aún no podíamos premiarlos con algo de agua. 
 
Creo que en ese momento todos percibieron en carne propia la saga de los antiguos caravaneros y la intrínseca capacidad de los humanos y equinos para hacer un esfuerzo más, olvidando los reclamos corporales. “No hay dolor”, como dice Carlos cuando ha debido atrevesar a pie interminables sierras con un ligamento lesionado u otra vez cuando tuvo que seguir caminando rumbo al tambo cuando el agotado animal le había pisado un pie. Llegar al tambo para recuperar fuerzas, a toda costa: de eso depende llegar al destino final. 
 
Pero para Carlos y Yoyo la cabalgata de nueve horas no había terminado. Sin agua para nadie, y mientras nosotros armábamos el campamento donde pasaríamos dos noches, debieron galopar los ocho kilómetros que nos separaban de Codpa para conseguir agua para los animales y traer al par de vehículos que allí habíamos dejado antes, con el carro de arrastre que cargaba pasto y ¡cincuenta litros de agua potable y bebidas!. Mientras los esperábamos, nos imaginábamos con envidia a sus caballos bebiendo agua en Ofragía y luego a ellos devorando bebidas y cervezas en Codpa... 
 
Después de eso, ellos debieron volver a Codpa otra vez para traer a sus animales al campamento en el carro. Sólo 14 horas después de haber salido de Calaunza y tras haber atendido a los caballos primero, pudimos decir “misón del día, cumplida” y regocijarnos con un asado bien regado con todo lo que se puede beber. ¡Qué linda noche fue esa!. Tras el éxito de una jornada dura, incierta en sus comienzos y con inconvenientes inesperados, nadie puede ya pretender aparentar lo que no es. Los corazones se abren y los recién iniciados descubren porqué insistimos en repetir odiseas de este tipo sin la menor intención de ser alabados por la siempre ausente prensa local o quien sea. Aunque sea por unos pocos días, dejamos de ser individuos solitarios y/o desconfiados y descubrimos que pertenecemos a una estirpe atípica pero que nadie está solo: los 11 jinetes y los 13 caballares somos una unidad armónica que es mucho más potente que el individuo, tanto, que nos hace sentirnos invencibles. No hay parejas, grupos ni ambiciones de liderazgo: el todo es uno solo. Comprenderá el lector que, tras la experiencia vivida y en el descampado, bajo un cielo brillante de estrellas y al calor de una gran fogata, los sentimientos de hermandad se potencian, pero no podrá dimensionar la magnitud del fenómeno si no lo ha vivido. 
 
Antes de irnos a dormir, el “consejo técnico” tomó una decisión: el potro que había montado Suma Jo era más flojo que débil, no se comportaba bien en los senderos estrechos y se había bien ganado el nombre de Jote (por “andar siempre joteando” a las yeguas), por lo que le asignamos una mula, no sin cierto temor de que se sintiera ofendida pues todos tienden a mirarlas peyorativamente, aunque fueron ellas y los machos los que continuaron esas rutas cuando llegaron los españoles. Los mulares son mucho, muchísimo más seguros en la sierra, buscan por sí mismos el mejor pasaje y todos sus aires son más suaves para el jinete. Si en general usamos caballos, no es más que porque es lo que tenemos. Pues bien, en cuanto Suma Jo montó a la mula más grande, negra con unas pocas manchas blancas, se enamoró de ella y le cambió la vida pues por fin podía confiar en el buen juicio del animal y hasta lo galopó por primera vez en su vida. La bautizó Wara (estrella en aymara). 
 
Tercer día, objetivo cumpido (con un gran susto): Llegar a Codpa al mediodía, para rendir nuestro homenaje a ese pueblo casi ignorado, pero estoico bastión de la identidad regional ausente en el Chile convencional 
 
Planchones. Antes de iniciar la tercera jornada, Suma Jo interactúa con las esforzadas bestias.
 
Con una tropa tan afiatada, demoramos menos de dos horas en cruzar un tramo de sierra agreste y llegar a los altos de la Cruz de Codpa para descender al pueblo, en el momento preciso señalado por el término de los sones de nuestro Himno Nacional. Bajamos por una pendiente abrupta que desde abajo parece no tener sendero, cuando las autoridades y el pueblo entero estaban congregados para iniciar las celebraciones. Esto debería haber sido relativamente fácil, pero era el descenso que habría sido peligroso para Suma Jo si hubiera seguido montando al Jote. Pero, Ley de Murphy mediante, algo tenía que fallar: las lluvias recientes habían removido la tierra y la huella era un infierno de rocas y fue el tramo más peligroso del viaje. Mi asustadiza yegua tuvo una espectacular crisis de pánico por un inesperado incidente y la yegua con la que Carlos lideraba el descenso tiritaba de susto, pero él debía hacerla avanzar para que los otros animales se sintieran capaces de seguirla. En un tramo atroz ordenó desmontar, pero por primera y espero que única vez, nadie le obedeció: nadie quería desteñir y minimizar la gestión caravanera que intentábamos reproducir ante todo un pueblo que veía renacer la tradición arriera de sus antepasados, una vez más resuscitada por citadinos que no vivieron ese pasado. Es que en el trayecto las ánimas de los caravaneros de Codpa nos habían convencido de que la dignidad y el honor son irrenunciables cuando deben serlo... 
 
Vista desde los altos de la Cruz, desde donde descenderíamos al pueblo. La foto no consigue mostrar la real dimensión de la pendiente.
 
Nuestra tropa ya en Codpa, frente a la iglesia. Falta Carlos, quien capturó la foto.
 
Si hubo alguna situación crítica, ésta afectó sólo a jinetes con experiencia que estaban capacitados y dispuestos a enfrentarlas y porque montaban caballos más o menos difíciles y/o debían enfrentar riesgos calculados y minimizarlos hasta estar seguros de que nuestros novatos no correrían peligro. 
 
Ya en el verde valle nos esperaban unas bebidas y cervezas y luego entramos al pueblo galopando o trotando a saludar a la iglesia y luego algunos (no cabíamos todos), montados al escenario para saludar a las autoridades y recibir su aprecio por el esfuerzo de mantener una tradición que no debe desaparecer. Tuve que aplicar todos mis trucos para controlar a mi asustadiza yegua y evitar que se lanzara sobre los espectadores, en especial cuando un gran parlante al lado nuestro se acopló y emitió un largo y agudo chillido. Bendecí las horas y días invertidos en reentrenarla. 
 
Lo que hicimos después no tiene nada de espectacular: algunos pasearon al público en sus caballos, otros nos fuimos a refrescar al río y Valeria, incansable, recorría el pueblo con su yegua. 
 
Mi hija Valeria montando a su Tayka, recorriendo el pueblo que conoce desde niñita y donde el 2002 quiso celebrar su 12º cumpleaños con sus amigas .
 
Al anochecer volvimos trotando a nuestro campamento, pasamos largas horas bien abrigados pero desnudando nuestros pensamientos alrrededor de la fogata y luego dormimos como angelitos. Mañana nos preocuparíamos del embrollo del retorno... 
 
Cuando el “mañana” amaneció, cargamos nuestros enseres en los vehículos que llevarían Carlos y Ana María a Codpa y el resto cabalgamos dulcemente hasta el paraíso que es Ofragía. Nos merecíamos un buen baño en sus tranquilas aguas y un buen almuerzo de los pollos que don Nacho asó la noche anterior. Cinco kilómetros más y ya estábamos otra vez en Codpa esperando al camión que devolvería a los animales a Arica. Ya era medianoche cuando en Arica terminamos la faena de descargar a los animales y llevarlos a los establos de Carlos.  Al día siguiente, con pena, cada uno de nosotros reasumió su identidad citadina y sus obligaciones laborales. Durante cuatro días habíamos vivido una aventura colectiva que nos iba desnudando en el trayecto hasta que no fuimos más que lo que somos, personajes genuinos sin ropajes intelectuales ni títulos ni tampoco los nombres con que nos conocen en la ciudad. La aventura puede ser fugaz, ¡pero la vivimos con fascinación y la reviviremos hasta cuando nuestros huesos lo permitan!. 
 
Valeria en Ofragía: sin agua, no somos nada...
 
Corolario: Diez civiles y un militar, de etnias, sexos, edades, experiencia ecuestre y ocupaciones muy diferentes, algunos no iniciados en cabalgatas serranas y con equinos comunes y corrientes, sin imprudencias y respetando a los camaradas y a las cabalgaduras, completamos casi anónimamente una gesta incierta pero inolvidable y sin protagonismos individuales, principalmente gracias a la unidad, disciplina y espíritu de la tropa y al liderazgo de Carlos. Al embarcar a los animales en el camión que los devolvería a Arica, todos comprendimos que además habíamos honrado el dicho de don Nacho: “por donde pasa el viento, pasa el huracán de la caballería”. 
 
Esto no puede ya dejar de hacerse año tras año: con Carlos ya estamos buscando el cerro donde queremos que queden nuestras cenizas cuando llegue el momento, aunque no sea más que para obligar a quienes quieran visitar a nuestros restos a que no interrumpan las cabalgatas a Codpa, lugar de encuentro de las idiosincracias que hacen de Arica un apasionante enclave andino en la República de Chile. 
 
2007: Pintatani 
 
Pues el 2005 no logramos llegar a Pintatani y eso era como una espina que nos molestaba permanentemente. Si uno baja desde Codpa hacia el mar por el valle, llega a Ofragía, sitio de pequeñas parcelas llenas de petroglifos. Allí, una angostura del valle impide continuar el descenso y se ha de ascender a la pampa para luego bajar otra vez al valle a Cachicoca, ya descrita y visitada. A menos de 10km en línea recta aguas abajo  (más de 15 si se consideran las subidas y bajadas y los vericuetos de una huella tropera difícil) está Pintatani, que nos dolía no conocerlo por las circunstancias ya relatadas. Entonces decidimos que esta vez repetiríamos el descenso a Calaunza pero, sí o sí, llegaríamos a lo que queda de la Hacienda Pintatani, de donde tomó el nombre el famoso vino de Codpa. Quedan restos de la casa patronal y de la bodega, con varias inmensas tinajas de greda semi-enterradas, de 300 litros o más, una de las cuales indica que fue elaborada “por un cochabambino en esta hacienda de Pintatani, por encargo de don Agustín Maure en el mes de octubre de 1847. En el texto de la “Cabalgata a Codpa 2006 (Cachicoca)” mostramos tinajas similares en Cachicoca, del año 1872. 
 
El Sr. Maure debe haber sido todo un personaje. De origen vasco, a fines del siglo XVIII compró la mayoría de las propiedades de la zona y plantó frutales y viñedos para abastecer a Arica y a las salitreras, dejando a un lado los maizales y trigales previos. El lugar pertenece hoy a los Andía y está deshabitado. 
 
Tal vez al vasco le pudo haber ido tan bien que Pintatani hubiera sido hoy un lugar accesible y vigente como Codpa, pero cuenta Luis Urzúa en su libro “Arica, Puerta Nueva”, que los codpeños no dejaron pasar el agua valle abajo a fines del siglo XIX, lo que llevó a un recurso ante la Corte de Tacna, la cual falló en 1891 que las aguas eran de quien las captaba. Punto final, casi-muerte de la explotación agrícola aguas abajo de Codpa, fin de los exquisitos vinos originales de Pintatani, degustados hasta por el Papa de entonces. 
 
Siguiendo hacia el oeste, el sitio siguiente es Bodega del Medio (propiedad de la familia Albarracín), también abandonado y luego Calaunza, aún explotado por la familia Andía y ya cerca de la carretera panamericana y separado del anterior por una angostura que es como si una miniatura del Morro de Arica se proyectara al interior del estrecho valle, Chaqui. Pintatani, Calaunza y Chaqui pertenecen a un grupo familiar formado por los Andía, Vásquez, Ticona y Caqueo. 
 
Pese a que el tránsito entre Chaqui y Pintatani debía hacerse por un estrecho sendero a media altura por la ladera norte del valle, esos 10km en línea recta de poniente a oriente pueden ser considerados como una “comunidad” que podría llamarse “Pintatani”. Parcialmente explotada, tiene un interesante potencial turístico que depende de una buena administración de las aguas y de la habilitación de una huella vehicular que las conecte con el camino a Codpa, ya solicitada a la Municipalidad de Camarones en el 2001. Pues el 2007 nos encontramos con la sorpresa (y experimentamos cierta tristeza) de que ya se había implementado una precaria huella vehicular desde Chaqui a Calunza y a Pintatani. ¡Qué bueno dijieron nuestros caballos!. ¡Qué pena dijimos nosotros!. Llegarán turistas a perturbar nuestro patrimonio de antaño, eliminaron al más espectactacular petroglifo de una serpiente que he conocido y ampliaron la huella tropera que sabía a aventura. 
 
En fin, aunque decididos a hacerlo como fuera, llegar a Pintatani fue relativamente fácil siguiendo la huella vehicular que (por suerte) no durará mucho sin una permanente mantención pues los permanentes deslizamientos de tierra la deterioran. Más pena aún me dió ver que en Calaunza se “inventaron” burdos geoglifos para los potenciales turistas. Pero, en fin, llegamos a Pintatani. 
 
La huella vehicular llega a una de las dos ruinas del asentamiento del lugar, posiblemente a la secundaria pues no encontramos en ella las grandes tinajas para almacenar el vino, sino sólo otras más pequeñas en forma de zanahoria que se enterraban para aguardar agua ¿o vino para el consumo local? y otros vestigios que dan alguna idea de cómo se vivía allí durante la segunda mitad del siglo XIX. 
 
Tinaja en forma de zanahoria, que se enterraba verticalmente para mantener fresco a su contenido, dejando su boca a ras del suelo.
 
Restos de una silla tropera .
Loza elegante utilizada por los residentes de antaño.
 
 
Acampando en las ruinas de Pintatani.
 
La huella tropera original entre Calaunza y Pintatani, que no seguimos por razones de tiempo y seguridad, llega a otras ruinas en la ladera norte del río y la vegetación y las crecidas de éste han eliminado la conección que debió haber existido entre ambas.  Hubiera querido tener tiempo para visitar las ruinas del otro lado del río, pero al día sigiente nos esperaban más de 8 horas de cabalgata para llegar a Codpa y cumplir con nuestro compromiso con el inicio de la Fiesta de la Vendimia, por sexta vez consecutiva. Amamos a Codpa y no le podíamos fallar.. 
 
La huella vehicular termina en Pintatani. El 2005 pernoctamos más abajo, en Calaunza y luego ascendimos a media ladera y tras unas dos horas de cabalgar por una huella tropera con escasa pendiente, los animales debieron enfrentar un nuevo ascenso hasta la pampa. Pero esta vez, desde Pintatani, fue muy duro para ellos. Desde el talweg del valle en Pintatani debieron ascencer directamente hasta la pampa, a lo largo de unas dos horas y media. Mi yegua, fuerte y animosa, se detenía a menudo, incapaz de continuar. La dejaba descansar algunos minutos pero llegó hasta el punto de casi caerse de cansancio: todo su cuerpo tiritaba y sus manos parecían a punto de colapsar. Tuve que desmontar y compartir a pie el esfuerzo de ascender por un tramo escarpado que nos tomó unos 20 minutos. Por suerte, como ya lo he dicho, uso botas troperas militares, estupendas para caminar y cabalgar. Con botines de “huaso” de tacones elevados, mis pies habrían quedado en un estado miserable: para cabalgar por nuestra sierra se tiene que estar preparado para caminar por horas y horas si el caballo se agota o se  lesiona. Y para caminar por esos lares se necesita el más eficiente calzado: nunca se sabe si uno ha de caminar 5-10 horas para llegar a un lugar con agua y vegetación para asegurar la sobrevivencia de la dupla caballo-jinete. 
 
Al fin, llegamos a la pampa y descendimos a Ofragía por la difícil, pedregosa y empinada huella tropera, donde encontraríamos agua y alimento para los caballares. Esta vez éramos 9 jinetes y 3 mulas. Los varones de siempre más Carlos Jr., un virtuoso jinete intuitivo montando a un potro pequeño pero muy difícil hasta que él lo domó con prudencia y determinación. Quisimos caparlo, pero él se opuso, seguro de que llegaría a dominarlo. 
 
Carlos Jr. y su potro, el que se comportó como todo un caballero. Carlitos cabalga con el aparejo que sea, pero nótese que eligió una silla tropera, estribos sin capacho y riendas delgadas sin más cabezada que una jáquima convencional. Un par de años antes hubiera elegido aparejos de huaso. Lo bueno, trasciende...
 
Adornaban la tropa dos mujeres: la valiente Suma Jo de Santiago/Iquique (su tercera cabalgata) y mi hija mayor, Paula. Para ella era su primera travesía serrana exigiente y lo hizo montantando una silla plana (”inglesa”) de salto, posiblemente por primera vez en la historia de este trayecto. ¡Vaya que es estoica mi regalona!. Montaba al Jisk’a de mi nieto, con poco más de un año de doma y que no sabe seguir las huellas troperas que descienden abruptamente. Por lo mismo, para bajar el peligroso descenso a Ofragía la hicimos desmontar y dejamos que el Jisk’a descendiera como quisiera: lo hizo precisamente como esperábamos, creyéndose cabra de monte y saliéndose una y otra vez de la estrecha huella para ahorrar camino peligrosamente. Ya en el talweg  del valle Paula volvió a montarlo, saltó un zanja y manejó eficientemente los obstáculos siguientes, algunos bien difíciles. Y todo eso gracias a un año de instrucción formal “en silla” (sin estribos) y lo que le pude enseñar con estribos en cabalgatas de menor complejidad. De contextura frágil, mi Paulita es una damita 4x4 y la adoro... 
 
Mi Paulita montando al Jisk’a de mi nieto, esperando entrar cabalgando al escenario durante la ceremonia inaugural. Como ya había adornado a su adorada Sumalla (mi yegua) con trenzas, engalanó a su caballo con pompones destinados a los auquénidos.
 
Mi Sumalla con las trenzas que le tejió Paula. Tanto como nos queremos nosotros, ambos animales (Sumalla y Jisk’a) se adoran.
 
En esta octava cabalgata a Codpa no hubo ningún incidente peligroso. Vamos aprendiendo... 
 
Pero, con una mezcla de satisfacción y pena, vemos cómo año tras año Codpa de moderniza. Sus calles ya no son polvorientas sino que de adoquines, los símbolos de la modernidad se multiplican y el pueblo perdería su identidad si otros y nosotros no nos preocupamos por mantener sus tradiciones. Ya los caballos y mulares llaman la atención y parecen fuera de lugar... 
 
Cabalgando en Codpa, año 2007.
 
Para terminar lo referente a la cabalgata anual que intenta resuscitar el pasado con nuestras posibilidades (aparejos modernos mezclados con los tradicionales para las mulas) una vez más me asombra que la modernidad logre remedar en algo el pasado espíritu, el estoicismo y el entusiasmo y performance de la tropa, jinetes, caballos y mulas incluidas. 
 
Eso confirma mi convicción de que “andar a caballo” es peyorativo. “Cabalgar” es otra cosa: hay que entrenar a los equinos, a los jinetes, elegir la parafernalia adecuada y definir líderes experimentados. En definitiva, hay que crear una tropa bien afiatada y desprovista de individualismos. El todo (animales, jinetes y parafernalia) debe ser armónico y programado Todos los jinetes en conjunto hemos acumulado más de 1.500 horas cabalgando a Codpa, sin ningún humano o equino lesionado. Por algo será...